Aun cuando el tiempo me golpeaba y los hechos me refutaban, siempre me mantuve en mi moral postura, galardonando mi dogma, afirmando la única realidad visible pero raramente alcanzable: la verdad.
Sin embargo con agridulce sabor noto que por el contrario la mayoría de aquellos que me rodean carecen de mi estúpida y heroica filosofía, que tantos dolores de cabeza y tan pocas satisfacciones me ha traído.
Te veo y se confirman mis hipótesis: hay un arte oculto, callado y mortífero, que pocos practican, menos dominan y ninguno acepta con completa libertad: la culpa.
Con el pasar de los años te fuiste instruyendo y aplicando en esta traicionera disciplina, transgiversando mi carne e implantando la duda en las normativas sociales y personales en las que mi ínfima persona se basaba (o basa?)
En tu rapsodia eras (y sos) la mejor, y nadie siquiera osaba corromper la psicología de tu circense verbo.
Las situaciones viraban a tu deseo, decorando las líneas con evasivas gesticulaciones y temporales lagrimas que emergían de esos enamoradizos ojos esperando recoger los frutos de la cosecha, la culposa ganancia de la culpa.
Y a pesar de que eras conciente de tu práctica, de tu don, como todo en tu visión, tenia 2 dictamines, 2 matices.
Inconcientemente conciente sufrías el beneficio que tu reverberada palabra generaba entre mortales.
Logras lo que queres torciendo la realidad, ganándole la pulseada a la razón y carcomiendo sentimientos ajenos.
Se nota en tu mirada que no hay maldad detrás de tu alma, simplemente inmadurez, utopia y capricho.
Una simple persona, astuta y convincente, que al mojarse bajo la lluvia, hace sentir culpable al cielo.
4 de noviembre de 2010
28 de septiembre de 2010
sueño inducido
Estoy volando en un cielo violáceo y fresco que duerme mis mejillas con inconcientes ventiscas que nacen y mueren antes de poder resoplar.
Mis ojos, cansinos y entreabiertos, vislumbran las trangiversadas creaciones de un Dios divino y culpable, silencioso pero artista.
Planeo en cámara lenta y avanzo despacio, emanando relajación y tranquilidad por el cósmico paseo.
Aparecen en escena animales no descubiertos, gigantes azulados y nubes suicidas, que en el momento en que mi distorsionada mano siquiera las rozan acaban con su vida desapareciendo en el aire, desintegrando su algodón.
Al lado mío flotan aves hermosas, repletas de colores brillosos y matices eclécticos, que flamean con un estilo y calma digna de admirar.
Sus plumíferas alas se pavonean con una gracia inexplicable y su mirada, clara y entera reconforta mi interior.
Avanzo casi sin darme cuenta, dejando atrás una vida de excesos y carencias.
Las luces repentinamente comienzan a titilar, entrando en un compás frenético que dilata y contrae mis enloquecidas pupilas que no toleran los sintéticos cambios de iluminación y planifican, cómplices, estallar; las escucho tramándolo pero poco importa ya que el vuelo es total.
Miro mi piel y me encuentro repleto de rombos, blancos y negros que recubren mi exterior, dibujándose en mi cuerpo como impresiones sobre una blanca hoja, ajena al color y roce.
Alto, subo más alto mientras las sombras ocultan aquello que voy dejando abajo, y acordes de alguna canción irradian de cánticos y rock el paseo alado.
Aparecen delante mío, como si fuera una proyección antigua, fotografías en gamas grises de rostros, personas que levemente reconozco con mi narcótica memoria, entrelazados por mensajes en letras grande y finas, que me divierten con el contraste que las mismas encuentran con el fondo: AMOR, ARTE, ÉXTASIS, SEXO, PUENTE, CAOS, BOCA, POLVO, NADA, CUERDA, TODO, BASTA, MÁS.
Mi cabeza se mueve con la métrica de la música aunque no soy yo el que controla los rítmicos desplazamientos del desobediente cráneo.
No puedo descifrar si esto es un sueño o una inducida alucinación, solamente sé lo que alguna vez supe.
La oscuridad es cada vez más plena y un poco de paranoia emerge en mis vejadas venas, que la ven crecer y desarrollarse como si se tratase de un virus rebelde y malicioso
¿Y si es un virus incurable y malicioso? ¿Qué pasa si la paranoia no se marcha y me enferma? ¿Qué pasa si alguien me lastima? ¿La paranoia puede matarme?
Empiezo a dejar de disfrutar la vuelta por este universo comatoso, mi rostro se humedece por los nervios y mis órganos se anudan en mi panza, indicándome malos presentimientos.
Estéticas burbujas florecen en el espacio, rápidamente me rodean y con la misma velocidad, se despiden explotando sonoramente, bombardeando la galaxia de caos y preocupación, estallan inescrupulosamente incendiando todo.
La locura crece cuando aparecen una especie de espectros que portan mantos negros; se me acercan y susurran al oído sicóticas palabras, llenándome de temor.
No me tocan pero su simple roce congela mis arterias, que transportan lenta y gélidamente mi enfriado combustible.
Montañas de hielo aparecen en el horizonte, seguidas por una tajante nieve y escarcha que bajan la temperatura a lugares donde Celcius carece de medición.
Los entes se sonríen, carentes de rostros, al sentir como la oscuridad se agiganta.
Se marchan murmurando en lenguas desconocidas y en el camino brotan pálidos globos de un violeta fúnebre, y allí abajo logro distinguir tumbas, cruces de un gris añejo, devotas a algún Dios que aquí claramente no tiene jurisdicción.
Presiento que el trayecto va llegando a su fin, y me invade un sentimiento de nostalgia, pues no deseo abandonar algo tan perturbadoramente bello, no quiero terminar de morir.
La opacidad se disipa y es reemplazada con una luminosidad dinámica, que sube vertiginosamente su voltaje, imposibilitando un enfoque digno.
Me despido de mi pasado, de la vida perdida entre los escombros de mi memoria y del universo transitado, cuando un claro resplandor finaliza mi conciencia.
Muy lejos de allí, en una medicinal blanca cama, mis ojos se abren lentamente para vislumbran mi cuerpo repleto de tubos y cables.
Y a pesar de que me encuentro bastante atontado logro reconocer las caras de las personas que me rodean, aquellas que estaban en las fotografías proyectadas en el dulce coma, que supe abandonar.
Mis ojos, cansinos y entreabiertos, vislumbran las trangiversadas creaciones de un Dios divino y culpable, silencioso pero artista.
Planeo en cámara lenta y avanzo despacio, emanando relajación y tranquilidad por el cósmico paseo.
Aparecen en escena animales no descubiertos, gigantes azulados y nubes suicidas, que en el momento en que mi distorsionada mano siquiera las rozan acaban con su vida desapareciendo en el aire, desintegrando su algodón.
Al lado mío flotan aves hermosas, repletas de colores brillosos y matices eclécticos, que flamean con un estilo y calma digna de admirar.
Sus plumíferas alas se pavonean con una gracia inexplicable y su mirada, clara y entera reconforta mi interior.
Avanzo casi sin darme cuenta, dejando atrás una vida de excesos y carencias.
Las luces repentinamente comienzan a titilar, entrando en un compás frenético que dilata y contrae mis enloquecidas pupilas que no toleran los sintéticos cambios de iluminación y planifican, cómplices, estallar; las escucho tramándolo pero poco importa ya que el vuelo es total.
Miro mi piel y me encuentro repleto de rombos, blancos y negros que recubren mi exterior, dibujándose en mi cuerpo como impresiones sobre una blanca hoja, ajena al color y roce.
Alto, subo más alto mientras las sombras ocultan aquello que voy dejando abajo, y acordes de alguna canción irradian de cánticos y rock el paseo alado.
Aparecen delante mío, como si fuera una proyección antigua, fotografías en gamas grises de rostros, personas que levemente reconozco con mi narcótica memoria, entrelazados por mensajes en letras grande y finas, que me divierten con el contraste que las mismas encuentran con el fondo: AMOR, ARTE, ÉXTASIS, SEXO, PUENTE, CAOS, BOCA, POLVO, NADA, CUERDA, TODO, BASTA, MÁS.
Mi cabeza se mueve con la métrica de la música aunque no soy yo el que controla los rítmicos desplazamientos del desobediente cráneo.
No puedo descifrar si esto es un sueño o una inducida alucinación, solamente sé lo que alguna vez supe.
La oscuridad es cada vez más plena y un poco de paranoia emerge en mis vejadas venas, que la ven crecer y desarrollarse como si se tratase de un virus rebelde y malicioso
¿Y si es un virus incurable y malicioso? ¿Qué pasa si la paranoia no se marcha y me enferma? ¿Qué pasa si alguien me lastima? ¿La paranoia puede matarme?
Empiezo a dejar de disfrutar la vuelta por este universo comatoso, mi rostro se humedece por los nervios y mis órganos se anudan en mi panza, indicándome malos presentimientos.
Estéticas burbujas florecen en el espacio, rápidamente me rodean y con la misma velocidad, se despiden explotando sonoramente, bombardeando la galaxia de caos y preocupación, estallan inescrupulosamente incendiando todo.
La locura crece cuando aparecen una especie de espectros que portan mantos negros; se me acercan y susurran al oído sicóticas palabras, llenándome de temor.
No me tocan pero su simple roce congela mis arterias, que transportan lenta y gélidamente mi enfriado combustible.
Montañas de hielo aparecen en el horizonte, seguidas por una tajante nieve y escarcha que bajan la temperatura a lugares donde Celcius carece de medición.
Los entes se sonríen, carentes de rostros, al sentir como la oscuridad se agiganta.
Se marchan murmurando en lenguas desconocidas y en el camino brotan pálidos globos de un violeta fúnebre, y allí abajo logro distinguir tumbas, cruces de un gris añejo, devotas a algún Dios que aquí claramente no tiene jurisdicción.
Presiento que el trayecto va llegando a su fin, y me invade un sentimiento de nostalgia, pues no deseo abandonar algo tan perturbadoramente bello, no quiero terminar de morir.
La opacidad se disipa y es reemplazada con una luminosidad dinámica, que sube vertiginosamente su voltaje, imposibilitando un enfoque digno.
Me despido de mi pasado, de la vida perdida entre los escombros de mi memoria y del universo transitado, cuando un claro resplandor finaliza mi conciencia.
Muy lejos de allí, en una medicinal blanca cama, mis ojos se abren lentamente para vislumbran mi cuerpo repleto de tubos y cables.
Y a pesar de que me encuentro bastante atontado logro reconocer las caras de las personas que me rodean, aquellas que estaban en las fotografías proyectadas en el dulce coma, que supe abandonar.
21 de septiembre de 2010
la amiga diferente
Desde chiquito supe que algo en vos no era normal, no estaba “bien”.
Siempre te llevaste mejor con las mujeres y al pasar los años generaste cierta repugnancia al sexo contrario y una dual visión hacia tus iguales, que con su pelo largo y sedoso y curvilíneas figuras perturbaban tu moral, sacudiendo el catolicismo mental y bombeando con interés una pervertida sangre adolescente.
Sin embargo siempre tuviste novios, nunca te animaste a dar el paso y abrir la puerta del tan conocido closet, que en tu caso era una bóveda sellada, un cuarto desdibujado sin puerta ni ventana, una vibrante bocanada reprimida en algún lugar del cuerpo.
También se fueron manifestando signos de un virtual placer al resultar lastimada, y no me refiero herida a nivel emotivo, sino a dulces golpes físicos, al principio involuntarios y normales, lecciones de la vida, convirtiéndose al pasar los años en impúdicos roces y atractivos flagelos.
Es inevitable sufrir cuando uno carga un lésbico sentimiento que se resguarda en un camuflaje, y la verdad que ese era el único dolor que tu masoquista cuerpo no disfrutaba.
Y dejando las apariencias de lado, poco a poco fue saliendo a luz esa inmoralidad que escondías y que solamente los que mas te conocíamos sospechábamos.
Repleta de alcohol comenzaste a salir más y a intercambiar saliva con bellas mujeres, siempre exuberantes, con las que te mecías en la directa e inconfundible danza del deseo sexual.
Al pasarse el efecto de lo ingerido adjudicabas la culpa al alcohol, y te avergonzabas de los episodios mostrados, pero por dentro tu sentimiento iba sonriendo, sintiendo suavemente, como la metamorfosis era inminente, y tu atrevida pasión saldría a flote, cantando victoria como los discos de lady gaga que siempre escuchabas, compenetrándote con una cantante que expresaba lo que vos sentías, y a la que también deseabas.
De repente viniste a mí, compungida y sollozante, a contarme que habías hecho algo terrible, algo inadmisible y atemorizante: te habías acostado con una mujer.
Nadando por el río de lágrimas me narraste los detalles del acto con esa morocha que tanto te calentó, buscó y tenazmente, encontró.
Había sido áspera pero dulce, como vos lo imaginabas y mejor aun, y eso era precisamente lo que temías y odiabas, la verdadera causa de tanta tristeza y preocupación era que realmente eras lesbiana.
Te consolé, te abrace y te dije que lo sabia hace tiempo, que me había dado cuenta desde púberes memorias, y tiempos inocentes.
Los meses pasaron, los años se esfumaron y cuando me hayo escribiendo este mail que probablemente nunca entregare, me doy cuenta del tiempo perdido.
Vos conociste a un publicista culto y encantador, que con su confianza y velocidad te domó y adiestró a una vida completamente modelo, convirtiéndote en una típica ama de casa.
Tenias 2 hijos, eras amiga de las otras madres del country, hacías tenis y yoga, ibas de compras y le hacías el amor a tu marido varias veces por semana aunque de manera mecánica y aburridamente común, nunca con el frenesí que aquella morocha había desatado en tu armoniosa carne con esas liberadoras palmadas e inmorales azotes.
Cada tanto nos hablamos, nos mandamos mails para las fiestas y cumpleaños, y ocasionalmente nos cruzamos en algún café o reunión anticipadamente planeada.
Nuestra amistad se hilvano, empujados por la vida nos descubrimos en caminos diferentes y nunca más hablamos de aquella grisácea tarde en la que me confesaste tu secreto.
Siempre voy a guardar este texto, expectante en alguna parte de mi notebook, atento a cualquier indecente noticia tuya que invada mi mail con novedades y comentarios.
Te lo voy a regalar el día que abras la puerta y salgas al libertinaje sexual que solo esa concupiscente morocha pudo desatar.
Siempre te llevaste mejor con las mujeres y al pasar los años generaste cierta repugnancia al sexo contrario y una dual visión hacia tus iguales, que con su pelo largo y sedoso y curvilíneas figuras perturbaban tu moral, sacudiendo el catolicismo mental y bombeando con interés una pervertida sangre adolescente.
Sin embargo siempre tuviste novios, nunca te animaste a dar el paso y abrir la puerta del tan conocido closet, que en tu caso era una bóveda sellada, un cuarto desdibujado sin puerta ni ventana, una vibrante bocanada reprimida en algún lugar del cuerpo.
También se fueron manifestando signos de un virtual placer al resultar lastimada, y no me refiero herida a nivel emotivo, sino a dulces golpes físicos, al principio involuntarios y normales, lecciones de la vida, convirtiéndose al pasar los años en impúdicos roces y atractivos flagelos.
Es inevitable sufrir cuando uno carga un lésbico sentimiento que se resguarda en un camuflaje, y la verdad que ese era el único dolor que tu masoquista cuerpo no disfrutaba.
Y dejando las apariencias de lado, poco a poco fue saliendo a luz esa inmoralidad que escondías y que solamente los que mas te conocíamos sospechábamos.
Repleta de alcohol comenzaste a salir más y a intercambiar saliva con bellas mujeres, siempre exuberantes, con las que te mecías en la directa e inconfundible danza del deseo sexual.
Al pasarse el efecto de lo ingerido adjudicabas la culpa al alcohol, y te avergonzabas de los episodios mostrados, pero por dentro tu sentimiento iba sonriendo, sintiendo suavemente, como la metamorfosis era inminente, y tu atrevida pasión saldría a flote, cantando victoria como los discos de lady gaga que siempre escuchabas, compenetrándote con una cantante que expresaba lo que vos sentías, y a la que también deseabas.
De repente viniste a mí, compungida y sollozante, a contarme que habías hecho algo terrible, algo inadmisible y atemorizante: te habías acostado con una mujer.
Nadando por el río de lágrimas me narraste los detalles del acto con esa morocha que tanto te calentó, buscó y tenazmente, encontró.
Había sido áspera pero dulce, como vos lo imaginabas y mejor aun, y eso era precisamente lo que temías y odiabas, la verdadera causa de tanta tristeza y preocupación era que realmente eras lesbiana.
Te consolé, te abrace y te dije que lo sabia hace tiempo, que me había dado cuenta desde púberes memorias, y tiempos inocentes.
Los meses pasaron, los años se esfumaron y cuando me hayo escribiendo este mail que probablemente nunca entregare, me doy cuenta del tiempo perdido.
Vos conociste a un publicista culto y encantador, que con su confianza y velocidad te domó y adiestró a una vida completamente modelo, convirtiéndote en una típica ama de casa.
Tenias 2 hijos, eras amiga de las otras madres del country, hacías tenis y yoga, ibas de compras y le hacías el amor a tu marido varias veces por semana aunque de manera mecánica y aburridamente común, nunca con el frenesí que aquella morocha había desatado en tu armoniosa carne con esas liberadoras palmadas e inmorales azotes.
Cada tanto nos hablamos, nos mandamos mails para las fiestas y cumpleaños, y ocasionalmente nos cruzamos en algún café o reunión anticipadamente planeada.
Nuestra amistad se hilvano, empujados por la vida nos descubrimos en caminos diferentes y nunca más hablamos de aquella grisácea tarde en la que me confesaste tu secreto.
Siempre voy a guardar este texto, expectante en alguna parte de mi notebook, atento a cualquier indecente noticia tuya que invada mi mail con novedades y comentarios.
Te lo voy a regalar el día que abras la puerta y salgas al libertinaje sexual que solo esa concupiscente morocha pudo desatar.
24 de agosto de 2010
la revancha
Estoy cansado de que me lleven al hastío, de que presionen mi ego, agitándolo y torciéndolo, buscando sin sentido una reacción animal de mi carne.
Mi interior, siempre bastante blanco, se va llenando de ira a medida que el silencio sigue siendo cortado por tus nefastas palabras, que sin darte cuenta (o sabiéndolo?) vociferás, ofuscándome.
Desvanecete, andate como siempre hiciste cuando las cosas se complicaron.
No sos más que el humo de un cigarrillo, la sal del mar o el acorde de alguna olvidable canción que escuchaste en un bar al que nunca volverás.
Despertás sentimientos ocultos, callados, que no quieren amanecer y lucho por mantener en sueños lejanos, secretos y pálidos.
Empujás el limite, que palabra a palabra vas desdibujando con tu verbo y sonido, inquietando la frágil calma que tanta psicología me lleva conseguir.
Mantenés una discusión en la cual no quiero participar, y poco a poco comienzo a pensar y mirar hacia mí, reencontrándome con los hechos, el pasado y lo básico.
Odio la dualidad de mi esencia, queriéndote a pesar del mal que has hecho, soportando tu abandónico ser y necesitando, a pesar de todo, tu ausente compañía.
Tus pasos son como notas de alguna trágica sinfonía de Beethoven, que anticipan el final de tu arte, anticipando tu nueva ida, despreocupado, dejando mi centro herido y oscuro.
Basta de recuerdos e idealizaciones, tengo que dejar de subirte a un lugar que vos deshaces y no te interesa pisar jamás.
Tengo que asimilar tus carencias, tus faltas, tu simpleza.
Seguís presionando y la ira no se desvanece, a la sangre empieza a gustarle que vociferes tus imprudentes reproches, ya casi disfruta que empujes mi razón al borde, le gusta planear la consecuencia.
A medida que sigo pensando y tu incesante balbuceo no frena, visualizo en mi interior como la insania y la dulce reacción vendan los ojos de la prudencia, la razón y la calma, que no luchan y permiten, permaneciendo expectantes a la resolución.
El mapa se torna rojo y la violencia me invade, desperdigándote por el ambiente, cuando satisfactoriamente, me vengo.
Mi interior, siempre bastante blanco, se va llenando de ira a medida que el silencio sigue siendo cortado por tus nefastas palabras, que sin darte cuenta (o sabiéndolo?) vociferás, ofuscándome.
Desvanecete, andate como siempre hiciste cuando las cosas se complicaron.
No sos más que el humo de un cigarrillo, la sal del mar o el acorde de alguna olvidable canción que escuchaste en un bar al que nunca volverás.
Despertás sentimientos ocultos, callados, que no quieren amanecer y lucho por mantener en sueños lejanos, secretos y pálidos.
Empujás el limite, que palabra a palabra vas desdibujando con tu verbo y sonido, inquietando la frágil calma que tanta psicología me lleva conseguir.
Mantenés una discusión en la cual no quiero participar, y poco a poco comienzo a pensar y mirar hacia mí, reencontrándome con los hechos, el pasado y lo básico.
Odio la dualidad de mi esencia, queriéndote a pesar del mal que has hecho, soportando tu abandónico ser y necesitando, a pesar de todo, tu ausente compañía.
Tus pasos son como notas de alguna trágica sinfonía de Beethoven, que anticipan el final de tu arte, anticipando tu nueva ida, despreocupado, dejando mi centro herido y oscuro.
Basta de recuerdos e idealizaciones, tengo que dejar de subirte a un lugar que vos deshaces y no te interesa pisar jamás.
Tengo que asimilar tus carencias, tus faltas, tu simpleza.
Seguís presionando y la ira no se desvanece, a la sangre empieza a gustarle que vociferes tus imprudentes reproches, ya casi disfruta que empujes mi razón al borde, le gusta planear la consecuencia.
A medida que sigo pensando y tu incesante balbuceo no frena, visualizo en mi interior como la insania y la dulce reacción vendan los ojos de la prudencia, la razón y la calma, que no luchan y permiten, permaneciendo expectantes a la resolución.
El mapa se torna rojo y la violencia me invade, desperdigándote por el ambiente, cuando satisfactoriamente, me vengo.
16 de agosto de 2010
el globo
Comienzo a sentir, a medida que mi madre aprieta sus labios contra mi apertura, traspasando su aire a mi vientre que poco a poco se va hinchando como por arte de magia.
Engordo en segundos y finalmente remueve su boca para dar lugar a sus calidos dedos que me agarran el extremo amarrándolo dulcemente, protegiéndome de flaquezas y prolongándome una vida larga y colorida.
Finaliza el parto y me ata una cuerda blanca y brillota, mientras siento que me agarra un niño, seguramente mi hermano.
El muchacho me mira, divertido con mi azul intenso y me sujeta la cabeza, pasando sus manitas por la misma, permitiéndome hablar, pero solamente genero afónicos ruidos que molesta a mamá. A nadie le gusta mi voz, siendo preferible callarme pues no quiero que me pinchen.
Las horas se sienten eternas y mi hermano me lleva al verde jardín, mostrándome la tempestad natural que azota al cielo que con fuertes vientos intenta arrancarme de su lado, vientos capaces de hacer volar hasta al niño.
Me maravillo con los matices violáceos que cierto artista pintó en el cielo, que solamente son interrumpidos cuando algún indómito rayo irrumpe la pintura con brillo y blanco.
La corriente impactando en mi cuerpo me brinda una sensación única, a medida que voy sintiendo como mi hermano va soltando de a poco el piolín que nos une la carne.
El pobre se esta quedando dormido y su cansina mano resbala la soguita que ya no puede sujetarme, y antes de poder despedirme me veo volando al vértigo, manejado por un invisible conductor que me guía hacia el destino.
Todo mi plástico se preocupa cuando empiezan a caer las primeras gotas que al colisionarme causan gran dolor, generando una inevitable caída y cambio de dirección, acercándome velozmente a la copa de sádicos árboles cuyas hojas abandonar al ocultarse el verano, dejando al descubierto sus finos huesos.
Viajo hasta el final, mientras siento la fuerza empujándome hacia el ayer, dictaminando mi futuro, jugando con mi azar.
Mi azul se empalidece cuando toca las primeras ramitas, que me lastiman y rasgan, cortajeando mi frágil cubierta.
Voy frenando mi velocidad, apoyándome lentamente en una tímida esquina, mientras las ramas se ríen y el árbol se despereza.
Finalmente descanso, inmóvil y extático sobre un leve relieve, que termina de desgarrarme y en un adiós, exploto.
Engordo en segundos y finalmente remueve su boca para dar lugar a sus calidos dedos que me agarran el extremo amarrándolo dulcemente, protegiéndome de flaquezas y prolongándome una vida larga y colorida.
Finaliza el parto y me ata una cuerda blanca y brillota, mientras siento que me agarra un niño, seguramente mi hermano.
El muchacho me mira, divertido con mi azul intenso y me sujeta la cabeza, pasando sus manitas por la misma, permitiéndome hablar, pero solamente genero afónicos ruidos que molesta a mamá. A nadie le gusta mi voz, siendo preferible callarme pues no quiero que me pinchen.
Las horas se sienten eternas y mi hermano me lleva al verde jardín, mostrándome la tempestad natural que azota al cielo que con fuertes vientos intenta arrancarme de su lado, vientos capaces de hacer volar hasta al niño.
Me maravillo con los matices violáceos que cierto artista pintó en el cielo, que solamente son interrumpidos cuando algún indómito rayo irrumpe la pintura con brillo y blanco.
La corriente impactando en mi cuerpo me brinda una sensación única, a medida que voy sintiendo como mi hermano va soltando de a poco el piolín que nos une la carne.
El pobre se esta quedando dormido y su cansina mano resbala la soguita que ya no puede sujetarme, y antes de poder despedirme me veo volando al vértigo, manejado por un invisible conductor que me guía hacia el destino.
Todo mi plástico se preocupa cuando empiezan a caer las primeras gotas que al colisionarme causan gran dolor, generando una inevitable caída y cambio de dirección, acercándome velozmente a la copa de sádicos árboles cuyas hojas abandonar al ocultarse el verano, dejando al descubierto sus finos huesos.
Viajo hasta el final, mientras siento la fuerza empujándome hacia el ayer, dictaminando mi futuro, jugando con mi azar.
Mi azul se empalidece cuando toca las primeras ramitas, que me lastiman y rasgan, cortajeando mi frágil cubierta.
Voy frenando mi velocidad, apoyándome lentamente en una tímida esquina, mientras las ramas se ríen y el árbol se despereza.
Finalmente descanso, inmóvil y extático sobre un leve relieve, que termina de desgarrarme y en un adiós, exploto.
11 de agosto de 2010
la gargola
Contemplo las estrechas paredes que me rodean y funden al oscuro ambiente en el que me veo inmerso desde hace mucho relojes rotos y caducados.
Me encuentro en uno de los vencidos rincones, volando mentalmente, imaginando sentir.
La caja que me resguarda, a pesar de ser de concreto parece más frágil que nunca, y ya casi es parte de mi anatomía.
Los barrotes son como mis huesos, sólidos pero oxidados, habiendo soportado demasiada tempestad gritan por una pausa, y la tenuidad de la celda es idéntica a la de mi interior.
El silencio es sonoro y solamente es interrumpido cuando otro compañero vocifera algo, perturbando la laxidad de la madrugada.
En una de las paredes veo dibujados miles y miles de palitos blancos, hecho con alguna piedra o agotada tiza, representando cada uno un día de parálisis liberal.
Siempre me pareció mas que acertada aquella imagen, por mas que este trillada en películas o cuentos.
Ese palito ínfimo, anoréxico, solitario y cansino representa un día con una perfección que asusta a las horas.
La libertad me soltó la mano hace demasiado, y ya no recuerdo tenerla ni en las neurona, ya no tiene sabor ni olor, es tan solo un nombre, un concepto.
La memoria no tiene huellas y mi identidad tampoco.
Siento que estoy aquí echado mirando mi aire pasar como en una película muda, vieja, develada.
No distingo colores, todo me sabe a nada y hasta el verbo se ha agotado de la imprudencia que despilfarra el lugar.
Me siento azul y me veo gris, opaco y perlado; mi cuerpo ya es una pieza mas de la cárcel, no desentona ni brilla, permanece exactamente donde lo colocaron, aquel día que mi carne perdió su religión.
Soy una estatua que adorna con sus poses, respiración y espacio.
El tiempo no pasa, se divierte estancándose en una pausa que asesina mis agujas, sulfatando el reloj y las venas.
Ya no reconozco la esperanza y la vida parece algo perdido, escurridiza, oculta y conceptual.
La mente se suma al castigo y mi ser lo padece, profanando mis vacíos sueños y helando mi transparente sangre.
Aquí estaré hasta que mis días se aburran y el centro decida apagarse acabando con tanta carencia, silencio y gris.
Me encuentro en uno de los vencidos rincones, volando mentalmente, imaginando sentir.
La caja que me resguarda, a pesar de ser de concreto parece más frágil que nunca, y ya casi es parte de mi anatomía.
Los barrotes son como mis huesos, sólidos pero oxidados, habiendo soportado demasiada tempestad gritan por una pausa, y la tenuidad de la celda es idéntica a la de mi interior.
El silencio es sonoro y solamente es interrumpido cuando otro compañero vocifera algo, perturbando la laxidad de la madrugada.
En una de las paredes veo dibujados miles y miles de palitos blancos, hecho con alguna piedra o agotada tiza, representando cada uno un día de parálisis liberal.
Siempre me pareció mas que acertada aquella imagen, por mas que este trillada en películas o cuentos.
Ese palito ínfimo, anoréxico, solitario y cansino representa un día con una perfección que asusta a las horas.
La libertad me soltó la mano hace demasiado, y ya no recuerdo tenerla ni en las neurona, ya no tiene sabor ni olor, es tan solo un nombre, un concepto.
La memoria no tiene huellas y mi identidad tampoco.
Siento que estoy aquí echado mirando mi aire pasar como en una película muda, vieja, develada.
No distingo colores, todo me sabe a nada y hasta el verbo se ha agotado de la imprudencia que despilfarra el lugar.
Me siento azul y me veo gris, opaco y perlado; mi cuerpo ya es una pieza mas de la cárcel, no desentona ni brilla, permanece exactamente donde lo colocaron, aquel día que mi carne perdió su religión.
Soy una estatua que adorna con sus poses, respiración y espacio.
El tiempo no pasa, se divierte estancándose en una pausa que asesina mis agujas, sulfatando el reloj y las venas.
Ya no reconozco la esperanza y la vida parece algo perdido, escurridiza, oculta y conceptual.
La mente se suma al castigo y mi ser lo padece, profanando mis vacíos sueños y helando mi transparente sangre.
Aquí estaré hasta que mis días se aburran y el centro decida apagarse acabando con tanta carencia, silencio y gris.
10 de agosto de 2010
niñez inquebrantable
Aparece en escena como si se tratase de alguno de sus programas o películas favoritos, cantando en lenguas ocultas, regalando una sonrisa y abriendo sus brazos como si quisiera donarte un abrazo.
Su inocencia absoluta se nota en cada gesto, parte y faceta, abriendo al publico una pureza en esencia que tardara años en mancharse.
Se sienta, hasta la comida es una excusa para jugar, disfrutando lo cotidiano y casual, emana sabiduría a aquellos con mas conciencia.
Se cae, se levanta y sigue, nada lo detiene ni perturba, y alegra hasta el rincón mas oscuro con tanta risa.
Rápido, miralo, analiza como se mueve y charla con la perra, que la mira con una inteligencia cósmica a medida que sigue contándole los secretos.
Su sinceridad abruma, no tiene tiempo para engañar o persuadir, no puede.
Me ve sentado y se acerca, con ese divertido paso tambaleante, iluminando hasta sus ojos y me abraza con un sentido que difícilmente otra persona me brinde.
Dale, sostenelo, a pesar de la confianza que aparenta es frágil, sin que se lo pidas te da la mano para dar un paseo en el que vera cosas que ojos adultos no pueden enfocar y adornar.
Finalmente termina su día, cansado como si hubiese caminado mil kilómetros, hecho un bollito en su cama, repleto de osos, dibujos y juguetes, brindándonos una lección sobre la esencia de la vida, el color de la misma.
Su inocencia absoluta se nota en cada gesto, parte y faceta, abriendo al publico una pureza en esencia que tardara años en mancharse.
Se sienta, hasta la comida es una excusa para jugar, disfrutando lo cotidiano y casual, emana sabiduría a aquellos con mas conciencia.
Se cae, se levanta y sigue, nada lo detiene ni perturba, y alegra hasta el rincón mas oscuro con tanta risa.
Rápido, miralo, analiza como se mueve y charla con la perra, que la mira con una inteligencia cósmica a medida que sigue contándole los secretos.
Su sinceridad abruma, no tiene tiempo para engañar o persuadir, no puede.
Me ve sentado y se acerca, con ese divertido paso tambaleante, iluminando hasta sus ojos y me abraza con un sentido que difícilmente otra persona me brinde.
Dale, sostenelo, a pesar de la confianza que aparenta es frágil, sin que se lo pidas te da la mano para dar un paseo en el que vera cosas que ojos adultos no pueden enfocar y adornar.
Finalmente termina su día, cansado como si hubiese caminado mil kilómetros, hecho un bollito en su cama, repleto de osos, dibujos y juguetes, brindándonos una lección sobre la esencia de la vida, el color de la misma.
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