En el principio de mis tiempos, cuando la carne era magra y la moral estaba intacta acudí a vos en busca de una respuesta sentimental que explicase (o intentase hacerlo) toda la divinidad humana, lo universal que alberga el secreto.
Los días parecían caer ante nuestros pies y la voluntad podía más que todo nuestro alrededor que brillaba desenfocado y aburrido, escenario de nuestro camino infinito y moderno.
La soledad emanaba su perturbadora grandeza a medida que el inconciente crecía, hostigando el yo que, deprimido y acurrucado, huía a un lugar donde el dolor desatado no alcanzaba.
Como una realidad ajena, recuerdo caminar la vida sosteniendo tu mano con mis dedos, mirando la paz que tus ojos me brindaban.
Nuestro mundo fue cambiando, mutando hacia verdades desagradables y risas fingidas que ni el más puro acorde pudo disfrazar.
Pensábamos que el tiempo curaría toda herida, que todo podía superarse y que el peso de las mochilas desaparecería, flotando como el pasado, detrás nuestro, lo suficientemente cerca para recordarnos lo vivido pero nunca tan próximo como para rasgarnos.
Me pregunto como es que no vimos lo que venía, desviamos las miradas a un lugar mejor, imaginario soñado, ese paraíso final al que todo ser desea llegar y descansar.
Miro hacia atrás, al abismo en el que caímos por lo que hoy parecen años, deslizándonos en la nada, bebiéndonos a nosotros mismos y alimentándonos de la culpa que peinaba el eterno pozo.
Insaciables y recriminatorios escalamos el agujero, incapaces de distinguir la noche del día, olvidando la inocencia de la juventud, esclavos de un sentimiento agridulce y dual.
Superada la profunda melancolía, renacía entre las cenizas de lo transitado una nueva flor, oscura y espinada, que cargábamos entre la calma de lo ingenuo.
Todavía siento el gélido roce de la nieve que inundaba el recorrido, siempre a tu lado, por incontables inviernos afectivos en los que nadamos hacia una justicia ciega, unidos hacia un desamor inevitable y amargo.
Casi sin notarlo mi espalda dejo de apoyarse en la tuya, el adiós se acercó silencioso y perdido, instalándose en los corazones que se marchitaban emulando a las flores del camino.
Todo parecía igual, pero nada lo era, el cambio era rotundo y mudo; y callados quedaron los besos y las canciones que nos envolvían en una unión eléctrica.
Dejé de ser yo y dejaste de ser vos, aplanando el nosotros hasta quitarle la ultima letra al plural, asesinando cualquier seducido lazo invisible.
Las promesas se marcharon con un viento paralelo, secando las lágrimas que la tristeza generaba en nuestros cuerpos enamorados.
La ruta dejó de ser una, dividiéndose en dos lánguidas bifurcaciones que tristemente tomamos, enterrando un amor que siempre reencarnará, de la tierra, en una simple y oscura flor.
10 de febrero de 2011
5 de enero de 2011
extasis
Te encuentro levitando en la afirmación, apoyada de costado con la piel activada y una expresión variante entre las ganas y la valentía, mostrándote sin el menor temor.
Sin miedos ni esperas contemplo tus relieves y acaricio lo profundo, sintiendo lo animal de mi carne que aclama a gritos la inverbe necesidad zoológica que padece.
Te empujo al juego químico del anhelo somático.
El océano físico me recubre a medida que contengo la respiración y emprendo un viaje acuático maravillándome con cada descubrimiento que tu forma me regala.
No hay anillos en nuestros dedos ni visiones de un futuro universal, el presente es lo único que importa, lo único que nos viste.
Rebosante de seguridad comienzo a rozar el pensamiento visual cuando te lanzás en un baile frenético y tenso, hablándome en un lenguaje que solo lo básico reconoce.
La luz inunda el cuarto, convirtiéndote en un idóneo momento, una intérprete mensajera de un secreto deseo.
Sumidos en una longeva lucha carnal besamos lo inmoral sintiendo lo puro de la raza.
Eclipsando el pudor reencarnamos las ansias bíblicas, la primera génesis de una pasión silenciosa pero renombrada.
Poseídos por el rombo corporal nos unimos, convirtiéndonos en uno.
El amor pinta el espacio en el que se respira vapor y sonrisas.
No existe la verdad ni la mentira, solo el incondicional y entero calor físico.
Voy preparándome en el éxtasis, huyendo de la razón y enfocándome solamente en recorrerte.
El viaje traspasa las fronteras terrenales y comienzo a flotar sin pensar, relajado en el trance sensorial que azota mi religión, la sublime unión eléctrica del rítmico impulso narcótico que solamente la piel puede ejercer.
Sin miedos ni esperas contemplo tus relieves y acaricio lo profundo, sintiendo lo animal de mi carne que aclama a gritos la inverbe necesidad zoológica que padece.
Te empujo al juego químico del anhelo somático.
El océano físico me recubre a medida que contengo la respiración y emprendo un viaje acuático maravillándome con cada descubrimiento que tu forma me regala.
No hay anillos en nuestros dedos ni visiones de un futuro universal, el presente es lo único que importa, lo único que nos viste.
Rebosante de seguridad comienzo a rozar el pensamiento visual cuando te lanzás en un baile frenético y tenso, hablándome en un lenguaje que solo lo básico reconoce.
La luz inunda el cuarto, convirtiéndote en un idóneo momento, una intérprete mensajera de un secreto deseo.
Sumidos en una longeva lucha carnal besamos lo inmoral sintiendo lo puro de la raza.
Eclipsando el pudor reencarnamos las ansias bíblicas, la primera génesis de una pasión silenciosa pero renombrada.
Poseídos por el rombo corporal nos unimos, convirtiéndonos en uno.
El amor pinta el espacio en el que se respira vapor y sonrisas.
No existe la verdad ni la mentira, solo el incondicional y entero calor físico.
Voy preparándome en el éxtasis, huyendo de la razón y enfocándome solamente en recorrerte.
El viaje traspasa las fronteras terrenales y comienzo a flotar sin pensar, relajado en el trance sensorial que azota mi religión, la sublime unión eléctrica del rítmico impulso narcótico que solamente la piel puede ejercer.
12 de diciembre de 2010
la hamaca
Inmerso en las conversaciones y temas discutidos con las dos personas que me acompañan la caminata lunar toma un rumbo conocido y nostálgico, que, inconciente y ajeno, no noto.
Nuestros pies nos depositan en los límites de la pequeña plaza, que incontables veces recorrimos y hace tanto no pisamos.
Los tres nos miramos e internamente nos preguntamos lo mismo: ¿Cómo llegamos acá?
Nos sonreímos con silencio y avanzamos hacia la memoria.
Miro cada rincón redescubriendo sensaciones perdidas y me sorprendo con la proyección de imágenes que bombardean sonoramente mi mente.
Acaricio superficialmente el verde, pasando mis manos por sobre las plantas, rozando lo natural.
Entro en la superficie arenosa que mis pies desaprueban al sentir que las zapatillas se inundan de una arena rancia y antigua, disgustando la piel.
La razón se adormece al ver las hamacas en las que madrugadas olvidadas nos sentamos y confesamos lo profano, compartiendo lo profundo, siendo lo que éramos, con una libertad que solo se alcanza en un lugar adecuada con gente adecuada.
La memoria me sacuda la personalidad, pintándola con el pasado, el adolescente sentimiento de oveja camuflada de lobo.
Mis dedos abrazan las gastadas cadenas a medida que rodeo el juego con un triste gesto dibujado en mi boca muda.
La despintada madera me recibe con cansancio cuando siento mi carne en ella, reverberando lo perdido.
Con unos gramos de pícara emoción, sintiendo que rompo las reglas de la adultez al bajar al peldaño del pasado, comienzo a tomar impulso.
La velocidad aumenta, y para cuando enfoco la mente siento que estoy volando inerte en un espacio desfigurado y manchado de recuerdo y color.
Percibo una aburrida libertad que abandona momentáneamente las ataduras modernas entregándose al misticismo de lo mundano, simple y reconfortante.
El viento recibe a mi cara con una tranquilidad y frescura inexplicables.
Floto despreocupado, estimulado por el olvido, la desesperante represión mental que acompaña la responsabilidad.
Una dosis de relajación, sensación zen y espiritual me lleva a un estado llevadero, de entrega total, mientras juego a ser lo que era.
La agilidad aminora, el universo vuelve a ser visual y disgrafico, digno de los tiempos que transito.
Desciendo del vehiculo sensorial y voy en búsqueda de mis pares.
Al encontrarnos en el oxidado banco en el que solíamos sentarnos volvemos a mirarnos con la misma vitalidad y perspicacia con que años atrás lo hacíamos.
Sin decir una palabra emprendemos la vuelta al presente, ese cotidiano adulto equilibrio en el que tantas cosas del pasado se pierden con el diluvio.
Nuestros pies nos depositan en los límites de la pequeña plaza, que incontables veces recorrimos y hace tanto no pisamos.
Los tres nos miramos e internamente nos preguntamos lo mismo: ¿Cómo llegamos acá?
Nos sonreímos con silencio y avanzamos hacia la memoria.
Miro cada rincón redescubriendo sensaciones perdidas y me sorprendo con la proyección de imágenes que bombardean sonoramente mi mente.
Acaricio superficialmente el verde, pasando mis manos por sobre las plantas, rozando lo natural.
Entro en la superficie arenosa que mis pies desaprueban al sentir que las zapatillas se inundan de una arena rancia y antigua, disgustando la piel.
La razón se adormece al ver las hamacas en las que madrugadas olvidadas nos sentamos y confesamos lo profano, compartiendo lo profundo, siendo lo que éramos, con una libertad que solo se alcanza en un lugar adecuada con gente adecuada.
La memoria me sacuda la personalidad, pintándola con el pasado, el adolescente sentimiento de oveja camuflada de lobo.
Mis dedos abrazan las gastadas cadenas a medida que rodeo el juego con un triste gesto dibujado en mi boca muda.
La despintada madera me recibe con cansancio cuando siento mi carne en ella, reverberando lo perdido.
Con unos gramos de pícara emoción, sintiendo que rompo las reglas de la adultez al bajar al peldaño del pasado, comienzo a tomar impulso.
La velocidad aumenta, y para cuando enfoco la mente siento que estoy volando inerte en un espacio desfigurado y manchado de recuerdo y color.
Percibo una aburrida libertad que abandona momentáneamente las ataduras modernas entregándose al misticismo de lo mundano, simple y reconfortante.
El viento recibe a mi cara con una tranquilidad y frescura inexplicables.
Floto despreocupado, estimulado por el olvido, la desesperante represión mental que acompaña la responsabilidad.
Una dosis de relajación, sensación zen y espiritual me lleva a un estado llevadero, de entrega total, mientras juego a ser lo que era.
La agilidad aminora, el universo vuelve a ser visual y disgrafico, digno de los tiempos que transito.
Desciendo del vehiculo sensorial y voy en búsqueda de mis pares.
Al encontrarnos en el oxidado banco en el que solíamos sentarnos volvemos a mirarnos con la misma vitalidad y perspicacia con que años atrás lo hacíamos.
Sin decir una palabra emprendemos la vuelta al presente, ese cotidiano adulto equilibrio en el que tantas cosas del pasado se pierden con el diluvio.
8 de diciembre de 2010
bocanada inmoral
El rock corre por mis venas, fluye como agua en el río, emanando por cada celula y poro la esencia de este estilo de vida, de trabajo y camino.
Hace años ya que probé el agridulce gusto de la tan deseada fama, hecho que cambió el rumbo de mis días, la actitud de mi ser.
Las estrellas giraban en torno a mí, y el cósmico escenario planteado con cada ocaso se había convertido en mi patio de juegos.
Ya no solo se trataba de la música, de los acordes perfectos o de las letras personales, todo pasó a convertirse en una sola palabra: más.
Más éxitos, más cambios, más horas despierto, más actos de presencia, más sexo, más deterioro, más menos.
La vida se convirtió en una fiesta eterna, un recorrido inmoral y solitario, repleto de espejos de colores y polvos mágicos que confunden hasta el mas incorruptible.
La gente vitorea mi nombre, canta mis canciones, paga sueldos para verme tocar, teniendo el alma popular en mí poder, ese inconciente colectivo del que tanto hablaron, en la palma de mi mano.
Siento el mundo a mis pies, las mujeres en mis brazos, el dinero en mis bolsillos y la soberbia en mi centro rebalsando el ego.
Sin embargo el camino no pasa de ser una ilusión verbal, un concepto traicionero y caníbal que roe todo pensamiento lineal y sentimiento verdadero.
La carne se llena de lujuria, las personas son efímeras, la mente se gasta y Dios se retira, mirando hacia algún agujero donde tenga jurisdicción y la razón sea.
Me siento macizo pero estresado, como una roca que se va agrietando y teme partirse.
A pesar de la cantidad de gente que tengo alrededor estoy solo; todos me quieren pero ninguno me conoce, siendo el desconocido mas renombrado.
El personaje supero al ser, la idea a la práctica, el icono al individuo, sepultando un alma cansada e intoxicada, hastiada del paisaje.
El oro cae desde el cielo y los relojes se detienen, las noches parecen no terminar nunca y me veo inmerso en una longeva danza carente de luz en la que la oscuridad cubre lo bajo y animal del ambiente, silenciado el exceso.
Despierto ocasionalmente, sombrío y dependiente, actor de una realidad acomodada y un glamour idílico y falso.
Floto inconciente con el pensamiento vegetal del todo y la nada, callando el ansia del yo y ensuciado lo puro.
La vida es una cortina de humo, una laxa bocanada de un tiempo tornasolado y caprichoso que en el momento menos esperado, se acaba.
Hace años ya que probé el agridulce gusto de la tan deseada fama, hecho que cambió el rumbo de mis días, la actitud de mi ser.
Las estrellas giraban en torno a mí, y el cósmico escenario planteado con cada ocaso se había convertido en mi patio de juegos.
Ya no solo se trataba de la música, de los acordes perfectos o de las letras personales, todo pasó a convertirse en una sola palabra: más.
Más éxitos, más cambios, más horas despierto, más actos de presencia, más sexo, más deterioro, más menos.
La vida se convirtió en una fiesta eterna, un recorrido inmoral y solitario, repleto de espejos de colores y polvos mágicos que confunden hasta el mas incorruptible.
La gente vitorea mi nombre, canta mis canciones, paga sueldos para verme tocar, teniendo el alma popular en mí poder, ese inconciente colectivo del que tanto hablaron, en la palma de mi mano.
Siento el mundo a mis pies, las mujeres en mis brazos, el dinero en mis bolsillos y la soberbia en mi centro rebalsando el ego.
Sin embargo el camino no pasa de ser una ilusión verbal, un concepto traicionero y caníbal que roe todo pensamiento lineal y sentimiento verdadero.
La carne se llena de lujuria, las personas son efímeras, la mente se gasta y Dios se retira, mirando hacia algún agujero donde tenga jurisdicción y la razón sea.
Me siento macizo pero estresado, como una roca que se va agrietando y teme partirse.
A pesar de la cantidad de gente que tengo alrededor estoy solo; todos me quieren pero ninguno me conoce, siendo el desconocido mas renombrado.
El personaje supero al ser, la idea a la práctica, el icono al individuo, sepultando un alma cansada e intoxicada, hastiada del paisaje.
El oro cae desde el cielo y los relojes se detienen, las noches parecen no terminar nunca y me veo inmerso en una longeva danza carente de luz en la que la oscuridad cubre lo bajo y animal del ambiente, silenciado el exceso.
Despierto ocasionalmente, sombrío y dependiente, actor de una realidad acomodada y un glamour idílico y falso.
Floto inconciente con el pensamiento vegetal del todo y la nada, callando el ansia del yo y ensuciado lo puro.
La vida es una cortina de humo, una laxa bocanada de un tiempo tornasolado y caprichoso que en el momento menos esperado, se acaba.
23 de noviembre de 2010
llegaste
El inmenso bosque en el que me encuentro no deja de sorprenderme con su extensión y clima, dueño de una atmosfera única, poseedor de una burbuja planetaria, generando así este mundo a parte, deshabitado y calmo, que me recibe calladamente.
Carente de color, el espacio se me presenta en grises imágenes, inmaculadas y estéticas, pero frías y solitarias, como una antigua película o una fotografía olvidada.
Me rodean miles de profundas raíces y edificaciones naturales, levantadas por una madre verde y ermitaña.
Los anoréxicos troncos flamean con el latido del viento, dando a conocer su fragilidad ante la tempestad.
Hacia arriba solo veo un manto de hojas que cubre el cielo, permitiendo que únicamente con sutileza y timidez escasos haces de luz penetren y alumbren de una tenue luminosidad todo lo bajo.
Mis pasos resuenan ante todo le silencio mudo del aire que parece ignorar completamente mi presencia.
Repleto de cansancio abandone mi antigua vida, mi altar moderno y hábitos soberbios en búsqueda de una calma total, distante lejanía que mi verbo profano tanto había callado.
Así llegue a este lugar secreto, bosque de tiempo y carencia.
Ajeno a todo emprendí el viaje hasta aquí, aquel cercano otoño en el que Dios cayó hostigado y sin respuesta ante unos hijos hastiados, envolviéndose en un bíblico basta.
No hay signos de una fauna existente, el agua esta ausente y también la razón, el día y deseo.
He tirado ya las mochilas del periodo mortal, desperdigando mis átomos por el camino recorrido hasta este punto, el eterno aquí y ahora.
El inconciente psicológico está cargado de alivio, una vez abrazado el fin, la vuelta al principio y el pasaje ganado por estos follajes soñados y campos pictográficos.
Sin embargo, a pesar de la nada sensitiva y mental que me contagian los árboles, sonrío cuando te recuerdo.
Mi cara vuelve a transmitir, revolviendo el sentimiento que atesora mi memoria.
Me acompañas hasta en el mero allá.
Te siento.
Una brisa me regala tu aroma y cierro los ojos para verte; viendo la belleza que me brindaste vuelvo a caer en los efectos de tu droga, sos una adicción indómita, una ligadura al alma.
Lentamente escucho el roce de las hojas que se acarician con fraternidad.
El bosque se impregna de un coro de suspiros divinos.
Lo sigo transitando en búsqueda de nuestro reencuentro, pensando en la olvidada última vez.
Finalmente la luz se intensifica y pausadamente te vas enfocando en un halo enceguecedor.
La felicidad se entrelaza con la tan deseada paz.
Llegaste.
Carente de color, el espacio se me presenta en grises imágenes, inmaculadas y estéticas, pero frías y solitarias, como una antigua película o una fotografía olvidada.
Me rodean miles de profundas raíces y edificaciones naturales, levantadas por una madre verde y ermitaña.
Los anoréxicos troncos flamean con el latido del viento, dando a conocer su fragilidad ante la tempestad.
Hacia arriba solo veo un manto de hojas que cubre el cielo, permitiendo que únicamente con sutileza y timidez escasos haces de luz penetren y alumbren de una tenue luminosidad todo lo bajo.
Mis pasos resuenan ante todo le silencio mudo del aire que parece ignorar completamente mi presencia.
Repleto de cansancio abandone mi antigua vida, mi altar moderno y hábitos soberbios en búsqueda de una calma total, distante lejanía que mi verbo profano tanto había callado.
Así llegue a este lugar secreto, bosque de tiempo y carencia.
Ajeno a todo emprendí el viaje hasta aquí, aquel cercano otoño en el que Dios cayó hostigado y sin respuesta ante unos hijos hastiados, envolviéndose en un bíblico basta.
No hay signos de una fauna existente, el agua esta ausente y también la razón, el día y deseo.
He tirado ya las mochilas del periodo mortal, desperdigando mis átomos por el camino recorrido hasta este punto, el eterno aquí y ahora.
El inconciente psicológico está cargado de alivio, una vez abrazado el fin, la vuelta al principio y el pasaje ganado por estos follajes soñados y campos pictográficos.
Sin embargo, a pesar de la nada sensitiva y mental que me contagian los árboles, sonrío cuando te recuerdo.
Mi cara vuelve a transmitir, revolviendo el sentimiento que atesora mi memoria.
Me acompañas hasta en el mero allá.
Te siento.
Una brisa me regala tu aroma y cierro los ojos para verte; viendo la belleza que me brindaste vuelvo a caer en los efectos de tu droga, sos una adicción indómita, una ligadura al alma.
Lentamente escucho el roce de las hojas que se acarician con fraternidad.
El bosque se impregna de un coro de suspiros divinos.
Lo sigo transitando en búsqueda de nuestro reencuentro, pensando en la olvidada última vez.
Finalmente la luz se intensifica y pausadamente te vas enfocando en un halo enceguecedor.
La felicidad se entrelaza con la tan deseada paz.
Llegaste.
14 de noviembre de 2010
la siesta
Luego de una madrugada insomne, y una jornada laboral matutina que negó cualquier posibilidad de cerrar los pesados parpados por más de cinco segundos, atravieso las calles de la desordenada ciudad en un colectivo atestado de humanidad, vorágine y temperatura.
La gente viaja en sus asuntos y escapes, jóvenes que leen, señoras repletas de rechinantes bolsas, plásticas veteranas buscadoras de atención, centenarios e infantes, un adolescente que escuchas “música” en su celular, sin auriculares obviamente, brindando a los pasajeros un conciertos de acordes pobres y ruido polifónico.
Es un caos individual y conjunto; el impas del transporte publico.
Al abandonarlo arranca la eterna distancia de esas tres cuadras que separan mi hangar de la parada.
Las piernas, quejosas y endurecidas, vociferan insultos contra las imperfecciones que el gris pavimento aporta al cansancio existentes y adormecidos músculos.
La razón esta atontada y analiza la filosofía natural de un mundo injusto, decepcionantes y juzgador, un valle de lagrimas divino y hostigado.
Finalmente abro la puerta que me recibe con silencio, brindando un aura de calma que reverbera cuando vocifero en un éxtasis susurrante: -llegue
Sin siquiera mirar mí alrededor me desvisto en un impúdico segundo y caigo, derrotado en la victoria, sobre la confortable cama que abraza mi cuerpo invitándolo a un atractivo sueño.
Viajo en trance por un camino disgrafico generado por la inconciencia de la vida.
Desorientado vuelvo lentamente a una desenfocada realidad.
La boca, sequísima, se empasta en un líquido pedido a medida que las pupilas sitúan mi ser.
El cuerpo es un yunque, cuesta moverme y cada célula parece ofendida, negándose a trasladarme.
Logro sentarme contra la cabecera y mi mente, decepcionada, comprueba que el reloj marca las siete.
El sol se esta escondiendo tras su adiós llevándose consigo gran parte de la luminosidad, dejando mi cuarto en un oscuro atardecer.
El sueño de la tarde nunca es bueno, el cuerpo no termina de relajarse incapaz de alcanzar un descanso tan claro y total como el de la noche.
El cabeza queda frágil, confuso y reprochante, se enoja cuando lo animal cede a la tentación de una culposa siesta.
Por más que dure apenas un par de horas se siente como perder el día, regalando momentos irrecuperables, perdidos.
Uno se pone de mal humor por el conjunto de consecuencias sensoriales que genera el acostarse con el sol y retornar en un despertar eclipsado y carente, que solamente una siesta sabe situar.
La gente viaja en sus asuntos y escapes, jóvenes que leen, señoras repletas de rechinantes bolsas, plásticas veteranas buscadoras de atención, centenarios e infantes, un adolescente que escuchas “música” en su celular, sin auriculares obviamente, brindando a los pasajeros un conciertos de acordes pobres y ruido polifónico.
Es un caos individual y conjunto; el impas del transporte publico.
Al abandonarlo arranca la eterna distancia de esas tres cuadras que separan mi hangar de la parada.
Las piernas, quejosas y endurecidas, vociferan insultos contra las imperfecciones que el gris pavimento aporta al cansancio existentes y adormecidos músculos.
La razón esta atontada y analiza la filosofía natural de un mundo injusto, decepcionantes y juzgador, un valle de lagrimas divino y hostigado.
Finalmente abro la puerta que me recibe con silencio, brindando un aura de calma que reverbera cuando vocifero en un éxtasis susurrante: -llegue
Sin siquiera mirar mí alrededor me desvisto en un impúdico segundo y caigo, derrotado en la victoria, sobre la confortable cama que abraza mi cuerpo invitándolo a un atractivo sueño.
Viajo en trance por un camino disgrafico generado por la inconciencia de la vida.
Desorientado vuelvo lentamente a una desenfocada realidad.
La boca, sequísima, se empasta en un líquido pedido a medida que las pupilas sitúan mi ser.
El cuerpo es un yunque, cuesta moverme y cada célula parece ofendida, negándose a trasladarme.
Logro sentarme contra la cabecera y mi mente, decepcionada, comprueba que el reloj marca las siete.
El sol se esta escondiendo tras su adiós llevándose consigo gran parte de la luminosidad, dejando mi cuarto en un oscuro atardecer.
El sueño de la tarde nunca es bueno, el cuerpo no termina de relajarse incapaz de alcanzar un descanso tan claro y total como el de la noche.
El cabeza queda frágil, confuso y reprochante, se enoja cuando lo animal cede a la tentación de una culposa siesta.
Por más que dure apenas un par de horas se siente como perder el día, regalando momentos irrecuperables, perdidos.
Uno se pone de mal humor por el conjunto de consecuencias sensoriales que genera el acostarse con el sol y retornar en un despertar eclipsado y carente, que solamente una siesta sabe situar.
8 de noviembre de 2010
el abrazo
Los cuerpos, previamente separados por meridianos sentimentales y construcciones inertes, se van aproximando lenta y continuamente, temerosos a algún movimiento brusco, un riesgo o demostración demasiado veloz que cause una impresión, o reacción, carente.
Un remolino emocional irrumpe en los interiores batiendo todo camuflaje y mascara, demoliendo los muros que habían levantado para no verse, tocarse ni olerse.
La distancia se acorta y los dos pares de ojos, hipnotizados por el puro cariño no se pierden de vista, focalizando únicamente la esencia del otro, lo profundo.
El corazón de el, inverbe y atontado, late con una energía olvidada, bombeando litros y litros de memoria.
El de ella, tímido pero seguro, se asesora por su abogado, la mente; órgano mucho mas frío y objetivo que le aconseja ir despacio, con calma y protección, sin exponerse a posibles dolores que hostiguen a su cliente.
El sonido se apaga, ninguno de los dos oye nada, los oídos, expectantes por la resolución, amorzadan a los tímpanos; no quieren distraerse con nada y acuden así a una naturaleza muerta, ajena a todo ruido animal.
La marcha se interrumpe al encontrarse divididos por tan solo sentimientos.
Ambos erguidos sobre su altura y orgullo, mirándose fijo, estudiándose, conociéndose como alguna vez lo hicieron.
Las manos de ella rozan las de el, avivando un cosquilleo perdido y tierno, fresco y absoluto.
Se acercan, se entrelazan y finalmente, se abrazan.
Sus cuerpos se convierten en uno bailando al compás de un ritmo invisible y una calma evolutiva.
El ambiente se carga de colores, llenándose de sublimes pinceladas de celeste, rosado y blanco, que se mezclan levantando enlaces derrumbados.
Las manos aprietan mutuamente sus hombros y cinturas, intentando fundirse en el interior de uno, generando aquellos cimientos que habían diseñado, allá atrás, cuando la juventud rebalsaba y el amor lo podía todo.
La demostración de cariño es total.
Se entregan al tacto, a la mezcla y al pasado, deteniéndose el tiempo en un sospechoso paréntesis universal, un lugar y momento de infinito éxtasis, generado por ese incondicional abrazo.
Un remolino emocional irrumpe en los interiores batiendo todo camuflaje y mascara, demoliendo los muros que habían levantado para no verse, tocarse ni olerse.
La distancia se acorta y los dos pares de ojos, hipnotizados por el puro cariño no se pierden de vista, focalizando únicamente la esencia del otro, lo profundo.
El corazón de el, inverbe y atontado, late con una energía olvidada, bombeando litros y litros de memoria.
El de ella, tímido pero seguro, se asesora por su abogado, la mente; órgano mucho mas frío y objetivo que le aconseja ir despacio, con calma y protección, sin exponerse a posibles dolores que hostiguen a su cliente.
El sonido se apaga, ninguno de los dos oye nada, los oídos, expectantes por la resolución, amorzadan a los tímpanos; no quieren distraerse con nada y acuden así a una naturaleza muerta, ajena a todo ruido animal.
La marcha se interrumpe al encontrarse divididos por tan solo sentimientos.
Ambos erguidos sobre su altura y orgullo, mirándose fijo, estudiándose, conociéndose como alguna vez lo hicieron.
Las manos de ella rozan las de el, avivando un cosquilleo perdido y tierno, fresco y absoluto.
Se acercan, se entrelazan y finalmente, se abrazan.
Sus cuerpos se convierten en uno bailando al compás de un ritmo invisible y una calma evolutiva.
El ambiente se carga de colores, llenándose de sublimes pinceladas de celeste, rosado y blanco, que se mezclan levantando enlaces derrumbados.
Las manos aprietan mutuamente sus hombros y cinturas, intentando fundirse en el interior de uno, generando aquellos cimientos que habían diseñado, allá atrás, cuando la juventud rebalsaba y el amor lo podía todo.
La demostración de cariño es total.
Se entregan al tacto, a la mezcla y al pasado, deteniéndose el tiempo en un sospechoso paréntesis universal, un lugar y momento de infinito éxtasis, generado por ese incondicional abrazo.
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