Se despereza al compás de una canción ochentosa que brota de la radio, moviendo la agitada cabeza al ritmo de la sinfonía que la mantuvo ayer, toda la noche arriba, uniendo su cuerpo con el de ese extraño de sonrisa encantadora.
Deja el transitado colchón y arriba al baño, que con su pálida luz de consultorio (esa luminiscencia que generan los voltios de bajo consumo) perturba los ojos que, ofendidos, se entrecierran aún más.
Se para frente al espejo y observa su reflejo.
Sin su disfraz vuelve a ser ella, a sentirse una. Los kilos de maquillaje, las pestañas, el escote pronunciado y los tacos la aguardan al caer la luna, pero bajo el sol ella no corre peligros, es libre y pura.
Lo único que corta el silencio del baño son las gotas.
Gotas ruidosas que explotan al resbalar de la canilla mal cerrada del lavatorio.
PAM-PAM-PAM
Estruendos florecen al encontrarse lo líquido con lo solido; la unión de lo opuesto siempre es complicada.
Molesta terminar de abrir el grifo y un fuerte chorro de océano irrumpe en el mármol.
Empapa su cara, que se enrojece por las temperaturas glaciales del elemento y una sonrisa se dibuja en su al recordar a Roberto, su compañero de anoche.
Cuarentón bien conservado, la había encarado en un bar, y luego de un breve coqueteo negociador terminaron envueltos en sábanas de piel humana y respiraciones agitadas.
Movimientos acertados, flexible y atento, Roberto la había hecho pasar un buen momento.
Se seca la cara rápidamente y deja el ambiente, decidida a ponerse su ropa diurna.
Se contentaba con tan solo abrir su placard, el de Romina y no el de Tania.
A estos mundos los separaba un meridiano.
Pintada de normal, Romina encaraba las calles sonriente, las tardes eran suyas y el mundo la recibía ufano.
Hija de un sol calmante y una luna prostituta, romina convivía con el agua y el aceite a diario, separando las vidas, pero nadando en ambos ríos.
Disfrutaba la mortalidad del día como si no hubiese un mañana.
Con el ocaso se ensombrecían los cielos y las calles de teñían con gamas indecentes.
Los rostros ocultos aparecían enfocados bajo luces de neón que pintaban las calles con tonos pop.
Su perfume contrasta con el aroma a instinto que flota en el aire, ambientando en todos los sentidos las intenciones de murciélagos en traje.
Autos brillosos, señoritas con poca ropa, música sexual, polvos hechiceros, pastillas instantáneas y carcajadas desencajadas.
A Tania le gusta todo lo llamativo del espacio, la atrae.
Se mueve como una de ellos, con su ceñido algodón que le delinea las curvas, agitada por las formas de todas las flores exóticas que surgen en la oscuridad.
Desconocidos en esencia pero íntimos en uniformes, desesperan por turbar la profundidad.
Romina entra en su refugio repleta de demasiado.
Su carne no tiene su olor, la pintura con la que se transforma las facciones la incomodan ahora que la noche acabo y las estrellas se apagaron.
Demasiado cansada, demasiado perpetua, demasiado satisfecha.
Romina encuentra su hangar y se relaja, distendida en ese hogar solitario pero entero en el que dirige su obra vital.
Se desviste y se acuesta, olvidando para recordar.
Amante del agua, visualiza los lagos en los que se baña de día, y las tormentas que la empapan de noche.
Romina vive su vida como quiere y como puede, nadando en los extremos de la vida.
27 de septiembre de 2011
5 de septiembre de 2011
cronica reversion de cuento infantil
El pasado martes, a las 10 de la mañana, Cecilia Fernández emprendió el camino a través del Bosque de las Promesas, en la localidad de Quimeras, Río Negro, para socorrer a su abuela que padecía una enfermedad. Pero en la casa se encontró con un hombre disfrazado de lobo que la retuvo por 3 días. La pequeña logró escapar, pero el “lobo” se mantiene prófugo.
Cecilia Fernández (bautizada Caperucita Roja por los medios sureños –que siempre viste camperas coloradas, de ahí su apodo-), de 14 años de edad, había dejado su domicilio a las 10 de la mañana del pasado martes para ir en ayuda de su enferma abuela, Jacinta Regnier, de 78 años, quien vive en el ya mencionado bosque.
Los peritajes informan que la niña arribó a la vivienda pasadas las 11 a.m, y en lugar de encontrarse a la anciana se topó con un hombre vestido con un camisón y una máscara lobina.
Éste la aprisionó y la mantuvo atada durante 96 horas, sometiéndola a todo tipo de torturas.
El comisario Germán Pitufo declaró: “durante los 4 días que duró el secuestro la menor padeció golpes, quemaduras y todo tipo de maltratos psicológicos (...) el perverso la amenazó reiteradas veces con comérsela; de hecho Cecilia porta marcas de mordiscos en brazos y piernas”.
Tras un descuido del delincuente, la niña, afortunadamente, logró escapar.
Fue encontrada en grave estado ayer a las 2 p.m por un habitante de Quimeras.
Fuentes policiales confirman que la menor está internada en el hospital local, para determinar si además fue abusada sexualmente.
El “lobo” logró burlar los rastrillajes policiales que se efectuaron en el bosque y se mantiene desaparecido.
Se ruega precaución y cautela a los habitantes de Quimeras, y favor de avisar a las autoridades locales ante cualquier sospecha.
Cecilia Fernández (bautizada Caperucita Roja por los medios sureños –que siempre viste camperas coloradas, de ahí su apodo-), de 14 años de edad, había dejado su domicilio a las 10 de la mañana del pasado martes para ir en ayuda de su enferma abuela, Jacinta Regnier, de 78 años, quien vive en el ya mencionado bosque.
Los peritajes informan que la niña arribó a la vivienda pasadas las 11 a.m, y en lugar de encontrarse a la anciana se topó con un hombre vestido con un camisón y una máscara lobina.
Éste la aprisionó y la mantuvo atada durante 96 horas, sometiéndola a todo tipo de torturas.
El comisario Germán Pitufo declaró: “durante los 4 días que duró el secuestro la menor padeció golpes, quemaduras y todo tipo de maltratos psicológicos (...) el perverso la amenazó reiteradas veces con comérsela; de hecho Cecilia porta marcas de mordiscos en brazos y piernas”.
Tras un descuido del delincuente, la niña, afortunadamente, logró escapar.
Fue encontrada en grave estado ayer a las 2 p.m por un habitante de Quimeras.
Fuentes policiales confirman que la menor está internada en el hospital local, para determinar si además fue abusada sexualmente.
El “lobo” logró burlar los rastrillajes policiales que se efectuaron en el bosque y se mantiene desaparecido.
Se ruega precaución y cautela a los habitantes de Quimeras, y favor de avisar a las autoridades locales ante cualquier sospecha.
25 de agosto de 2011
juego roto
El cielo estaba cubierto por ese matiz gélido que el invierno pinta en el horizonte.
El frio había silenciado hasta las gargantas de los pájaros que, mudos y escarchados hasta el alma, se ocultaban en huecas cortezas y nidos improvisados.
La casa tenía todas las ventanas cerradas y cubiertas con gruesas cortinas para aislar el hielo, la luna y el sonido.
La noche era absoluta y no quedaba casi luz en los pasillos; los ocupantes se preparaban para soñar, acostando a los pequeños y abrazando, lentamente, el reposo.
El silencio, sin embargo, se cortaba, punzante, por las ruidos de Celestina, que insomne y malcriada correteaba por la oscuridad, envolviéndose en carcajadas resonantes que impregnaban los rincones con pecado.
Pasos sonoros, movimientos de muebles.
La mucama, molesta con la interrupción y reverberando ofensa revolvía hasta las paredes, pero Celestina escapaba; parecía volar.
Con la paciencia violada elevaba la palabra, comandando la búsqueda para callar la insolencia.
Celestina reía, disfrutando la situación y burlando a la guardiana que venía con cadenas para aprisionar su independencia.
Desbordada en confianza comenzó a acercarse más, bajando el camuflaje que la hacía invisible ante la criada.
La búsqueda continuaba y la sirvienta se impacientaba, nerviosa ante un posible reto de los patrones.
De repente sus caminos se cruzan, los ojos se focalizan y vislumbran sus siluetas entre tanta espesura que emana el ambiente cerrado.
Celestina advierte la locura en la mirada de la mucama e intenta huir, pero la carcelaria con un ágil movimiento alcanza su pelo que, al sentir el tirón dispara en alaridos que impactan la calma de la criada y, asustada, suelta la cabeza de la niña.
La fuerza del impulso despide a Celestina, que no se controla y termina quebrando la ventana con un golpe helado.
Los cabellos se tiñen de rojo, la visión se nubla y se atonta la razón.
Su cuerpito, inerte, cae contra el alfombrado suelo que se abre ante la caída de su inquilina, dándole una dosis de vacío.
Celestina entra en un trance de confort.
Ya no hay sombras sino fuertes luces, árboles y aire fresco.
No se escuchan gritos ni retos.
Condenada por su torpeza, Celestina se relaja y, ahora sí, disfruta la belleza de la libertad, riendo, saltando y jugando, sin reglas que obedecer ni horarios que respetar.
El frio había silenciado hasta las gargantas de los pájaros que, mudos y escarchados hasta el alma, se ocultaban en huecas cortezas y nidos improvisados.
La casa tenía todas las ventanas cerradas y cubiertas con gruesas cortinas para aislar el hielo, la luna y el sonido.
La noche era absoluta y no quedaba casi luz en los pasillos; los ocupantes se preparaban para soñar, acostando a los pequeños y abrazando, lentamente, el reposo.
El silencio, sin embargo, se cortaba, punzante, por las ruidos de Celestina, que insomne y malcriada correteaba por la oscuridad, envolviéndose en carcajadas resonantes que impregnaban los rincones con pecado.
Pasos sonoros, movimientos de muebles.
La mucama, molesta con la interrupción y reverberando ofensa revolvía hasta las paredes, pero Celestina escapaba; parecía volar.
Con la paciencia violada elevaba la palabra, comandando la búsqueda para callar la insolencia.
Celestina reía, disfrutando la situación y burlando a la guardiana que venía con cadenas para aprisionar su independencia.
Desbordada en confianza comenzó a acercarse más, bajando el camuflaje que la hacía invisible ante la criada.
La búsqueda continuaba y la sirvienta se impacientaba, nerviosa ante un posible reto de los patrones.
De repente sus caminos se cruzan, los ojos se focalizan y vislumbran sus siluetas entre tanta espesura que emana el ambiente cerrado.
Celestina advierte la locura en la mirada de la mucama e intenta huir, pero la carcelaria con un ágil movimiento alcanza su pelo que, al sentir el tirón dispara en alaridos que impactan la calma de la criada y, asustada, suelta la cabeza de la niña.
La fuerza del impulso despide a Celestina, que no se controla y termina quebrando la ventana con un golpe helado.
Los cabellos se tiñen de rojo, la visión se nubla y se atonta la razón.
Su cuerpito, inerte, cae contra el alfombrado suelo que se abre ante la caída de su inquilina, dándole una dosis de vacío.
Celestina entra en un trance de confort.
Ya no hay sombras sino fuertes luces, árboles y aire fresco.
No se escuchan gritos ni retos.
Condenada por su torpeza, Celestina se relaja y, ahora sí, disfruta la belleza de la libertad, riendo, saltando y jugando, sin reglas que obedecer ni horarios que respetar.
12 de agosto de 2011
el principio
Desde pequeño me envolví en papel.
El aprendizaje comenzó en casa, fomentado por una madre que leía en voz alta historias fantásticas con realidades paralelas y escenarios europeos.
Comencé a manejar la tinta antes de empezar el colegio, motivado por todas las palabras que aquellos libros contenían en sus cargadas hojas.
Mi independencia como lector se generó con sagas famosas y cuentos cortos, y al poco tiempo la imaginación generaba relatos propios, que con los años fueron estilizándose, virando hacia marcos maduros que acompañaban el crecimiento personal.
La adolescencia me nutrió con autores reconocidos, cambiando no solo de tipo, sino de ámbito y tema, a veces por gusto y otras por aburrimiento.
Los libros me acompañaron a lo largo del corto camino que he transitado, en los mejores y peores momentos dibujaron burbujas en las que me introducía para disfrutar.
Ocasionalmente escribo, cuando la inspiración y las ganas convergen.
Textos breves y descripciones elementales forman mi zona de confort, de la cual rara vez salgo.
Disfruto leer y me alivia escribir.
Una buena combinación que cultiva el pensamiento.
El aprendizaje comenzó en casa, fomentado por una madre que leía en voz alta historias fantásticas con realidades paralelas y escenarios europeos.
Comencé a manejar la tinta antes de empezar el colegio, motivado por todas las palabras que aquellos libros contenían en sus cargadas hojas.
Mi independencia como lector se generó con sagas famosas y cuentos cortos, y al poco tiempo la imaginación generaba relatos propios, que con los años fueron estilizándose, virando hacia marcos maduros que acompañaban el crecimiento personal.
La adolescencia me nutrió con autores reconocidos, cambiando no solo de tipo, sino de ámbito y tema, a veces por gusto y otras por aburrimiento.
Los libros me acompañaron a lo largo del corto camino que he transitado, en los mejores y peores momentos dibujaron burbujas en las que me introducía para disfrutar.
Ocasionalmente escribo, cuando la inspiración y las ganas convergen.
Textos breves y descripciones elementales forman mi zona de confort, de la cual rara vez salgo.
Disfruto leer y me alivia escribir.
Una buena combinación que cultiva el pensamiento.
30 de julio de 2011
sumergirse
Estuve esperando una sensación así, sentado en la cúspide de la ola sensorial, aprendiendo de la calma que nutre estos tiempos templados.
Los sentidos se agudizan, el alma se abriga y yo corro en picada, a un lugar donde la inhibición es ciega y el placer comanda.
Dame buenos momentos, quiero hacer música en tu origen y danzar con tu entraña, satisfaciendo cualquier fantasía caníbal que despierte tu carne.
Después de tanto sigo enredándome en tus cables, el unísono no se ahoga en lo inmoral mientras bebo el jugo plateado.
Tu vientre se tensa de tanta inquietud a medida que revuelvo la creación.
Siento la electricidad fluir en las venas, subiendo el voltaje de la tempestad que en este estado resignado se desata cuando se quiebra la paciencia.
Arboles crecen a nuestro alrededor; las raíces son profundas pero no así el sentimiento.
No quiero lastimarme con otra caída, el hábito resguarda la razón.
El vapor del hambre empaña los dientes, metalizando el sabor.
Abrís la escotilla sin gravedad, ningún Dios está mirando.
Del roce sale estática, estoy cargado de truenos que llenan de violines el sentido; violines que suavizan el dolor y arreglan el desorden.
Los ojos enrojecen, tus piernas se desenfocan con el óleo.
Se terminó nuestra primavera, la noche oscureció las sombras y trajo la distancia que nos unía en el ocaso.
Estoy listo para partir.
Hundamos el silencio, humedeciendo las palabras con la espuma de la mudez.
Cierro los ojos y te veo, adentro mío, seduciendo la lluvia y acariciando las gotas.
Se ilumina el sol, abriendo un nuevo alba tras la agotada luna.
Las pupilas se dilatan y los brazos se contraen.
Me sumerjo en el rio de satisfacción que me recibe como a un viejo amor.
Navego por las aguas del adiós, dejándome llevar por la marea abandonando la corriente del pasado y focalizando la mirada en los faros de la lejana costa, donde descansaré de tu ayer, ya sin tormenta que temer.
Los sentidos se agudizan, el alma se abriga y yo corro en picada, a un lugar donde la inhibición es ciega y el placer comanda.
Dame buenos momentos, quiero hacer música en tu origen y danzar con tu entraña, satisfaciendo cualquier fantasía caníbal que despierte tu carne.
Después de tanto sigo enredándome en tus cables, el unísono no se ahoga en lo inmoral mientras bebo el jugo plateado.
Tu vientre se tensa de tanta inquietud a medida que revuelvo la creación.
Siento la electricidad fluir en las venas, subiendo el voltaje de la tempestad que en este estado resignado se desata cuando se quiebra la paciencia.
Arboles crecen a nuestro alrededor; las raíces son profundas pero no así el sentimiento.
No quiero lastimarme con otra caída, el hábito resguarda la razón.
El vapor del hambre empaña los dientes, metalizando el sabor.
Abrís la escotilla sin gravedad, ningún Dios está mirando.
Del roce sale estática, estoy cargado de truenos que llenan de violines el sentido; violines que suavizan el dolor y arreglan el desorden.
Los ojos enrojecen, tus piernas se desenfocan con el óleo.
Se terminó nuestra primavera, la noche oscureció las sombras y trajo la distancia que nos unía en el ocaso.
Estoy listo para partir.
Hundamos el silencio, humedeciendo las palabras con la espuma de la mudez.
Cierro los ojos y te veo, adentro mío, seduciendo la lluvia y acariciando las gotas.
Se ilumina el sol, abriendo un nuevo alba tras la agotada luna.
Las pupilas se dilatan y los brazos se contraen.
Me sumerjo en el rio de satisfacción que me recibe como a un viejo amor.
Navego por las aguas del adiós, dejándome llevar por la marea abandonando la corriente del pasado y focalizando la mirada en los faros de la lejana costa, donde descansaré de tu ayer, ya sin tormenta que temer.
31 de mayo de 2011
placebo
La necesidad casi elemental de analizarte me genera un impass, esa parálisis verbal que complica la expresión del rito.
No es aconsejable hablar de más, los silencios en nuestras conversaciones florecen en una huerta sentimental que cultivas semana a semana, regando tu esperanza.
Te sentás y de un momento a otro se abre tu boca, emergiendo un coro de fantasmas que intentan transmitir con alguna claridad pesares oscuros.
Yo te escucho, fascinado por tu forma, tu procesión, tu elemento.
Con trato monárquico te contesto, observando como un niño enamorado la proxemia en la que te desenvolvés en mi espacio, leyendo cualquier mensaje oculto posible, o intentando encontrarlo dentro, donde tu lexicón se ordena y se ilumina la belleza de la esencia.
Asiento comprensivo, respondo con un simulacro de sabiduría y llevo los dedos a la cara, adoptando un gesto pensativo y adusto, impregnando mi rostro de un tono que varía entre la incomprensión y la completa empatía.
Actúo, juego el rol que me toca con una perfección clínica mientras intentas limpiar el alma con palabras.
El verbo es como el agua, lava la tristeza desembocándola en algún rio lejano en el que todos hemos nadado.
Tus labios no descansan, se mueven motivados por la fiebre mental que azota tu semana que exige curarse, sin importar la medicina.
Se te reseca la garganta, la oigo repleta de la arena que genera la expresión y te ofrezco algo para tomar, adelantándome a cualquier pedido.
Aceptas un café con una sonrisa pícara y me miras por sobre la taza con los ojos fijos, desnudando mi intención y, probablemente, también mi cuerpo.
La tentación es inmensa pero el reloj me despierta de todo pensamiento inmoral, cortando la simbiosis y borrando de tu mirada la intención.
Me aclaro la voz y prosigo con más preguntas que te hacen pensar, hallando respuestas escondidas en el inconciente y que te sorprenden a vos misma. Me lamento por dentro pero contento al ver tu aura más liviana, inyectada de alivio al descomprimir tu mochila.
Soy tu placebo, el parche que ponés en cada herida por una hora y después nos repartimos, unidos por algo efímeramente protocolar que a la vez es un cofre de secretos y pensamientos presos.
Recorremos lo profano, y volvemos a la carretera de la vida, mirando siempre, hacia adelante.
No es aconsejable hablar de más, los silencios en nuestras conversaciones florecen en una huerta sentimental que cultivas semana a semana, regando tu esperanza.
Te sentás y de un momento a otro se abre tu boca, emergiendo un coro de fantasmas que intentan transmitir con alguna claridad pesares oscuros.
Yo te escucho, fascinado por tu forma, tu procesión, tu elemento.
Con trato monárquico te contesto, observando como un niño enamorado la proxemia en la que te desenvolvés en mi espacio, leyendo cualquier mensaje oculto posible, o intentando encontrarlo dentro, donde tu lexicón se ordena y se ilumina la belleza de la esencia.
Asiento comprensivo, respondo con un simulacro de sabiduría y llevo los dedos a la cara, adoptando un gesto pensativo y adusto, impregnando mi rostro de un tono que varía entre la incomprensión y la completa empatía.
Actúo, juego el rol que me toca con una perfección clínica mientras intentas limpiar el alma con palabras.
El verbo es como el agua, lava la tristeza desembocándola en algún rio lejano en el que todos hemos nadado.
Tus labios no descansan, se mueven motivados por la fiebre mental que azota tu semana que exige curarse, sin importar la medicina.
Se te reseca la garganta, la oigo repleta de la arena que genera la expresión y te ofrezco algo para tomar, adelantándome a cualquier pedido.
Aceptas un café con una sonrisa pícara y me miras por sobre la taza con los ojos fijos, desnudando mi intención y, probablemente, también mi cuerpo.
La tentación es inmensa pero el reloj me despierta de todo pensamiento inmoral, cortando la simbiosis y borrando de tu mirada la intención.
Me aclaro la voz y prosigo con más preguntas que te hacen pensar, hallando respuestas escondidas en el inconciente y que te sorprenden a vos misma. Me lamento por dentro pero contento al ver tu aura más liviana, inyectada de alivio al descomprimir tu mochila.
Soy tu placebo, el parche que ponés en cada herida por una hora y después nos repartimos, unidos por algo efímeramente protocolar que a la vez es un cofre de secretos y pensamientos presos.
Recorremos lo profano, y volvemos a la carretera de la vida, mirando siempre, hacia adelante.
8 de mayo de 2011
polvo porcelana
Decenas de horas volaron y sin embargo todavía siento tu olor en el espacio; rastro de la pereza de encontrarte.
Tu sombra todavía cuelga, ahí enfrente, dibujando tu línea con una naturalidad fascinante, silenciando toda desilusión.
Me apoyo en la fría pared, adentrándome en la espera de tu regreso a casa, embelleciendo el tiempo con paciencia, una calma sonrisa mientras muevo la cabeza al ritmo de una lejana melodía de cerati que tanto solías escuchar.
La luz penetra una de las ventanas al sur del cuarto, inundando el ambiente de una viajera vitalidad, surcando la oscuridad con una fanática fe.
Mi mano derecha acaricia los frutos del tiempo sobre mi rostro, al peinar desprolijamente una barba de un par de días que se deja rascar, satisfecha por la prolongada vida que mi indiferencia le ha permitido desarrollar.
Los minutos se suicidan y el laxo gobierno mental comienza a sufrir titubeos.
Atento a cualquier cambio, focaliza mi atención al silencio, siguiendo con ojos inquisidores cualquier signo de un movimiento que despierte sonido.
Las agujas continúan en la eterna carrera yendo demasiado lento para ganar y demasiado rápido para perder, presas de una pista carente de freno como el que les impone el inevitable y caprichoso paso del tiempo.
Nervios, boca seca y un dejo de paranoia encierran el desorden.
A lo lejos las gotas de una canilla mal cerrada, seguidas de una tímida conversación entre aves.
Desvío la mirada a través del cristal que encuadra la ventana, televisando el exterior.
No hay nada bajo el sol, solo un escenario vacío y actores frustrados que ya no saben que rol interpretar.
Las avergonzadas uñas rascan la pared, trazando huellas en el blanco que lentamente va ensuciándose con un gris devoto.
Camino por el cuarto, alternando velocidades y niveles mientras reveo el lugar hacia donde dirigimos el presente, y, tal vez, un futuro.
Hace semanas que no te hayo, la conversación se escapó a algúna zona introvertida, y ni en los sueños coincidimos, momentos en los que viajo a rincones lejanos, recorriendo lugares solitarios y desconocidos en los que la noche se siente, y tu presencia me falta.
Me pongo el traje de ilusión y sigo aguardando, comprendiendo lo que aguarda la pureza del amar.
Un delirio físico se lleva a cabo bajo la piel, producto del cansancio blanco del amor y del insomnio que me afecta desde tu ida, escapando del lugar al que llamamos hogar convirtiéndote en una prófuga enamorada, huyendo de un crimen al sentimiento.
Una noche oscura procede al pálido día; te robaste la luna también dejándome un universo apagado, con planetas dormidos y polvos porcelana.
Hoy me aseguro, sosteniendo la clave para abrir los candados que atan estas esposas y poder liberar, finalmente los ecos que grite y no supiste escuchar.
Tu sombra todavía cuelga, ahí enfrente, dibujando tu línea con una naturalidad fascinante, silenciando toda desilusión.
Me apoyo en la fría pared, adentrándome en la espera de tu regreso a casa, embelleciendo el tiempo con paciencia, una calma sonrisa mientras muevo la cabeza al ritmo de una lejana melodía de cerati que tanto solías escuchar.
La luz penetra una de las ventanas al sur del cuarto, inundando el ambiente de una viajera vitalidad, surcando la oscuridad con una fanática fe.
Mi mano derecha acaricia los frutos del tiempo sobre mi rostro, al peinar desprolijamente una barba de un par de días que se deja rascar, satisfecha por la prolongada vida que mi indiferencia le ha permitido desarrollar.
Los minutos se suicidan y el laxo gobierno mental comienza a sufrir titubeos.
Atento a cualquier cambio, focaliza mi atención al silencio, siguiendo con ojos inquisidores cualquier signo de un movimiento que despierte sonido.
Las agujas continúan en la eterna carrera yendo demasiado lento para ganar y demasiado rápido para perder, presas de una pista carente de freno como el que les impone el inevitable y caprichoso paso del tiempo.
Nervios, boca seca y un dejo de paranoia encierran el desorden.
A lo lejos las gotas de una canilla mal cerrada, seguidas de una tímida conversación entre aves.
Desvío la mirada a través del cristal que encuadra la ventana, televisando el exterior.
No hay nada bajo el sol, solo un escenario vacío y actores frustrados que ya no saben que rol interpretar.
Las avergonzadas uñas rascan la pared, trazando huellas en el blanco que lentamente va ensuciándose con un gris devoto.
Camino por el cuarto, alternando velocidades y niveles mientras reveo el lugar hacia donde dirigimos el presente, y, tal vez, un futuro.
Hace semanas que no te hayo, la conversación se escapó a algúna zona introvertida, y ni en los sueños coincidimos, momentos en los que viajo a rincones lejanos, recorriendo lugares solitarios y desconocidos en los que la noche se siente, y tu presencia me falta.
Me pongo el traje de ilusión y sigo aguardando, comprendiendo lo que aguarda la pureza del amar.
Un delirio físico se lleva a cabo bajo la piel, producto del cansancio blanco del amor y del insomnio que me afecta desde tu ida, escapando del lugar al que llamamos hogar convirtiéndote en una prófuga enamorada, huyendo de un crimen al sentimiento.
Una noche oscura procede al pálido día; te robaste la luna también dejándome un universo apagado, con planetas dormidos y polvos porcelana.
Hoy me aseguro, sosteniendo la clave para abrir los candados que atan estas esposas y poder liberar, finalmente los ecos que grite y no supiste escuchar.
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