30 de julio de 2011

sumergirse

Estuve esperando una sensación así, sentado en la cúspide de la ola sensorial, aprendiendo de la calma que nutre estos tiempos templados.
Los sentidos se agudizan, el alma se abriga y yo corro en picada, a un lugar donde la inhibición es ciega y el placer comanda.
Dame buenos momentos, quiero hacer música en tu origen y danzar con tu entraña, satisfaciendo cualquier fantasía caníbal que despierte tu carne.
Después de tanto sigo enredándome en tus cables, el unísono no se ahoga en lo inmoral mientras bebo el jugo plateado.
Tu vientre se tensa de tanta inquietud a medida que revuelvo la creación.
Siento la electricidad fluir en las venas, subiendo el voltaje de la tempestad que en este estado resignado se desata cuando se quiebra la paciencia.
Arboles crecen a nuestro alrededor; las raíces son profundas pero no así el sentimiento.
No quiero lastimarme con otra caída, el hábito resguarda la razón.
El vapor del hambre empaña los dientes, metalizando el sabor.
Abrís la escotilla sin gravedad, ningún Dios está mirando.
Del roce sale estática, estoy cargado de truenos que llenan de violines el sentido; violines que suavizan el dolor y arreglan el desorden.
Los ojos enrojecen, tus piernas se desenfocan con el óleo.
Se terminó nuestra primavera, la noche oscureció las sombras y trajo la distancia que nos unía en el ocaso.
Estoy listo para partir.
Hundamos el silencio, humedeciendo las palabras con la espuma de la mudez.
Cierro los ojos y te veo, adentro mío, seduciendo la lluvia y acariciando las gotas.
Se ilumina el sol, abriendo un nuevo alba tras la agotada luna.
Las pupilas se dilatan y los brazos se contraen.
Me sumerjo en el rio de satisfacción que me recibe como a un viejo amor.
Navego por las aguas del adiós, dejándome llevar por la marea abandonando la corriente del pasado y focalizando la mirada en los faros de la lejana costa, donde descansaré de tu ayer, ya sin tormenta que temer.

31 de mayo de 2011

placebo

La necesidad casi elemental de analizarte me genera un impass, esa parálisis verbal que complica la expresión del rito.
No es aconsejable hablar de más, los silencios en nuestras conversaciones florecen en una huerta sentimental que cultivas semana a semana, regando tu esperanza.
Te sentás y de un momento a otro se abre tu boca, emergiendo un coro de fantasmas que intentan transmitir con alguna claridad pesares oscuros.
Yo te escucho, fascinado por tu forma, tu procesión, tu elemento.
Con trato monárquico te contesto, observando como un niño enamorado la proxemia en la que te desenvolvés en mi espacio, leyendo cualquier mensaje oculto posible, o intentando encontrarlo dentro, donde tu lexicón se ordena y se ilumina la belleza de la esencia.
Asiento comprensivo, respondo con un simulacro de sabiduría y llevo los dedos a la cara, adoptando un gesto pensativo y adusto, impregnando mi rostro de un tono que varía entre la incomprensión y la completa empatía.
Actúo, juego el rol que me toca con una perfección clínica mientras intentas limpiar el alma con palabras.
El verbo es como el agua, lava la tristeza desembocándola en algún rio lejano en el que todos hemos nadado.
Tus labios no descansan, se mueven motivados por la fiebre mental que azota tu semana que exige curarse, sin importar la medicina.
Se te reseca la garganta, la oigo repleta de la arena que genera la expresión y te ofrezco algo para tomar, adelantándome a cualquier pedido.
Aceptas un café con una sonrisa pícara y me miras por sobre la taza con los ojos fijos, desnudando mi intención y, probablemente, también mi cuerpo.
La tentación es inmensa pero el reloj me despierta de todo pensamiento inmoral, cortando la simbiosis y borrando de tu mirada la intención.
Me aclaro la voz y prosigo con más preguntas que te hacen pensar, hallando respuestas escondidas en el inconciente y que te sorprenden a vos misma. Me lamento por dentro pero contento al ver tu aura más liviana, inyectada de alivio al descomprimir tu mochila.
Soy tu placebo, el parche que ponés en cada herida por una hora y después nos repartimos, unidos por algo efímeramente protocolar que a la vez es un cofre de secretos y pensamientos presos.
Recorremos lo profano, y volvemos a la carretera de la vida, mirando siempre, hacia adelante.

8 de mayo de 2011

polvo porcelana

Decenas de horas volaron y sin embargo todavía siento tu olor en el espacio; rastro de la pereza de encontrarte.
Tu sombra todavía cuelga, ahí enfrente, dibujando tu línea con una naturalidad fascinante, silenciando toda desilusión.
Me apoyo en la fría pared, adentrándome en la espera de tu regreso a casa, embelleciendo el tiempo con paciencia, una calma sonrisa mientras muevo la cabeza al ritmo de una lejana melodía de cerati que tanto solías escuchar.
La luz penetra una de las ventanas al sur del cuarto, inundando el ambiente de una viajera vitalidad, surcando la oscuridad con una fanática fe.
Mi mano derecha acaricia los frutos del tiempo sobre mi rostro, al peinar desprolijamente una barba de un par de días que se deja rascar, satisfecha por la prolongada vida que mi indiferencia le ha permitido desarrollar.
Los minutos se suicidan y el laxo gobierno mental comienza a sufrir titubeos.
Atento a cualquier cambio, focaliza mi atención al silencio, siguiendo con ojos inquisidores cualquier signo de un movimiento que despierte sonido.
Las agujas continúan en la eterna carrera yendo demasiado lento para ganar y demasiado rápido para perder, presas de una pista carente de freno como el que les impone el inevitable y caprichoso paso del tiempo.
Nervios, boca seca y un dejo de paranoia encierran el desorden.
A lo lejos las gotas de una canilla mal cerrada, seguidas de una tímida conversación entre aves.
Desvío la mirada a través del cristal que encuadra la ventana, televisando el exterior.
No hay nada bajo el sol, solo un escenario vacío y actores frustrados que ya no saben que rol interpretar.
Las avergonzadas uñas rascan la pared, trazando huellas en el blanco que lentamente va ensuciándose con un gris devoto.
Camino por el cuarto, alternando velocidades y niveles mientras reveo el lugar hacia donde dirigimos el presente, y, tal vez, un futuro.
Hace semanas que no te hayo, la conversación se escapó a algúna zona introvertida, y ni en los sueños coincidimos, momentos en los que viajo a rincones lejanos, recorriendo lugares solitarios y desconocidos en los que la noche se siente, y tu presencia me falta.
Me pongo el traje de ilusión y sigo aguardando, comprendiendo lo que aguarda la pureza del amar.
Un delirio físico se lleva a cabo bajo la piel, producto del cansancio blanco del amor y del insomnio que me afecta desde tu ida, escapando del lugar al que llamamos hogar convirtiéndote en una prófuga enamorada, huyendo de un crimen al sentimiento.
Una noche oscura procede al pálido día; te robaste la luna también dejándome un universo apagado, con planetas dormidos y polvos porcelana.
Hoy me aseguro, sosteniendo la clave para abrir los candados que atan estas esposas y poder liberar, finalmente los ecos que grite y no supiste escuchar.

24 de abril de 2011

éter social

Estoy subiendo.
El camino finalmente viró en la curva requerida y tan anhelada, depositando mi esencia mientras subo a cuestas esta colina social, dando cada paso sin duda ya, pero completamente agotado.
La boca seca, el océano de transpiración que me recubre y los notorios golpes brindan una imagen de un cuerpo sufrido por la órbita plantearía que lo ha rodeado.
¿Alguien me ve? ¿Alguno contempla como escalo en la masa, rompiendo los claustros y abrazando la elite?
Ha sido un sendero largo, pesado y hostigador; en el olvido quedaron los valores y la moral de la que Durkheim tanto intento advertirme.
En mi cuello péndula un pesado collar, decorado con cada una de las promesas a mí mismo que quebré para alcanzar la crema. Mi amarronado pelo ahora porta solitarias canas, que lentamente se van organizando y preparan un ataque demográfico; planean claramente un ataque.
Recuerdo lo sucedido, los apretones de manos mentirosos, las palabras vacías y las demagogas etiquetas .Debería haberlo sabido, el razonamiento desaparece tras la cortina de humo de la ambición, de la fuerza.
Mucho tiempo atrás te veía, envuelta de sol y acariciándome con tu mirada, emergiendo una simpleza que convergía en sí.
Somos individuos que no terminan de ser, piezas sueltas maleables, delineadas por la evolución y víctimas de estos bárbaros que dominan el cosmos, y a los que tanto envidiamos.
La montaña va llegando a su fin. Ya veo la cima, está tan cerca que la huelo.
“Tarda en llegar y hay recompensa” dibujaba en el oído colectivo un poeta disfrazado de rockero, y tarareo esa frase de manera casi autista mientras doy las últimas pisadas, silenciando esa melancolía camuflada en el optimismo.
Después de tanto, aterrizo.
Caen mis pies en el tope, saboreando lo alto.
Surge ante mis ojos el resto, lo normal, lo supuestamente conquistado.
Tras un breve momento de complejo napoleónico, visualizo la ciudadela, el escenario de vida que compacta este sentimiento híbrido. La examino y me rio, disfrutando la ironía.
Repleto de sociedad y respirando ego, me acerco al borde del vértice y vislumbro lo bajo, rememorando por un segundo tu perfume. Germina el sentimiento silenciado y de pronto mis ojos se humedecen, mojándose de nostalgia por el día en que te solté la mano.
El narcicismo despierta y me sonríe la mente, mencionándome todo lo conseguido.
Envuelto en oro y con aires de absoluta grandeza, piso el precipicio y salto.
Lo he conseguido, ingrávido floto, volando en un mar de éter social, transito lo puro y me siento por primera vez, tan elemental como el aire que respirás.

29 de marzo de 2011

el escape

La mañana no quiere aclarar, oscura y azulada se mezcla con el resto de las nubes, asesinando un alba abortado siquiera en el pensamiento.
El frío del otoño se refleja perfectamente en ese cielo tapado y mudo, o al menos así lo siente ella, que en silencio toma la última taza de café en su cuarto, apoyada en su triste ventana.
Su mente maquinó durante días, analizando la situación y las posibilidades, llegando a ese punto de inflexión donde el sentimiento se calla y uno visualiza el camino cegado, focalizando la línea blanca que se abre ante los pies únicamente anhelando un futuro desconocido.
Enciende un cigarrillo que destella la poca luz que irrumpe en la habitación, cortando narcóticamente la oscuridad del aire.
Lo fuma con intensidad, sofocando las penas con cada pitada que penetra su organismo con una inducida relajación, psicológico daño pulmonar que acalla el dolor del hoy.
Camina entre las piedras de su esencia, trastabillando en la duda pero, ya segura, las supera dejándolas atrás, a lo lejos, al igual que el cariño que solía despertar en ella lo que está abandonando.
Nada es fácil en su memoria, siempre fue su propia ayuda y muy lentamente genero lo que deseaba, o creía anhelar, superando todo riel.
Se mira la muñeca izquierda, esa que lleva impresa un nombre que aun hoy le saca una sonrisa de sus delgados labios, leyendo una por una las cinco letras que la tinta lee claramente.
Agarra una hoja vacía, la acaricia, la siente expectante, y a pesar de su verborragia interior, la lapicera esta paralitica, apagada, no sabe por donde empezar con un adiós nuclear, consecuencia de una fricción palpable, un ruido oscuro y molesto.
El papel rápidamente se llena con el signo de su sentimiento, cubriendo todo margen con un porque agotado y melancólico.
El corazón se le desata a medida que va concluyendo, siente los nudos aflojar y el oxígeno entrar por la despejada garganta, como una vaharada de vida blanca que sonríe a lo lejos.
Visualiza cada rincón decorándolo con pasado.
Está cansada, el cuerpo le pesa y la decisión la salpica con culpa, piezas sueltas de un rompecabezas perdido.
Toma su mochila y se envuelve de coraje, dando los pasos finales de un sueño que dejó de ser.
Pasa el último trago amargo, reviviendo el miedo del ayer por un momento, mientras deja la carta en su abrigo y se pierde en su pensamiento por segundos que se convierten en siglos.
La invade una inexplicable esperanza, ilusión de una cura a la razón, una luz que la abraza.
Cruza la puerta oyendo el sosiego, preguntándose en cuál de todos los remedios nadará para encontrar la prudencia de la paz.

10 de febrero de 2011

una flor

En el principio de mis tiempos, cuando la carne era magra y la moral estaba intacta acudí a vos en busca de una respuesta sentimental que explicase (o intentase hacerlo) toda la divinidad humana, lo universal que alberga el secreto.
Los días parecían caer ante nuestros pies y la voluntad podía más que todo nuestro alrededor que brillaba desenfocado y aburrido, escenario de nuestro camino infinito y moderno.
La soledad emanaba su perturbadora grandeza a medida que el inconciente crecía, hostigando el yo que, deprimido y acurrucado, huía a un lugar donde el dolor desatado no alcanzaba.
Como una realidad ajena, recuerdo caminar la vida sosteniendo tu mano con mis dedos, mirando la paz que tus ojos me brindaban.
Nuestro mundo fue cambiando, mutando hacia verdades desagradables y risas fingidas que ni el más puro acorde pudo disfrazar.
Pensábamos que el tiempo curaría toda herida, que todo podía superarse y que el peso de las mochilas desaparecería, flotando como el pasado, detrás nuestro, lo suficientemente cerca para recordarnos lo vivido pero nunca tan próximo como para rasgarnos.
Me pregunto como es que no vimos lo que venía, desviamos las miradas a un lugar mejor, imaginario soñado, ese paraíso final al que todo ser desea llegar y descansar.
Miro hacia atrás, al abismo en el que caímos por lo que hoy parecen años, deslizándonos en la nada, bebiéndonos a nosotros mismos y alimentándonos de la culpa que peinaba el eterno pozo.
Insaciables y recriminatorios escalamos el agujero, incapaces de distinguir la noche del día, olvidando la inocencia de la juventud, esclavos de un sentimiento agridulce y dual.
Superada la profunda melancolía, renacía entre las cenizas de lo transitado una nueva flor, oscura y espinada, que cargábamos entre la calma de lo ingenuo.
Todavía siento el gélido roce de la nieve que inundaba el recorrido, siempre a tu lado, por incontables inviernos afectivos en los que nadamos hacia una justicia ciega, unidos hacia un desamor inevitable y amargo.
Casi sin notarlo mi espalda dejo de apoyarse en la tuya, el adiós se acercó silencioso y perdido, instalándose en los corazones que se marchitaban emulando a las flores del camino.
Todo parecía igual, pero nada lo era, el cambio era rotundo y mudo; y callados quedaron los besos y las canciones que nos envolvían en una unión eléctrica.
Dejé de ser yo y dejaste de ser vos, aplanando el nosotros hasta quitarle la ultima letra al plural, asesinando cualquier seducido lazo invisible.
Las promesas se marcharon con un viento paralelo, secando las lágrimas que la tristeza generaba en nuestros cuerpos enamorados.
La ruta dejó de ser una, dividiéndose en dos lánguidas bifurcaciones que tristemente tomamos, enterrando un amor que siempre reencarnará, de la tierra, en una simple y oscura flor.

5 de enero de 2011

extasis

Te encuentro levitando en la afirmación, apoyada de costado con la piel activada y una expresión variante entre las ganas y la valentía, mostrándote sin el menor temor.
Sin miedos ni esperas contemplo tus relieves y acaricio lo profundo, sintiendo lo animal de mi carne que aclama a gritos la inverbe necesidad zoológica que padece.
Te empujo al juego químico del anhelo somático.
El océano físico me recubre a medida que contengo la respiración y emprendo un viaje acuático maravillándome con cada descubrimiento que tu forma me regala.
No hay anillos en nuestros dedos ni visiones de un futuro universal, el presente es lo único que importa, lo único que nos viste.
Rebosante de seguridad comienzo a rozar el pensamiento visual cuando te lanzás en un baile frenético y tenso, hablándome en un lenguaje que solo lo básico reconoce.
La luz inunda el cuarto, convirtiéndote en un idóneo momento, una intérprete mensajera de un secreto deseo.
Sumidos en una longeva lucha carnal besamos lo inmoral sintiendo lo puro de la raza.
Eclipsando el pudor reencarnamos las ansias bíblicas, la primera génesis de una pasión silenciosa pero renombrada.
Poseídos por el rombo corporal nos unimos, convirtiéndonos en uno.
El amor pinta el espacio en el que se respira vapor y sonrisas.
No existe la verdad ni la mentira, solo el incondicional y entero calor físico.
Voy preparándome en el éxtasis, huyendo de la razón y enfocándome solamente en recorrerte.
El viaje traspasa las fronteras terrenales y comienzo a flotar sin pensar, relajado en el trance sensorial que azota mi religión, la sublime unión eléctrica del rítmico impulso narcótico que solamente la piel puede ejercer.