10 de enero de 2010

plegaria

El calor es absoluto, mis poros parecen tapados por un manto invisible que les impide respirar y convierte mi cuerpo a un estado recalentado, necesitado de viento que lo despeje y refresque, algo que lo aireé. Del frío no hay ni rastro y hasta los grillos se suicidan ante las agobiantes temperaturas que la deidad nos brinda, el silencio del verano es total y el estrellado cielo quita cualquier esperanza de una revitalizante lluvia. Completamente sofocado siento el sudor que emerge y cae por mi frente, y cierro los ojos rogando a alguna fuerza divina que nos regale algunas gotas.
De repente el cielo se cubre de un intenso tono violáceo y suenan poderosos relámpagos que traen la esperada tormenta.
El temporal suena contra el suelo, y rápidamente el ambiente se humedece, se moja, y sin darme cuenta, se inunda. El agua cae del enfadado firmamento en cantidades abismales, litros y litros atestan el suelo, subiendo el nivel de la misma, cubriendo el piso, los pastos, la galería.
Me envuelve hasta el pecho en cuestión de segundos y comienzo a inquietarme al percibir que el agua no cesa, y pierdo de vista la mesa, las sillas, al mismo tiempo que comienzo a flotar en el torrentoso río que se ha formado en mi jardín.
Acaricio las rojizas tejas que recubren el techo de mi casa y observo que el agua sumerge todo hasta el horizonte, limite de mi mundana visión.
El verano parece haber desaparecido entre tanto líquido, y mi cuerpo comienza a temblar a medida que su temperatura desciende hasta la del agua que lo rodea, que lo moja, que lo cubre. La misma sigue avanzando y pierdo de vista cualquier techo, hasta las copas de los árboles desaparecen ante semejante tempestad.
Harto de los reclamos de la gente, la fuerza natural que controla el destino y comunmente llamamos dios satisface los reclamos de humedad y frío, y divertido observa la desesperación de las personas que minutos antes lo maldecían por semejante ola de calor.
Se levanta ante mis ojos un océano, un mar que deja atrás el suelo que conocíamos y las cosas tal y como las veíamos, una masa de agua natural, una respuesta a los rezos que tontamente realicé.

22 de diciembre de 2009

soberbia sensacion

Cansado camino por la grisácea avenida, mirando a mí alrededor con cierta arrogancia, brindando miradas superiores, pero a pesar de la postura, el interior esta contradecido, al extrañar pero avanzar.
Los pasos se dan casi con tono musical, puedo sentir los acordes de la distancia.
Siempre jugamos a cambiar, pero ninguno de los dos penso jamas que llegaría a tal punto.
A medida que la acarreada mente recoge recuerdos aparece bruma en el espacio, acortando mi vista.
Se genera un espiral mental, un vacío infinito en el cual ella se sitúa, me acompaña, me toca.
La extraño, la deseo, la echo.
Anhelo su calor, su eufórica demostración que brindaba una efímera sensación de compañía, llenándome.
Incrementa mi pulso, se nubla mi frialdad, y sujeto su recuerdo.
Caigo en la realidad, y siento la necesidad de abrazarla.
Reanudo los pasos, mientras que mi campera recibe los dulces golpes del viento con estilo, no se inmuta.
Las casas, personas, autos, arboles, pasan ante mi en blanco y negro, mi tiempo carece de color.
Mis manos se protegen en los escondidos bolsillos del blazer verde, adoptando una pose aun mas soberbia.
Nunca la entendí y jamás me entendió, nuestra relación se basaba en la incoherencia de lo erróneo, lo animal de nuestro ser, lo básico, lo impulsivo que habitaba (¿habita?) nuestro ser.
Se confunden mis recuerdos, lo real de lo imaginario, la verdad es tan relativa.
Cada vez hay menos luz en mi camino, el blanco sol se va apagando oscureciendo el ambiente.
Camino con ese aire de grandeza que me caracteriza, y golpea mi nuca fríamente el final, ese espontaneo adiós que liquidó el amor, agotando mi paciencia.
Freno secamente al ver una silueta que me es conocida, paseando despreocupada a lo lejos, sin saber cuanto necesito su regreso.
Corro y observo lentamente como su figura se agranda, dejando de ser un cuerpo lejano, convirtiéndose en una persona a mi lado.
Le sostengo la mano y se da vuelta, sorprendida tal vez por la firmeza con que sujete esa extremidad que tantas veces acaricie inconcientemente.
Su mirada se pierde en la mía, y siento como una luz nos ilumina, nos irradia, nuestro amor crece, comienza, vuelve.
Sin embargo nuestras manos se sueltan, y ella sigue su camino, para yo volver al mío, recordando la promesa que nos hicimos aquella tarde, cuando nos cansamos de jugar, y finalmente entendimos, que quizás no es amor, simplemente, es pasión.

conversión

Cansado de mi faceta, decido virar.
Me relajo a medida que mi cuerpo se posa para dar comienzo a la eufórica transformación, ese inevitable y deseado cambio que rotará mi ser, brotando mi esencia y tocándola, sosteniéndola y girándola, dando a lugar el comienzo.
La luna me brinda la solitaria luminosidad en el ambiente, alumbra únicamente mi cuerpo que, tímido, empieza a generar ese verbo que tanto pavor le da a todos los hombres: mutar.
Mi lengua se ríe y mi nariz estalla, pero mi mente, calma y blanca, se divierte al sentir la variación de mi yo.
Siento el aire golpear en mi rostro, los jardines oscuros y encarnados me aprisionan liberándome de todo lo ajeno y protegen mi materia.
Mi pecho tiembla a medida que una radiante luz emerge del centro, mi centro que palpita una notoria abertura despilfarrada en tonalidades blanquecinas.
Levitando se escurre mi alma, dañada por la vida de mi cuerpo pero orgullosa, todavía, y se posa divinamente a un costado, observando los cambios, la transición.
Mis ojos la siguen a medida que sus iris se aclaran, logrando un radiante gris opaco.
Mi cabello se alisa y se alarga, cargado de osadía se apoya en mis hombros que lo reciben como suaves cobijas.
Mi corazón parece ser el único que no disfruta la sensible conversión, y late apesadumbrado, con pulso enjuiciado, discerniendo en mi necesidad carnal, la ineludible reforma que emigra repleto de veleidad sobre mi antiguo ser.
Mi cuerpo se agranda, mi confianza crece a medida que la transformación es absoluta, cargando de arrogancia mis venas, excitando mi mente llenándola de satisfacción y grandeza.
Mi psique, curiosa se adentra por el agujero en mi pecho, y estreno el cuerpo con la sensación más exótica, al ingresar mi espíritu en él y posarse en su medio.
Mi metamorfosis es completa, la luna, callada pero observadora, me ilumina con su matiz más puro, haciéndome sentir, por primera vez, uno.

15 de diciembre de 2009

búsqueda

La eterna espera caducó, el vencimiento fue absoluto.
Los días pasan sin ser sentidos y mi ser se encuentra apagado a medida que la nada recubre el tiempo, agujas que retroceden, o se estancan, inmóviles, se paran.
La torcida mente recuerda la dulce sensación de tenerlo todo, pero a pesar que se genero comodidad en el pasado, finalmente puedo cargar mi futuro, de una absoluta e inminente paz.

7 de octubre de 2009

transformación marítima

Repleto de dudas el hombre se acerco a la orilla, al borde que separaba las azuladas aguas de la efímera arena, lo sólido de lo líquido.
Dando una última visión hacia su mundo se despidió mentalmente de todo mientras avanzaba con paso confuso, adentrándose en las aguas que lo recibían con una templada humedad, dulce sensación.
Caminaba despreocupado mientras el océano lo cubría.
Su visión era levemente borrosa, pero aun así, la luz iluminaba su camino y veía todo su alrededor, sintiendo una inmensa curiosidad y satisfacción a medida que aparecían en escena bizarros peces, con hermosos colores que generaban una loca vista.
De repente el hombre se dio cuenta que su visibilidad mejoraba, se aclaraba y notó así que ya no necesitaba parpadear.
Los matices parecían de película, turquesas, celestes y azules impregnaban el ambiente produciendo un sublime espacio.
A medida que seguía caminando por la blanca arena del suelo, un grupo de hipocampos lo rodearon, llenando al hombre de burbujas y dándole pequeños toques en su pecho, nariz y cuello, el hombre se asustaba pero las criaturas no lo herían, solo lo rozaban.
Cuando sus ojos no veían nada mas que burbujas los hipocampos se marcharon, todos juntos, hacia la profundidad del océano, dejando al hombre perplejo.
Intrigado, notó que ya no necesitaba respirar, pues ahora en su cuello había pequeñas aperturas de la cual entraban y salían trozos de oxigeno. Los pasos se sucedían por sí solos mientras la mente del hombre se cargaba de todo lo sucedido en los últimos minutos.
El sol iba cayendo, se notaba por la prominente tenuidad que llenaba al mar.
El agua hacía que las ropas le pesasen, dándole una poca movilidad allí abajo, donde los problemas ya no lo tocaban pues las aguas ahora lo protegían.
Se paró sobre sí mismo y comenzó a retirarlas, una por una, dejando que el océano se las llevase a alguno de sus innumerables escondites.
Cuando terminaba de desvestirse se generó un fuerte resplandor y observó una sirena que se encontraba a su lado. El hombre, avergonzado se tapó con las manos instintivamente su masculinidad, ruborizando su sumergida cara, dándole a la bella sirena una nerviosa mirada.
Ésta lo miró detenidamente, era realmente imponente. De su cintura salía una cola o aleta, verde esmeralda, llena de escamas brillosas que la cubrían. Más arriba era humana, de piel radiante. Su cara brindaba una inmaculada belleza y sus dorados cabellos le cubrían su pecho, irradiaba pureza.
Se miraron por un instante y la oceánida se aproximó, el corazón de él se aceleraba.
Despacio, ella colocó su mano sobre el pecho del hombre y éste sintió como su cuerpo se transformaba.
Luz salía de él, un poderoso esplendor lo cubría mientras sentía que giraba sobre si mismo, y flotaba despreocupado.
La luz se apagó y el hombre se observó. Su piel ahora era diferente, de un matiz azulado grisáceo y suave al tacto. Sus dedos ahora poseían entre sí una especie de unión semi-transparente, característica marítima.
Los ojos de él y los de la sirena se volvieron a encontrar, pero ahora los de él devolvían gratitud, alegría y principio.
Ella se marchó, nadando dulcemente hacia algún lugar, dejándolo a él absorto de lo sucedido, pero feliz.
Miró hacia atrás y vio, a lo lejos, el camino que sus huellas habían dejado sobre la arena, recordando su antigua vida.
Sonrió y volvió a enfocar su mirada para adelante, y avanzó, ya no caminando sino nadando, emanando una insuperable felicidad, digna de una nueva vida que recién comenzaba.

3 de septiembre de 2009

adicto al té

Los anfitriones estrenaban la imponente casa (envidia de todas sus amistades) organizando un encuentro. Era una reunion pequeña en un cuarto angosto, el más cercano al jardin, azulada y chiquita la habitacion contaba con una sola mesa de roble y sillas, donde estaba apoyada la tetera de porcelana, se bebía té a la noche. A lo lejos, en los jardines un pájaro tironeaba el pelo a las juguetonas niñas y hundía el peleador pico en las tazas hasta vaciarlas, parecía adicto.
Los adultos observaban pero permanecían en el festejo, envueltos en sus charlas y te´s.
Ellos no se ocupaban de él y poco a poco, loas niñas desaparecían, el pájaro se las llevaba a la oscuridad del bosque.
Los adultos cantaban y reían, desconocían el estado de las pequeñas que seguían desapareciendo, partiendo volando por los aires sujetadas por el perverso pájaro.
Entonces cobró más ánimo y repleto de júbilo y satisfacción, voló majestuosamente hasta el ventana del cuarto del festejo y se apoyó en la ventana, abriendo sus monumentales alas, reclamando atención.
Los adultos lo miraron, intrigados.
De una de las garras del pájaro colgaba una taza, que dejó apoyada en el marco a medida que se alejaba como un planeador con una sonrisa en la cara.
El dueño de casa, recién ahí se percató del silencio del jardín, las niñas ya no estaban.
Se acercó a la ventana y sostuvo la taza que rápidamente soltó a medida que salía corriendo hacia los jardines-
En el fondo de la taza descansaba un ojo, celeste grisáceo, de su hija mas pequeña.

exceso de "p"

Pablo se preparaba el primer día de la primavera para plantar pinos en el peligroso parque pasando el puente púrpura.
Pepe, su primo, paseaba por el parque pensando en los pajaros que planeaban por las palmeras mientras pablo patinaba hacia el parque.
Una piedrita le provoco la pérdida de una pieza del patín perdiendo el pleno paso, la postura de pablo parecía penosa, podria haber perdido la pierna.
Pepe, en otra aprte del parque, percibió el percance de Pablo, partiendo entre las penumbras para pedir un paramédico.
El peligro del parque era poderoso.
La perspicacia del paisaje parecía pelear.