En una balada de frustración me envuelvo en las sabanas que mantienen tu olor.; esta cama es la única parte que contiene tu color y esencia.
Las palabras se ahogan en una sudestada verbal, ahí cuando de un ruido bruto se disfraza la comunicación.
Abrazo la almohada que reparte tu shampoo al cuarto, generando una fiesta de recuerdo.
Sos el cumpleaños que nunca llega, el paso de fe que le falta a esta sociedad pos-moderna, esas promesas de cenizas, consumidas por el fuego y afligidas por un cuerpo que deja un alma golpeada y asmática.
Me desplomo sobre el colchón contemplando el techo, hundiéndome en la inercia del sentimiento.
Las mantas me rodean y acobijan, brindando un poco de cariño a este individuo padeciente.
Los párpados se besan en un eterno segundo y cuando se separan aparecés en mi techo, bailando como en una película silenciosa pero colorida, regalándome toda tu energía a medida que danzas al ritmo de alguna sonrisa.
Es imposible no quererte, sos el desvío de todos los caminos, la estación de todo destino, el final de la sed.
Me paro sobre la cama, erguido en voluntad y te analizo, deseando tu caricia.
Comienzo a saltar en el confortable firmamento sobre el que me suelo acostar, y siento la ley del rebote dominada por una suerte de cámara lenta, a medida que mi carne se sacude en un subibaja austero, que no me da suficiente impulso para alcanzar tu mano.
Nada es suficiente, las piernas no andan más y los saltos cesan, cuando lentamente te empezás a borrar, desdibujando tu marca en una pintura blanca y vacía.
Esta noche sigo atrás, mi mano no alcanza la tuya y el tiempo se niega a vivir.
¿No ves que te espero? ¿No notas la falta?
Lo claro se oscurece en este viaje virginal, lo ingenuo se corrompe a medida que te dormís en el reloj, dejándome pasar, negándote inconsciente a este dulce juego.
4 de noviembre de 2011
31 de octubre de 2011
sobrevolamos
La duda cancela tu inhibición mientras revive la brisa que tu aliento genera al explorar la dulzura de mis labios.
Notas del pasado emergen en el ambiente, una caravana de sonrisas te hacen pensar y el vértigo ruge en el aire.
Nuestros ojos se encuentran y veo adentro, ahí donde el futuro es incierto y se eclipsa la razón.
Saboreo la locura que gime tu boca y canto la canción del nexo, festejos de color.
Nadamos en la pulsión, empapándonos en secretos deseos y sentimientos plásticos.
La grandeza me envuelve, el ego mama la reacción y sonríe ante la obediencia de la raza.
Sobrevolamos en este juego animal que todo lo puede. Turbulencias mecánicas hacen que llames a Dios, cabeza de un dogma que desaprueba el acto.
El fuego sube el calor y hasta los dientes transpiran. Se quema mi cuerpo con tu toque y disparamos al unísono caricias sinfónicas.
Tranquila, no dejaré que el reloj se apague, tengo tiempo hasta el fin de lo posible. Mantendré la quietud aprisionada hasta que jadees de sed y dejen de arañar tus uñas.
No entran preocupaciones ni problemas, hipnotizada remodelamos tu interior con todas las flores que nacen del ideal.
El alma es un lugar solitario para habitar, tomaré tu mano cuando el éxtasis llegue y quieras dormir.
Una ecografía sensorial revela lo oculto, le escapás a la palabra pero el corazón devela lo divergente que te compone, esos temores que intentás no creer.
Este momento parece irreal, soñamos despiertos el erotismo corporal que junta la piel.
Tu cuerpo a contraluz me droga, comienzo a girar y las paredes se quiebran, un temblor anuncia el pasaje, embriagándome con tu sol.
Espasmos de verbos prohibidos cortan el espacio y oigo tus coros acompañándome en el aire.
Una última resistencia cae y saltamos juntos en libertad, soltándonos a merced del aire.
Notas del pasado emergen en el ambiente, una caravana de sonrisas te hacen pensar y el vértigo ruge en el aire.
Nuestros ojos se encuentran y veo adentro, ahí donde el futuro es incierto y se eclipsa la razón.
Saboreo la locura que gime tu boca y canto la canción del nexo, festejos de color.
Nadamos en la pulsión, empapándonos en secretos deseos y sentimientos plásticos.
La grandeza me envuelve, el ego mama la reacción y sonríe ante la obediencia de la raza.
Sobrevolamos en este juego animal que todo lo puede. Turbulencias mecánicas hacen que llames a Dios, cabeza de un dogma que desaprueba el acto.
El fuego sube el calor y hasta los dientes transpiran. Se quema mi cuerpo con tu toque y disparamos al unísono caricias sinfónicas.
Tranquila, no dejaré que el reloj se apague, tengo tiempo hasta el fin de lo posible. Mantendré la quietud aprisionada hasta que jadees de sed y dejen de arañar tus uñas.
No entran preocupaciones ni problemas, hipnotizada remodelamos tu interior con todas las flores que nacen del ideal.
El alma es un lugar solitario para habitar, tomaré tu mano cuando el éxtasis llegue y quieras dormir.
Una ecografía sensorial revela lo oculto, le escapás a la palabra pero el corazón devela lo divergente que te compone, esos temores que intentás no creer.
Este momento parece irreal, soñamos despiertos el erotismo corporal que junta la piel.
Tu cuerpo a contraluz me droga, comienzo a girar y las paredes se quiebran, un temblor anuncia el pasaje, embriagándome con tu sol.
Espasmos de verbos prohibidos cortan el espacio y oigo tus coros acompañándome en el aire.
Una última resistencia cae y saltamos juntos en libertad, soltándonos a merced del aire.
29 de septiembre de 2011
Reversiones: el corazón delator
Estoy cansado. Este cuerpo, rancio y marchito, emana un grisáceo aura que me envuelve, llenándome de edad. El sueño migró a alguna parte inhóspita, y el ansia me carcome en la espera.
Edgardo desconoce cuánto sé, cuánto imagino y hasta cuánto veo. No me soporta, y a pesar de sus muecas rotas y modos pedagógicos, el odio que oculta la sombra de sus ojos es lo suficientemente fuerte como para ser notado.
Hace tiempo que quiere matarme, he escuchado sus sueños, cuando en trance murmura sus confidencias asesinas. Su comportamiento cambió, el lenguaje de su cuerpo revela las intenciones que con la palabra desea ocultar, y yo estoy demasiado viejo como para pelear. Transito esa etapa de la vida en la que los años se llevan las defensas y un resfrío afecta hasta los cimientos de un cuerpo, que se cansa con cada calendario más y más.
Finalmente Edgardo parece que ha tomado el coraje necesario para silenciar mi corazón. Las últimas 7 noches ha estado en mi habitación, sigiloso como la rata que es.
Hoy me levanté raro, diferente e inquieto; siento como si un oscuro manto me rodease: la muerte se hace presente y contempla, tranquila, para llevarse mi alma.
¿A dónde iré, una vez terminado el rito mortal? ¿En qué escenario descansará mi espíritu?
Nunca me caractericé por ser demasiado creyente ni devoto a ninguna religión, pero en los momentos previos al adiós, busco desesperadamente una señal de ese Dios silencioso que decidirá mi destino.
El día se esfuma y arriba el ocaso de mi vida. Lo sigue una noche fría, y me cubro con mis amarronados acolchados, calentando el valor para soportar lo que vendrá.
A las doce suenan las campanas de la lejana catedral, marcando un fin y un comienzo.
Escucho como se abre la puerta y el miedo se apodera de mí. La oscuridad es absoluta y no distingo ni mi mano entre tanta espesura. De mi esencia emerge la pelea (no me voy a ir sin, aunque sea, intentar asustarlo) y pregunto quién está ahí, procurando usar un tono que imponga algún tipo de respeto. El tiempo se duerme, las agujas dejan de girar y los minutos se convierten en horas. No soporto la falsa calma antes de la tormenta, me crispa los nervios.
De repente un movimiento veloz, pasos sonoros y un golpe seco en la cabeza. Intento gritar, pero se ahoga la intención cuando me tira al suelo y apoya sobre mi carne el pesado colchón. La presión que los brazos de Edgardo ejercen cortan el aire, y rápidamente florece una sensación de ensueño.
El inmaculado silencio solo es cortado por el sonido de su corazón que, repleto de alegría, bombea litros de júbilo, gritando la victoria con cada latido.
Me siento tan laxo que el movimiento se apaga, dejo de resistirme y abrazo la paz. La muerte me da su fría mano y la tomo. Me voy despacio pero tranquilo, escuchando el corazón delator de Edgardo, ser feliz.
Edgardo desconoce cuánto sé, cuánto imagino y hasta cuánto veo. No me soporta, y a pesar de sus muecas rotas y modos pedagógicos, el odio que oculta la sombra de sus ojos es lo suficientemente fuerte como para ser notado.
Hace tiempo que quiere matarme, he escuchado sus sueños, cuando en trance murmura sus confidencias asesinas. Su comportamiento cambió, el lenguaje de su cuerpo revela las intenciones que con la palabra desea ocultar, y yo estoy demasiado viejo como para pelear. Transito esa etapa de la vida en la que los años se llevan las defensas y un resfrío afecta hasta los cimientos de un cuerpo, que se cansa con cada calendario más y más.
Finalmente Edgardo parece que ha tomado el coraje necesario para silenciar mi corazón. Las últimas 7 noches ha estado en mi habitación, sigiloso como la rata que es.
Hoy me levanté raro, diferente e inquieto; siento como si un oscuro manto me rodease: la muerte se hace presente y contempla, tranquila, para llevarse mi alma.
¿A dónde iré, una vez terminado el rito mortal? ¿En qué escenario descansará mi espíritu?
Nunca me caractericé por ser demasiado creyente ni devoto a ninguna religión, pero en los momentos previos al adiós, busco desesperadamente una señal de ese Dios silencioso que decidirá mi destino.
El día se esfuma y arriba el ocaso de mi vida. Lo sigue una noche fría, y me cubro con mis amarronados acolchados, calentando el valor para soportar lo que vendrá.
A las doce suenan las campanas de la lejana catedral, marcando un fin y un comienzo.
Escucho como se abre la puerta y el miedo se apodera de mí. La oscuridad es absoluta y no distingo ni mi mano entre tanta espesura. De mi esencia emerge la pelea (no me voy a ir sin, aunque sea, intentar asustarlo) y pregunto quién está ahí, procurando usar un tono que imponga algún tipo de respeto. El tiempo se duerme, las agujas dejan de girar y los minutos se convierten en horas. No soporto la falsa calma antes de la tormenta, me crispa los nervios.
De repente un movimiento veloz, pasos sonoros y un golpe seco en la cabeza. Intento gritar, pero se ahoga la intención cuando me tira al suelo y apoya sobre mi carne el pesado colchón. La presión que los brazos de Edgardo ejercen cortan el aire, y rápidamente florece una sensación de ensueño.
El inmaculado silencio solo es cortado por el sonido de su corazón que, repleto de alegría, bombea litros de júbilo, gritando la victoria con cada latido.
Me siento tan laxo que el movimiento se apaga, dejo de resistirme y abrazo la paz. La muerte me da su fría mano y la tomo. Me voy despacio pero tranquilo, escuchando el corazón delator de Edgardo, ser feliz.
27 de septiembre de 2011
meridiano elemental
Se despereza al compás de una canción ochentosa que brota de la radio, moviendo la agitada cabeza al ritmo de la sinfonía que la mantuvo ayer, toda la noche arriba, uniendo su cuerpo con el de ese extraño de sonrisa encantadora.
Deja el transitado colchón y arriba al baño, que con su pálida luz de consultorio (esa luminiscencia que generan los voltios de bajo consumo) perturba los ojos que, ofendidos, se entrecierran aún más.
Se para frente al espejo y observa su reflejo.
Sin su disfraz vuelve a ser ella, a sentirse una. Los kilos de maquillaje, las pestañas, el escote pronunciado y los tacos la aguardan al caer la luna, pero bajo el sol ella no corre peligros, es libre y pura.
Lo único que corta el silencio del baño son las gotas.
Gotas ruidosas que explotan al resbalar de la canilla mal cerrada del lavatorio.
PAM-PAM-PAM
Estruendos florecen al encontrarse lo líquido con lo solido; la unión de lo opuesto siempre es complicada.
Molesta terminar de abrir el grifo y un fuerte chorro de océano irrumpe en el mármol.
Empapa su cara, que se enrojece por las temperaturas glaciales del elemento y una sonrisa se dibuja en su al recordar a Roberto, su compañero de anoche.
Cuarentón bien conservado, la había encarado en un bar, y luego de un breve coqueteo negociador terminaron envueltos en sábanas de piel humana y respiraciones agitadas.
Movimientos acertados, flexible y atento, Roberto la había hecho pasar un buen momento.
Se seca la cara rápidamente y deja el ambiente, decidida a ponerse su ropa diurna.
Se contentaba con tan solo abrir su placard, el de Romina y no el de Tania.
A estos mundos los separaba un meridiano.
Pintada de normal, Romina encaraba las calles sonriente, las tardes eran suyas y el mundo la recibía ufano.
Hija de un sol calmante y una luna prostituta, romina convivía con el agua y el aceite a diario, separando las vidas, pero nadando en ambos ríos.
Disfrutaba la mortalidad del día como si no hubiese un mañana.
Con el ocaso se ensombrecían los cielos y las calles de teñían con gamas indecentes.
Los rostros ocultos aparecían enfocados bajo luces de neón que pintaban las calles con tonos pop.
Su perfume contrasta con el aroma a instinto que flota en el aire, ambientando en todos los sentidos las intenciones de murciélagos en traje.
Autos brillosos, señoritas con poca ropa, música sexual, polvos hechiceros, pastillas instantáneas y carcajadas desencajadas.
A Tania le gusta todo lo llamativo del espacio, la atrae.
Se mueve como una de ellos, con su ceñido algodón que le delinea las curvas, agitada por las formas de todas las flores exóticas que surgen en la oscuridad.
Desconocidos en esencia pero íntimos en uniformes, desesperan por turbar la profundidad.
Romina entra en su refugio repleta de demasiado.
Su carne no tiene su olor, la pintura con la que se transforma las facciones la incomodan ahora que la noche acabo y las estrellas se apagaron.
Demasiado cansada, demasiado perpetua, demasiado satisfecha.
Romina encuentra su hangar y se relaja, distendida en ese hogar solitario pero entero en el que dirige su obra vital.
Se desviste y se acuesta, olvidando para recordar.
Amante del agua, visualiza los lagos en los que se baña de día, y las tormentas que la empapan de noche.
Romina vive su vida como quiere y como puede, nadando en los extremos de la vida.
Deja el transitado colchón y arriba al baño, que con su pálida luz de consultorio (esa luminiscencia que generan los voltios de bajo consumo) perturba los ojos que, ofendidos, se entrecierran aún más.
Se para frente al espejo y observa su reflejo.
Sin su disfraz vuelve a ser ella, a sentirse una. Los kilos de maquillaje, las pestañas, el escote pronunciado y los tacos la aguardan al caer la luna, pero bajo el sol ella no corre peligros, es libre y pura.
Lo único que corta el silencio del baño son las gotas.
Gotas ruidosas que explotan al resbalar de la canilla mal cerrada del lavatorio.
PAM-PAM-PAM
Estruendos florecen al encontrarse lo líquido con lo solido; la unión de lo opuesto siempre es complicada.
Molesta terminar de abrir el grifo y un fuerte chorro de océano irrumpe en el mármol.
Empapa su cara, que se enrojece por las temperaturas glaciales del elemento y una sonrisa se dibuja en su al recordar a Roberto, su compañero de anoche.
Cuarentón bien conservado, la había encarado en un bar, y luego de un breve coqueteo negociador terminaron envueltos en sábanas de piel humana y respiraciones agitadas.
Movimientos acertados, flexible y atento, Roberto la había hecho pasar un buen momento.
Se seca la cara rápidamente y deja el ambiente, decidida a ponerse su ropa diurna.
Se contentaba con tan solo abrir su placard, el de Romina y no el de Tania.
A estos mundos los separaba un meridiano.
Pintada de normal, Romina encaraba las calles sonriente, las tardes eran suyas y el mundo la recibía ufano.
Hija de un sol calmante y una luna prostituta, romina convivía con el agua y el aceite a diario, separando las vidas, pero nadando en ambos ríos.
Disfrutaba la mortalidad del día como si no hubiese un mañana.
Con el ocaso se ensombrecían los cielos y las calles de teñían con gamas indecentes.
Los rostros ocultos aparecían enfocados bajo luces de neón que pintaban las calles con tonos pop.
Su perfume contrasta con el aroma a instinto que flota en el aire, ambientando en todos los sentidos las intenciones de murciélagos en traje.
Autos brillosos, señoritas con poca ropa, música sexual, polvos hechiceros, pastillas instantáneas y carcajadas desencajadas.
A Tania le gusta todo lo llamativo del espacio, la atrae.
Se mueve como una de ellos, con su ceñido algodón que le delinea las curvas, agitada por las formas de todas las flores exóticas que surgen en la oscuridad.
Desconocidos en esencia pero íntimos en uniformes, desesperan por turbar la profundidad.
Romina entra en su refugio repleta de demasiado.
Su carne no tiene su olor, la pintura con la que se transforma las facciones la incomodan ahora que la noche acabo y las estrellas se apagaron.
Demasiado cansada, demasiado perpetua, demasiado satisfecha.
Romina encuentra su hangar y se relaja, distendida en ese hogar solitario pero entero en el que dirige su obra vital.
Se desviste y se acuesta, olvidando para recordar.
Amante del agua, visualiza los lagos en los que se baña de día, y las tormentas que la empapan de noche.
Romina vive su vida como quiere y como puede, nadando en los extremos de la vida.
5 de septiembre de 2011
cronica reversion de cuento infantil
El pasado martes, a las 10 de la mañana, Cecilia Fernández emprendió el camino a través del Bosque de las Promesas, en la localidad de Quimeras, Río Negro, para socorrer a su abuela que padecía una enfermedad. Pero en la casa se encontró con un hombre disfrazado de lobo que la retuvo por 3 días. La pequeña logró escapar, pero el “lobo” se mantiene prófugo.
Cecilia Fernández (bautizada Caperucita Roja por los medios sureños –que siempre viste camperas coloradas, de ahí su apodo-), de 14 años de edad, había dejado su domicilio a las 10 de la mañana del pasado martes para ir en ayuda de su enferma abuela, Jacinta Regnier, de 78 años, quien vive en el ya mencionado bosque.
Los peritajes informan que la niña arribó a la vivienda pasadas las 11 a.m, y en lugar de encontrarse a la anciana se topó con un hombre vestido con un camisón y una máscara lobina.
Éste la aprisionó y la mantuvo atada durante 96 horas, sometiéndola a todo tipo de torturas.
El comisario Germán Pitufo declaró: “durante los 4 días que duró el secuestro la menor padeció golpes, quemaduras y todo tipo de maltratos psicológicos (...) el perverso la amenazó reiteradas veces con comérsela; de hecho Cecilia porta marcas de mordiscos en brazos y piernas”.
Tras un descuido del delincuente, la niña, afortunadamente, logró escapar.
Fue encontrada en grave estado ayer a las 2 p.m por un habitante de Quimeras.
Fuentes policiales confirman que la menor está internada en el hospital local, para determinar si además fue abusada sexualmente.
El “lobo” logró burlar los rastrillajes policiales que se efectuaron en el bosque y se mantiene desaparecido.
Se ruega precaución y cautela a los habitantes de Quimeras, y favor de avisar a las autoridades locales ante cualquier sospecha.
Cecilia Fernández (bautizada Caperucita Roja por los medios sureños –que siempre viste camperas coloradas, de ahí su apodo-), de 14 años de edad, había dejado su domicilio a las 10 de la mañana del pasado martes para ir en ayuda de su enferma abuela, Jacinta Regnier, de 78 años, quien vive en el ya mencionado bosque.
Los peritajes informan que la niña arribó a la vivienda pasadas las 11 a.m, y en lugar de encontrarse a la anciana se topó con un hombre vestido con un camisón y una máscara lobina.
Éste la aprisionó y la mantuvo atada durante 96 horas, sometiéndola a todo tipo de torturas.
El comisario Germán Pitufo declaró: “durante los 4 días que duró el secuestro la menor padeció golpes, quemaduras y todo tipo de maltratos psicológicos (...) el perverso la amenazó reiteradas veces con comérsela; de hecho Cecilia porta marcas de mordiscos en brazos y piernas”.
Tras un descuido del delincuente, la niña, afortunadamente, logró escapar.
Fue encontrada en grave estado ayer a las 2 p.m por un habitante de Quimeras.
Fuentes policiales confirman que la menor está internada en el hospital local, para determinar si además fue abusada sexualmente.
El “lobo” logró burlar los rastrillajes policiales que se efectuaron en el bosque y se mantiene desaparecido.
Se ruega precaución y cautela a los habitantes de Quimeras, y favor de avisar a las autoridades locales ante cualquier sospecha.
25 de agosto de 2011
juego roto
El cielo estaba cubierto por ese matiz gélido que el invierno pinta en el horizonte.
El frio había silenciado hasta las gargantas de los pájaros que, mudos y escarchados hasta el alma, se ocultaban en huecas cortezas y nidos improvisados.
La casa tenía todas las ventanas cerradas y cubiertas con gruesas cortinas para aislar el hielo, la luna y el sonido.
La noche era absoluta y no quedaba casi luz en los pasillos; los ocupantes se preparaban para soñar, acostando a los pequeños y abrazando, lentamente, el reposo.
El silencio, sin embargo, se cortaba, punzante, por las ruidos de Celestina, que insomne y malcriada correteaba por la oscuridad, envolviéndose en carcajadas resonantes que impregnaban los rincones con pecado.
Pasos sonoros, movimientos de muebles.
La mucama, molesta con la interrupción y reverberando ofensa revolvía hasta las paredes, pero Celestina escapaba; parecía volar.
Con la paciencia violada elevaba la palabra, comandando la búsqueda para callar la insolencia.
Celestina reía, disfrutando la situación y burlando a la guardiana que venía con cadenas para aprisionar su independencia.
Desbordada en confianza comenzó a acercarse más, bajando el camuflaje que la hacía invisible ante la criada.
La búsqueda continuaba y la sirvienta se impacientaba, nerviosa ante un posible reto de los patrones.
De repente sus caminos se cruzan, los ojos se focalizan y vislumbran sus siluetas entre tanta espesura que emana el ambiente cerrado.
Celestina advierte la locura en la mirada de la mucama e intenta huir, pero la carcelaria con un ágil movimiento alcanza su pelo que, al sentir el tirón dispara en alaridos que impactan la calma de la criada y, asustada, suelta la cabeza de la niña.
La fuerza del impulso despide a Celestina, que no se controla y termina quebrando la ventana con un golpe helado.
Los cabellos se tiñen de rojo, la visión se nubla y se atonta la razón.
Su cuerpito, inerte, cae contra el alfombrado suelo que se abre ante la caída de su inquilina, dándole una dosis de vacío.
Celestina entra en un trance de confort.
Ya no hay sombras sino fuertes luces, árboles y aire fresco.
No se escuchan gritos ni retos.
Condenada por su torpeza, Celestina se relaja y, ahora sí, disfruta la belleza de la libertad, riendo, saltando y jugando, sin reglas que obedecer ni horarios que respetar.
El frio había silenciado hasta las gargantas de los pájaros que, mudos y escarchados hasta el alma, se ocultaban en huecas cortezas y nidos improvisados.
La casa tenía todas las ventanas cerradas y cubiertas con gruesas cortinas para aislar el hielo, la luna y el sonido.
La noche era absoluta y no quedaba casi luz en los pasillos; los ocupantes se preparaban para soñar, acostando a los pequeños y abrazando, lentamente, el reposo.
El silencio, sin embargo, se cortaba, punzante, por las ruidos de Celestina, que insomne y malcriada correteaba por la oscuridad, envolviéndose en carcajadas resonantes que impregnaban los rincones con pecado.
Pasos sonoros, movimientos de muebles.
La mucama, molesta con la interrupción y reverberando ofensa revolvía hasta las paredes, pero Celestina escapaba; parecía volar.
Con la paciencia violada elevaba la palabra, comandando la búsqueda para callar la insolencia.
Celestina reía, disfrutando la situación y burlando a la guardiana que venía con cadenas para aprisionar su independencia.
Desbordada en confianza comenzó a acercarse más, bajando el camuflaje que la hacía invisible ante la criada.
La búsqueda continuaba y la sirvienta se impacientaba, nerviosa ante un posible reto de los patrones.
De repente sus caminos se cruzan, los ojos se focalizan y vislumbran sus siluetas entre tanta espesura que emana el ambiente cerrado.
Celestina advierte la locura en la mirada de la mucama e intenta huir, pero la carcelaria con un ágil movimiento alcanza su pelo que, al sentir el tirón dispara en alaridos que impactan la calma de la criada y, asustada, suelta la cabeza de la niña.
La fuerza del impulso despide a Celestina, que no se controla y termina quebrando la ventana con un golpe helado.
Los cabellos se tiñen de rojo, la visión se nubla y se atonta la razón.
Su cuerpito, inerte, cae contra el alfombrado suelo que se abre ante la caída de su inquilina, dándole una dosis de vacío.
Celestina entra en un trance de confort.
Ya no hay sombras sino fuertes luces, árboles y aire fresco.
No se escuchan gritos ni retos.
Condenada por su torpeza, Celestina se relaja y, ahora sí, disfruta la belleza de la libertad, riendo, saltando y jugando, sin reglas que obedecer ni horarios que respetar.
12 de agosto de 2011
el principio
Desde pequeño me envolví en papel.
El aprendizaje comenzó en casa, fomentado por una madre que leía en voz alta historias fantásticas con realidades paralelas y escenarios europeos.
Comencé a manejar la tinta antes de empezar el colegio, motivado por todas las palabras que aquellos libros contenían en sus cargadas hojas.
Mi independencia como lector se generó con sagas famosas y cuentos cortos, y al poco tiempo la imaginación generaba relatos propios, que con los años fueron estilizándose, virando hacia marcos maduros que acompañaban el crecimiento personal.
La adolescencia me nutrió con autores reconocidos, cambiando no solo de tipo, sino de ámbito y tema, a veces por gusto y otras por aburrimiento.
Los libros me acompañaron a lo largo del corto camino que he transitado, en los mejores y peores momentos dibujaron burbujas en las que me introducía para disfrutar.
Ocasionalmente escribo, cuando la inspiración y las ganas convergen.
Textos breves y descripciones elementales forman mi zona de confort, de la cual rara vez salgo.
Disfruto leer y me alivia escribir.
Una buena combinación que cultiva el pensamiento.
El aprendizaje comenzó en casa, fomentado por una madre que leía en voz alta historias fantásticas con realidades paralelas y escenarios europeos.
Comencé a manejar la tinta antes de empezar el colegio, motivado por todas las palabras que aquellos libros contenían en sus cargadas hojas.
Mi independencia como lector se generó con sagas famosas y cuentos cortos, y al poco tiempo la imaginación generaba relatos propios, que con los años fueron estilizándose, virando hacia marcos maduros que acompañaban el crecimiento personal.
La adolescencia me nutrió con autores reconocidos, cambiando no solo de tipo, sino de ámbito y tema, a veces por gusto y otras por aburrimiento.
Los libros me acompañaron a lo largo del corto camino que he transitado, en los mejores y peores momentos dibujaron burbujas en las que me introducía para disfrutar.
Ocasionalmente escribo, cuando la inspiración y las ganas convergen.
Textos breves y descripciones elementales forman mi zona de confort, de la cual rara vez salgo.
Disfruto leer y me alivia escribir.
Una buena combinación que cultiva el pensamiento.
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