Luego de una madrugada insomne, y una jornada laboral matutina que negó cualquier posibilidad de cerrar los pesados parpados por más de cinco segundos, atravieso las calles de la desordenada ciudad en un colectivo atestado de humanidad, vorágine y temperatura.
La gente viaja en sus asuntos y escapes, jóvenes que leen, señoras repletas de rechinantes bolsas, plásticas veteranas buscadoras de atención, centenarios e infantes, un adolescente que escuchas “música” en su celular, sin auriculares obviamente, brindando a los pasajeros un conciertos de acordes pobres y ruido polifónico.
Es un caos individual y conjunto; el impas del transporte publico.
Al abandonarlo arranca la eterna distancia de esas tres cuadras que separan mi hangar de la parada.
Las piernas, quejosas y endurecidas, vociferan insultos contra las imperfecciones que el gris pavimento aporta al cansancio existentes y adormecidos músculos.
La razón esta atontada y analiza la filosofía natural de un mundo injusto, decepcionantes y juzgador, un valle de lagrimas divino y hostigado.
Finalmente abro la puerta que me recibe con silencio, brindando un aura de calma que reverbera cuando vocifero en un éxtasis susurrante: -llegue
Sin siquiera mirar mí alrededor me desvisto en un impúdico segundo y caigo, derrotado en la victoria, sobre la confortable cama que abraza mi cuerpo invitándolo a un atractivo sueño.
Viajo en trance por un camino disgrafico generado por la inconciencia de la vida.
Desorientado vuelvo lentamente a una desenfocada realidad.
La boca, sequísima, se empasta en un líquido pedido a medida que las pupilas sitúan mi ser.
El cuerpo es un yunque, cuesta moverme y cada célula parece ofendida, negándose a trasladarme.
Logro sentarme contra la cabecera y mi mente, decepcionada, comprueba que el reloj marca las siete.
El sol se esta escondiendo tras su adiós llevándose consigo gran parte de la luminosidad, dejando mi cuarto en un oscuro atardecer.
El sueño de la tarde nunca es bueno, el cuerpo no termina de relajarse incapaz de alcanzar un descanso tan claro y total como el de la noche.
El cabeza queda frágil, confuso y reprochante, se enoja cuando lo animal cede a la tentación de una culposa siesta.
Por más que dure apenas un par de horas se siente como perder el día, regalando momentos irrecuperables, perdidos.
Uno se pone de mal humor por el conjunto de consecuencias sensoriales que genera el acostarse con el sol y retornar en un despertar eclipsado y carente, que solamente una siesta sabe situar.
14 de noviembre de 2010
8 de noviembre de 2010
el abrazo
Los cuerpos, previamente separados por meridianos sentimentales y construcciones inertes, se van aproximando lenta y continuamente, temerosos a algún movimiento brusco, un riesgo o demostración demasiado veloz que cause una impresión, o reacción, carente.
Un remolino emocional irrumpe en los interiores batiendo todo camuflaje y mascara, demoliendo los muros que habían levantado para no verse, tocarse ni olerse.
La distancia se acorta y los dos pares de ojos, hipnotizados por el puro cariño no se pierden de vista, focalizando únicamente la esencia del otro, lo profundo.
El corazón de el, inverbe y atontado, late con una energía olvidada, bombeando litros y litros de memoria.
El de ella, tímido pero seguro, se asesora por su abogado, la mente; órgano mucho mas frío y objetivo que le aconseja ir despacio, con calma y protección, sin exponerse a posibles dolores que hostiguen a su cliente.
El sonido se apaga, ninguno de los dos oye nada, los oídos, expectantes por la resolución, amorzadan a los tímpanos; no quieren distraerse con nada y acuden así a una naturaleza muerta, ajena a todo ruido animal.
La marcha se interrumpe al encontrarse divididos por tan solo sentimientos.
Ambos erguidos sobre su altura y orgullo, mirándose fijo, estudiándose, conociéndose como alguna vez lo hicieron.
Las manos de ella rozan las de el, avivando un cosquilleo perdido y tierno, fresco y absoluto.
Se acercan, se entrelazan y finalmente, se abrazan.
Sus cuerpos se convierten en uno bailando al compás de un ritmo invisible y una calma evolutiva.
El ambiente se carga de colores, llenándose de sublimes pinceladas de celeste, rosado y blanco, que se mezclan levantando enlaces derrumbados.
Las manos aprietan mutuamente sus hombros y cinturas, intentando fundirse en el interior de uno, generando aquellos cimientos que habían diseñado, allá atrás, cuando la juventud rebalsaba y el amor lo podía todo.
La demostración de cariño es total.
Se entregan al tacto, a la mezcla y al pasado, deteniéndose el tiempo en un sospechoso paréntesis universal, un lugar y momento de infinito éxtasis, generado por ese incondicional abrazo.
Un remolino emocional irrumpe en los interiores batiendo todo camuflaje y mascara, demoliendo los muros que habían levantado para no verse, tocarse ni olerse.
La distancia se acorta y los dos pares de ojos, hipnotizados por el puro cariño no se pierden de vista, focalizando únicamente la esencia del otro, lo profundo.
El corazón de el, inverbe y atontado, late con una energía olvidada, bombeando litros y litros de memoria.
El de ella, tímido pero seguro, se asesora por su abogado, la mente; órgano mucho mas frío y objetivo que le aconseja ir despacio, con calma y protección, sin exponerse a posibles dolores que hostiguen a su cliente.
El sonido se apaga, ninguno de los dos oye nada, los oídos, expectantes por la resolución, amorzadan a los tímpanos; no quieren distraerse con nada y acuden así a una naturaleza muerta, ajena a todo ruido animal.
La marcha se interrumpe al encontrarse divididos por tan solo sentimientos.
Ambos erguidos sobre su altura y orgullo, mirándose fijo, estudiándose, conociéndose como alguna vez lo hicieron.
Las manos de ella rozan las de el, avivando un cosquilleo perdido y tierno, fresco y absoluto.
Se acercan, se entrelazan y finalmente, se abrazan.
Sus cuerpos se convierten en uno bailando al compás de un ritmo invisible y una calma evolutiva.
El ambiente se carga de colores, llenándose de sublimes pinceladas de celeste, rosado y blanco, que se mezclan levantando enlaces derrumbados.
Las manos aprietan mutuamente sus hombros y cinturas, intentando fundirse en el interior de uno, generando aquellos cimientos que habían diseñado, allá atrás, cuando la juventud rebalsaba y el amor lo podía todo.
La demostración de cariño es total.
Se entregan al tacto, a la mezcla y al pasado, deteniéndose el tiempo en un sospechoso paréntesis universal, un lugar y momento de infinito éxtasis, generado por ese incondicional abrazo.
4 de noviembre de 2010
la culpa
Aun cuando el tiempo me golpeaba y los hechos me refutaban, siempre me mantuve en mi moral postura, galardonando mi dogma, afirmando la única realidad visible pero raramente alcanzable: la verdad.
Sin embargo con agridulce sabor noto que por el contrario la mayoría de aquellos que me rodean carecen de mi estúpida y heroica filosofía, que tantos dolores de cabeza y tan pocas satisfacciones me ha traído.
Te veo y se confirman mis hipótesis: hay un arte oculto, callado y mortífero, que pocos practican, menos dominan y ninguno acepta con completa libertad: la culpa.
Con el pasar de los años te fuiste instruyendo y aplicando en esta traicionera disciplina, transgiversando mi carne e implantando la duda en las normativas sociales y personales en las que mi ínfima persona se basaba (o basa?)
En tu rapsodia eras (y sos) la mejor, y nadie siquiera osaba corromper la psicología de tu circense verbo.
Las situaciones viraban a tu deseo, decorando las líneas con evasivas gesticulaciones y temporales lagrimas que emergían de esos enamoradizos ojos esperando recoger los frutos de la cosecha, la culposa ganancia de la culpa.
Y a pesar de que eras conciente de tu práctica, de tu don, como todo en tu visión, tenia 2 dictamines, 2 matices.
Inconcientemente conciente sufrías el beneficio que tu reverberada palabra generaba entre mortales.
Logras lo que queres torciendo la realidad, ganándole la pulseada a la razón y carcomiendo sentimientos ajenos.
Se nota en tu mirada que no hay maldad detrás de tu alma, simplemente inmadurez, utopia y capricho.
Una simple persona, astuta y convincente, que al mojarse bajo la lluvia, hace sentir culpable al cielo.
Sin embargo con agridulce sabor noto que por el contrario la mayoría de aquellos que me rodean carecen de mi estúpida y heroica filosofía, que tantos dolores de cabeza y tan pocas satisfacciones me ha traído.
Te veo y se confirman mis hipótesis: hay un arte oculto, callado y mortífero, que pocos practican, menos dominan y ninguno acepta con completa libertad: la culpa.
Con el pasar de los años te fuiste instruyendo y aplicando en esta traicionera disciplina, transgiversando mi carne e implantando la duda en las normativas sociales y personales en las que mi ínfima persona se basaba (o basa?)
En tu rapsodia eras (y sos) la mejor, y nadie siquiera osaba corromper la psicología de tu circense verbo.
Las situaciones viraban a tu deseo, decorando las líneas con evasivas gesticulaciones y temporales lagrimas que emergían de esos enamoradizos ojos esperando recoger los frutos de la cosecha, la culposa ganancia de la culpa.
Y a pesar de que eras conciente de tu práctica, de tu don, como todo en tu visión, tenia 2 dictamines, 2 matices.
Inconcientemente conciente sufrías el beneficio que tu reverberada palabra generaba entre mortales.
Logras lo que queres torciendo la realidad, ganándole la pulseada a la razón y carcomiendo sentimientos ajenos.
Se nota en tu mirada que no hay maldad detrás de tu alma, simplemente inmadurez, utopia y capricho.
Una simple persona, astuta y convincente, que al mojarse bajo la lluvia, hace sentir culpable al cielo.
28 de septiembre de 2010
sueño inducido
Estoy volando en un cielo violáceo y fresco que duerme mis mejillas con inconcientes ventiscas que nacen y mueren antes de poder resoplar.
Mis ojos, cansinos y entreabiertos, vislumbran las trangiversadas creaciones de un Dios divino y culpable, silencioso pero artista.
Planeo en cámara lenta y avanzo despacio, emanando relajación y tranquilidad por el cósmico paseo.
Aparecen en escena animales no descubiertos, gigantes azulados y nubes suicidas, que en el momento en que mi distorsionada mano siquiera las rozan acaban con su vida desapareciendo en el aire, desintegrando su algodón.
Al lado mío flotan aves hermosas, repletas de colores brillosos y matices eclécticos, que flamean con un estilo y calma digna de admirar.
Sus plumíferas alas se pavonean con una gracia inexplicable y su mirada, clara y entera reconforta mi interior.
Avanzo casi sin darme cuenta, dejando atrás una vida de excesos y carencias.
Las luces repentinamente comienzan a titilar, entrando en un compás frenético que dilata y contrae mis enloquecidas pupilas que no toleran los sintéticos cambios de iluminación y planifican, cómplices, estallar; las escucho tramándolo pero poco importa ya que el vuelo es total.
Miro mi piel y me encuentro repleto de rombos, blancos y negros que recubren mi exterior, dibujándose en mi cuerpo como impresiones sobre una blanca hoja, ajena al color y roce.
Alto, subo más alto mientras las sombras ocultan aquello que voy dejando abajo, y acordes de alguna canción irradian de cánticos y rock el paseo alado.
Aparecen delante mío, como si fuera una proyección antigua, fotografías en gamas grises de rostros, personas que levemente reconozco con mi narcótica memoria, entrelazados por mensajes en letras grande y finas, que me divierten con el contraste que las mismas encuentran con el fondo: AMOR, ARTE, ÉXTASIS, SEXO, PUENTE, CAOS, BOCA, POLVO, NADA, CUERDA, TODO, BASTA, MÁS.
Mi cabeza se mueve con la métrica de la música aunque no soy yo el que controla los rítmicos desplazamientos del desobediente cráneo.
No puedo descifrar si esto es un sueño o una inducida alucinación, solamente sé lo que alguna vez supe.
La oscuridad es cada vez más plena y un poco de paranoia emerge en mis vejadas venas, que la ven crecer y desarrollarse como si se tratase de un virus rebelde y malicioso
¿Y si es un virus incurable y malicioso? ¿Qué pasa si la paranoia no se marcha y me enferma? ¿Qué pasa si alguien me lastima? ¿La paranoia puede matarme?
Empiezo a dejar de disfrutar la vuelta por este universo comatoso, mi rostro se humedece por los nervios y mis órganos se anudan en mi panza, indicándome malos presentimientos.
Estéticas burbujas florecen en el espacio, rápidamente me rodean y con la misma velocidad, se despiden explotando sonoramente, bombardeando la galaxia de caos y preocupación, estallan inescrupulosamente incendiando todo.
La locura crece cuando aparecen una especie de espectros que portan mantos negros; se me acercan y susurran al oído sicóticas palabras, llenándome de temor.
No me tocan pero su simple roce congela mis arterias, que transportan lenta y gélidamente mi enfriado combustible.
Montañas de hielo aparecen en el horizonte, seguidas por una tajante nieve y escarcha que bajan la temperatura a lugares donde Celcius carece de medición.
Los entes se sonríen, carentes de rostros, al sentir como la oscuridad se agiganta.
Se marchan murmurando en lenguas desconocidas y en el camino brotan pálidos globos de un violeta fúnebre, y allí abajo logro distinguir tumbas, cruces de un gris añejo, devotas a algún Dios que aquí claramente no tiene jurisdicción.
Presiento que el trayecto va llegando a su fin, y me invade un sentimiento de nostalgia, pues no deseo abandonar algo tan perturbadoramente bello, no quiero terminar de morir.
La opacidad se disipa y es reemplazada con una luminosidad dinámica, que sube vertiginosamente su voltaje, imposibilitando un enfoque digno.
Me despido de mi pasado, de la vida perdida entre los escombros de mi memoria y del universo transitado, cuando un claro resplandor finaliza mi conciencia.
Muy lejos de allí, en una medicinal blanca cama, mis ojos se abren lentamente para vislumbran mi cuerpo repleto de tubos y cables.
Y a pesar de que me encuentro bastante atontado logro reconocer las caras de las personas que me rodean, aquellas que estaban en las fotografías proyectadas en el dulce coma, que supe abandonar.
Mis ojos, cansinos y entreabiertos, vislumbran las trangiversadas creaciones de un Dios divino y culpable, silencioso pero artista.
Planeo en cámara lenta y avanzo despacio, emanando relajación y tranquilidad por el cósmico paseo.
Aparecen en escena animales no descubiertos, gigantes azulados y nubes suicidas, que en el momento en que mi distorsionada mano siquiera las rozan acaban con su vida desapareciendo en el aire, desintegrando su algodón.
Al lado mío flotan aves hermosas, repletas de colores brillosos y matices eclécticos, que flamean con un estilo y calma digna de admirar.
Sus plumíferas alas se pavonean con una gracia inexplicable y su mirada, clara y entera reconforta mi interior.
Avanzo casi sin darme cuenta, dejando atrás una vida de excesos y carencias.
Las luces repentinamente comienzan a titilar, entrando en un compás frenético que dilata y contrae mis enloquecidas pupilas que no toleran los sintéticos cambios de iluminación y planifican, cómplices, estallar; las escucho tramándolo pero poco importa ya que el vuelo es total.
Miro mi piel y me encuentro repleto de rombos, blancos y negros que recubren mi exterior, dibujándose en mi cuerpo como impresiones sobre una blanca hoja, ajena al color y roce.
Alto, subo más alto mientras las sombras ocultan aquello que voy dejando abajo, y acordes de alguna canción irradian de cánticos y rock el paseo alado.
Aparecen delante mío, como si fuera una proyección antigua, fotografías en gamas grises de rostros, personas que levemente reconozco con mi narcótica memoria, entrelazados por mensajes en letras grande y finas, que me divierten con el contraste que las mismas encuentran con el fondo: AMOR, ARTE, ÉXTASIS, SEXO, PUENTE, CAOS, BOCA, POLVO, NADA, CUERDA, TODO, BASTA, MÁS.
Mi cabeza se mueve con la métrica de la música aunque no soy yo el que controla los rítmicos desplazamientos del desobediente cráneo.
No puedo descifrar si esto es un sueño o una inducida alucinación, solamente sé lo que alguna vez supe.
La oscuridad es cada vez más plena y un poco de paranoia emerge en mis vejadas venas, que la ven crecer y desarrollarse como si se tratase de un virus rebelde y malicioso
¿Y si es un virus incurable y malicioso? ¿Qué pasa si la paranoia no se marcha y me enferma? ¿Qué pasa si alguien me lastima? ¿La paranoia puede matarme?
Empiezo a dejar de disfrutar la vuelta por este universo comatoso, mi rostro se humedece por los nervios y mis órganos se anudan en mi panza, indicándome malos presentimientos.
Estéticas burbujas florecen en el espacio, rápidamente me rodean y con la misma velocidad, se despiden explotando sonoramente, bombardeando la galaxia de caos y preocupación, estallan inescrupulosamente incendiando todo.
La locura crece cuando aparecen una especie de espectros que portan mantos negros; se me acercan y susurran al oído sicóticas palabras, llenándome de temor.
No me tocan pero su simple roce congela mis arterias, que transportan lenta y gélidamente mi enfriado combustible.
Montañas de hielo aparecen en el horizonte, seguidas por una tajante nieve y escarcha que bajan la temperatura a lugares donde Celcius carece de medición.
Los entes se sonríen, carentes de rostros, al sentir como la oscuridad se agiganta.
Se marchan murmurando en lenguas desconocidas y en el camino brotan pálidos globos de un violeta fúnebre, y allí abajo logro distinguir tumbas, cruces de un gris añejo, devotas a algún Dios que aquí claramente no tiene jurisdicción.
Presiento que el trayecto va llegando a su fin, y me invade un sentimiento de nostalgia, pues no deseo abandonar algo tan perturbadoramente bello, no quiero terminar de morir.
La opacidad se disipa y es reemplazada con una luminosidad dinámica, que sube vertiginosamente su voltaje, imposibilitando un enfoque digno.
Me despido de mi pasado, de la vida perdida entre los escombros de mi memoria y del universo transitado, cuando un claro resplandor finaliza mi conciencia.
Muy lejos de allí, en una medicinal blanca cama, mis ojos se abren lentamente para vislumbran mi cuerpo repleto de tubos y cables.
Y a pesar de que me encuentro bastante atontado logro reconocer las caras de las personas que me rodean, aquellas que estaban en las fotografías proyectadas en el dulce coma, que supe abandonar.
21 de septiembre de 2010
la amiga diferente
Desde chiquito supe que algo en vos no era normal, no estaba “bien”.
Siempre te llevaste mejor con las mujeres y al pasar los años generaste cierta repugnancia al sexo contrario y una dual visión hacia tus iguales, que con su pelo largo y sedoso y curvilíneas figuras perturbaban tu moral, sacudiendo el catolicismo mental y bombeando con interés una pervertida sangre adolescente.
Sin embargo siempre tuviste novios, nunca te animaste a dar el paso y abrir la puerta del tan conocido closet, que en tu caso era una bóveda sellada, un cuarto desdibujado sin puerta ni ventana, una vibrante bocanada reprimida en algún lugar del cuerpo.
También se fueron manifestando signos de un virtual placer al resultar lastimada, y no me refiero herida a nivel emotivo, sino a dulces golpes físicos, al principio involuntarios y normales, lecciones de la vida, convirtiéndose al pasar los años en impúdicos roces y atractivos flagelos.
Es inevitable sufrir cuando uno carga un lésbico sentimiento que se resguarda en un camuflaje, y la verdad que ese era el único dolor que tu masoquista cuerpo no disfrutaba.
Y dejando las apariencias de lado, poco a poco fue saliendo a luz esa inmoralidad que escondías y que solamente los que mas te conocíamos sospechábamos.
Repleta de alcohol comenzaste a salir más y a intercambiar saliva con bellas mujeres, siempre exuberantes, con las que te mecías en la directa e inconfundible danza del deseo sexual.
Al pasarse el efecto de lo ingerido adjudicabas la culpa al alcohol, y te avergonzabas de los episodios mostrados, pero por dentro tu sentimiento iba sonriendo, sintiendo suavemente, como la metamorfosis era inminente, y tu atrevida pasión saldría a flote, cantando victoria como los discos de lady gaga que siempre escuchabas, compenetrándote con una cantante que expresaba lo que vos sentías, y a la que también deseabas.
De repente viniste a mí, compungida y sollozante, a contarme que habías hecho algo terrible, algo inadmisible y atemorizante: te habías acostado con una mujer.
Nadando por el río de lágrimas me narraste los detalles del acto con esa morocha que tanto te calentó, buscó y tenazmente, encontró.
Había sido áspera pero dulce, como vos lo imaginabas y mejor aun, y eso era precisamente lo que temías y odiabas, la verdadera causa de tanta tristeza y preocupación era que realmente eras lesbiana.
Te consolé, te abrace y te dije que lo sabia hace tiempo, que me había dado cuenta desde púberes memorias, y tiempos inocentes.
Los meses pasaron, los años se esfumaron y cuando me hayo escribiendo este mail que probablemente nunca entregare, me doy cuenta del tiempo perdido.
Vos conociste a un publicista culto y encantador, que con su confianza y velocidad te domó y adiestró a una vida completamente modelo, convirtiéndote en una típica ama de casa.
Tenias 2 hijos, eras amiga de las otras madres del country, hacías tenis y yoga, ibas de compras y le hacías el amor a tu marido varias veces por semana aunque de manera mecánica y aburridamente común, nunca con el frenesí que aquella morocha había desatado en tu armoniosa carne con esas liberadoras palmadas e inmorales azotes.
Cada tanto nos hablamos, nos mandamos mails para las fiestas y cumpleaños, y ocasionalmente nos cruzamos en algún café o reunión anticipadamente planeada.
Nuestra amistad se hilvano, empujados por la vida nos descubrimos en caminos diferentes y nunca más hablamos de aquella grisácea tarde en la que me confesaste tu secreto.
Siempre voy a guardar este texto, expectante en alguna parte de mi notebook, atento a cualquier indecente noticia tuya que invada mi mail con novedades y comentarios.
Te lo voy a regalar el día que abras la puerta y salgas al libertinaje sexual que solo esa concupiscente morocha pudo desatar.
Siempre te llevaste mejor con las mujeres y al pasar los años generaste cierta repugnancia al sexo contrario y una dual visión hacia tus iguales, que con su pelo largo y sedoso y curvilíneas figuras perturbaban tu moral, sacudiendo el catolicismo mental y bombeando con interés una pervertida sangre adolescente.
Sin embargo siempre tuviste novios, nunca te animaste a dar el paso y abrir la puerta del tan conocido closet, que en tu caso era una bóveda sellada, un cuarto desdibujado sin puerta ni ventana, una vibrante bocanada reprimida en algún lugar del cuerpo.
También se fueron manifestando signos de un virtual placer al resultar lastimada, y no me refiero herida a nivel emotivo, sino a dulces golpes físicos, al principio involuntarios y normales, lecciones de la vida, convirtiéndose al pasar los años en impúdicos roces y atractivos flagelos.
Es inevitable sufrir cuando uno carga un lésbico sentimiento que se resguarda en un camuflaje, y la verdad que ese era el único dolor que tu masoquista cuerpo no disfrutaba.
Y dejando las apariencias de lado, poco a poco fue saliendo a luz esa inmoralidad que escondías y que solamente los que mas te conocíamos sospechábamos.
Repleta de alcohol comenzaste a salir más y a intercambiar saliva con bellas mujeres, siempre exuberantes, con las que te mecías en la directa e inconfundible danza del deseo sexual.
Al pasarse el efecto de lo ingerido adjudicabas la culpa al alcohol, y te avergonzabas de los episodios mostrados, pero por dentro tu sentimiento iba sonriendo, sintiendo suavemente, como la metamorfosis era inminente, y tu atrevida pasión saldría a flote, cantando victoria como los discos de lady gaga que siempre escuchabas, compenetrándote con una cantante que expresaba lo que vos sentías, y a la que también deseabas.
De repente viniste a mí, compungida y sollozante, a contarme que habías hecho algo terrible, algo inadmisible y atemorizante: te habías acostado con una mujer.
Nadando por el río de lágrimas me narraste los detalles del acto con esa morocha que tanto te calentó, buscó y tenazmente, encontró.
Había sido áspera pero dulce, como vos lo imaginabas y mejor aun, y eso era precisamente lo que temías y odiabas, la verdadera causa de tanta tristeza y preocupación era que realmente eras lesbiana.
Te consolé, te abrace y te dije que lo sabia hace tiempo, que me había dado cuenta desde púberes memorias, y tiempos inocentes.
Los meses pasaron, los años se esfumaron y cuando me hayo escribiendo este mail que probablemente nunca entregare, me doy cuenta del tiempo perdido.
Vos conociste a un publicista culto y encantador, que con su confianza y velocidad te domó y adiestró a una vida completamente modelo, convirtiéndote en una típica ama de casa.
Tenias 2 hijos, eras amiga de las otras madres del country, hacías tenis y yoga, ibas de compras y le hacías el amor a tu marido varias veces por semana aunque de manera mecánica y aburridamente común, nunca con el frenesí que aquella morocha había desatado en tu armoniosa carne con esas liberadoras palmadas e inmorales azotes.
Cada tanto nos hablamos, nos mandamos mails para las fiestas y cumpleaños, y ocasionalmente nos cruzamos en algún café o reunión anticipadamente planeada.
Nuestra amistad se hilvano, empujados por la vida nos descubrimos en caminos diferentes y nunca más hablamos de aquella grisácea tarde en la que me confesaste tu secreto.
Siempre voy a guardar este texto, expectante en alguna parte de mi notebook, atento a cualquier indecente noticia tuya que invada mi mail con novedades y comentarios.
Te lo voy a regalar el día que abras la puerta y salgas al libertinaje sexual que solo esa concupiscente morocha pudo desatar.
24 de agosto de 2010
la revancha
Estoy cansado de que me lleven al hastío, de que presionen mi ego, agitándolo y torciéndolo, buscando sin sentido una reacción animal de mi carne.
Mi interior, siempre bastante blanco, se va llenando de ira a medida que el silencio sigue siendo cortado por tus nefastas palabras, que sin darte cuenta (o sabiéndolo?) vociferás, ofuscándome.
Desvanecete, andate como siempre hiciste cuando las cosas se complicaron.
No sos más que el humo de un cigarrillo, la sal del mar o el acorde de alguna olvidable canción que escuchaste en un bar al que nunca volverás.
Despertás sentimientos ocultos, callados, que no quieren amanecer y lucho por mantener en sueños lejanos, secretos y pálidos.
Empujás el limite, que palabra a palabra vas desdibujando con tu verbo y sonido, inquietando la frágil calma que tanta psicología me lleva conseguir.
Mantenés una discusión en la cual no quiero participar, y poco a poco comienzo a pensar y mirar hacia mí, reencontrándome con los hechos, el pasado y lo básico.
Odio la dualidad de mi esencia, queriéndote a pesar del mal que has hecho, soportando tu abandónico ser y necesitando, a pesar de todo, tu ausente compañía.
Tus pasos son como notas de alguna trágica sinfonía de Beethoven, que anticipan el final de tu arte, anticipando tu nueva ida, despreocupado, dejando mi centro herido y oscuro.
Basta de recuerdos e idealizaciones, tengo que dejar de subirte a un lugar que vos deshaces y no te interesa pisar jamás.
Tengo que asimilar tus carencias, tus faltas, tu simpleza.
Seguís presionando y la ira no se desvanece, a la sangre empieza a gustarle que vociferes tus imprudentes reproches, ya casi disfruta que empujes mi razón al borde, le gusta planear la consecuencia.
A medida que sigo pensando y tu incesante balbuceo no frena, visualizo en mi interior como la insania y la dulce reacción vendan los ojos de la prudencia, la razón y la calma, que no luchan y permiten, permaneciendo expectantes a la resolución.
El mapa se torna rojo y la violencia me invade, desperdigándote por el ambiente, cuando satisfactoriamente, me vengo.
Mi interior, siempre bastante blanco, se va llenando de ira a medida que el silencio sigue siendo cortado por tus nefastas palabras, que sin darte cuenta (o sabiéndolo?) vociferás, ofuscándome.
Desvanecete, andate como siempre hiciste cuando las cosas se complicaron.
No sos más que el humo de un cigarrillo, la sal del mar o el acorde de alguna olvidable canción que escuchaste en un bar al que nunca volverás.
Despertás sentimientos ocultos, callados, que no quieren amanecer y lucho por mantener en sueños lejanos, secretos y pálidos.
Empujás el limite, que palabra a palabra vas desdibujando con tu verbo y sonido, inquietando la frágil calma que tanta psicología me lleva conseguir.
Mantenés una discusión en la cual no quiero participar, y poco a poco comienzo a pensar y mirar hacia mí, reencontrándome con los hechos, el pasado y lo básico.
Odio la dualidad de mi esencia, queriéndote a pesar del mal que has hecho, soportando tu abandónico ser y necesitando, a pesar de todo, tu ausente compañía.
Tus pasos son como notas de alguna trágica sinfonía de Beethoven, que anticipan el final de tu arte, anticipando tu nueva ida, despreocupado, dejando mi centro herido y oscuro.
Basta de recuerdos e idealizaciones, tengo que dejar de subirte a un lugar que vos deshaces y no te interesa pisar jamás.
Tengo que asimilar tus carencias, tus faltas, tu simpleza.
Seguís presionando y la ira no se desvanece, a la sangre empieza a gustarle que vociferes tus imprudentes reproches, ya casi disfruta que empujes mi razón al borde, le gusta planear la consecuencia.
A medida que sigo pensando y tu incesante balbuceo no frena, visualizo en mi interior como la insania y la dulce reacción vendan los ojos de la prudencia, la razón y la calma, que no luchan y permiten, permaneciendo expectantes a la resolución.
El mapa se torna rojo y la violencia me invade, desperdigándote por el ambiente, cuando satisfactoriamente, me vengo.
16 de agosto de 2010
el globo
Comienzo a sentir, a medida que mi madre aprieta sus labios contra mi apertura, traspasando su aire a mi vientre que poco a poco se va hinchando como por arte de magia.
Engordo en segundos y finalmente remueve su boca para dar lugar a sus calidos dedos que me agarran el extremo amarrándolo dulcemente, protegiéndome de flaquezas y prolongándome una vida larga y colorida.
Finaliza el parto y me ata una cuerda blanca y brillota, mientras siento que me agarra un niño, seguramente mi hermano.
El muchacho me mira, divertido con mi azul intenso y me sujeta la cabeza, pasando sus manitas por la misma, permitiéndome hablar, pero solamente genero afónicos ruidos que molesta a mamá. A nadie le gusta mi voz, siendo preferible callarme pues no quiero que me pinchen.
Las horas se sienten eternas y mi hermano me lleva al verde jardín, mostrándome la tempestad natural que azota al cielo que con fuertes vientos intenta arrancarme de su lado, vientos capaces de hacer volar hasta al niño.
Me maravillo con los matices violáceos que cierto artista pintó en el cielo, que solamente son interrumpidos cuando algún indómito rayo irrumpe la pintura con brillo y blanco.
La corriente impactando en mi cuerpo me brinda una sensación única, a medida que voy sintiendo como mi hermano va soltando de a poco el piolín que nos une la carne.
El pobre se esta quedando dormido y su cansina mano resbala la soguita que ya no puede sujetarme, y antes de poder despedirme me veo volando al vértigo, manejado por un invisible conductor que me guía hacia el destino.
Todo mi plástico se preocupa cuando empiezan a caer las primeras gotas que al colisionarme causan gran dolor, generando una inevitable caída y cambio de dirección, acercándome velozmente a la copa de sádicos árboles cuyas hojas abandonar al ocultarse el verano, dejando al descubierto sus finos huesos.
Viajo hasta el final, mientras siento la fuerza empujándome hacia el ayer, dictaminando mi futuro, jugando con mi azar.
Mi azul se empalidece cuando toca las primeras ramitas, que me lastiman y rasgan, cortajeando mi frágil cubierta.
Voy frenando mi velocidad, apoyándome lentamente en una tímida esquina, mientras las ramas se ríen y el árbol se despereza.
Finalmente descanso, inmóvil y extático sobre un leve relieve, que termina de desgarrarme y en un adiós, exploto.
Engordo en segundos y finalmente remueve su boca para dar lugar a sus calidos dedos que me agarran el extremo amarrándolo dulcemente, protegiéndome de flaquezas y prolongándome una vida larga y colorida.
Finaliza el parto y me ata una cuerda blanca y brillota, mientras siento que me agarra un niño, seguramente mi hermano.
El muchacho me mira, divertido con mi azul intenso y me sujeta la cabeza, pasando sus manitas por la misma, permitiéndome hablar, pero solamente genero afónicos ruidos que molesta a mamá. A nadie le gusta mi voz, siendo preferible callarme pues no quiero que me pinchen.
Las horas se sienten eternas y mi hermano me lleva al verde jardín, mostrándome la tempestad natural que azota al cielo que con fuertes vientos intenta arrancarme de su lado, vientos capaces de hacer volar hasta al niño.
Me maravillo con los matices violáceos que cierto artista pintó en el cielo, que solamente son interrumpidos cuando algún indómito rayo irrumpe la pintura con brillo y blanco.
La corriente impactando en mi cuerpo me brinda una sensación única, a medida que voy sintiendo como mi hermano va soltando de a poco el piolín que nos une la carne.
El pobre se esta quedando dormido y su cansina mano resbala la soguita que ya no puede sujetarme, y antes de poder despedirme me veo volando al vértigo, manejado por un invisible conductor que me guía hacia el destino.
Todo mi plástico se preocupa cuando empiezan a caer las primeras gotas que al colisionarme causan gran dolor, generando una inevitable caída y cambio de dirección, acercándome velozmente a la copa de sádicos árboles cuyas hojas abandonar al ocultarse el verano, dejando al descubierto sus finos huesos.
Viajo hasta el final, mientras siento la fuerza empujándome hacia el ayer, dictaminando mi futuro, jugando con mi azar.
Mi azul se empalidece cuando toca las primeras ramitas, que me lastiman y rasgan, cortajeando mi frágil cubierta.
Voy frenando mi velocidad, apoyándome lentamente en una tímida esquina, mientras las ramas se ríen y el árbol se despereza.
Finalmente descanso, inmóvil y extático sobre un leve relieve, que termina de desgarrarme y en un adiós, exploto.
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