A lo largo de la historia, las sociedades han cambiado, la cultura se ha profundizado, dioses cayeron y modelos se alzaron, quedando demostrado lo variable de los individuos en conjunto y el mundo que los rodea.
Siempre hubo enfrentamientos, batallas que librar, guerras en las que participar. Desde las disputas entre los pueblos cazadores en tiempos inmemoriales y previos al mismo Cristo, hasta la ambición de petróleo por parte de una potencia norteamericana, las razones para llevar a cabo una lucha parecen nunca agotarse. Y realmente creo que esto es una característica de nuestra especie, algo que llevamos impreso en la memoria de la raza y con lo que cargamos, sin importar el momento en el que estemos, o la evolución que se pueda afirmar que, como hombres, generamos.
Son innumerables las batallas por las que el mundo ha pasado y los motivos que las han generado, desde guerras a nivel global (Primera Guerra Mundial 1914-1919 y Segunda Guerra Mundial 1939-1945) realizadas por orgullos nacionalistas o sentimientos antisemitas, hasta enfrentamientos entre países hermanos, limítrofes o mismo guerras civiles en las que compatriotas luchan entre sí.
Las bibliotecas se han llenado con libros de historia cuyo fin es dejar impreso lo sucedido para que no se vuelva a repetirse lo pasado, aprender de los errores que como hombres hemos cometido, pero la violencia sigue latente y siempre encuentra un lugar por donde ingresar.
“La guerra siempre es el transporte, hasta para pedir paz” narraba el sociólogo y experto en la materia, Juan Martín Lopez, frase que sintetiza lo expuesto previamente, y nutre al pensamiento que deseo plasmar.
Los enfrentamientos bélicos son un estado completamente abominable, un genocidio sin sentido pero permitido, al que el hombre parece siempre verse atraído, sin importar la causa o la consecuencia.
Las sociedades transitan, los tiempos cambian pero la guerra permanece, expectante, esperando que dos partes se peleen y pueda comenzar el festival de balas.
25 de diciembre de 2011
20 de noviembre de 2011
escritor de grises
Siempre padecí el exceso de sentimiento.
Desde pequeño recorrí mi camino portando un inoxidable corazón que ha absorbido hasta el veneno del entorno, siempre involucrándose demasiado.
Frágil y melancólico, sentía y siento en exceso, y por esto comencé la ruta hacia la catarsis verbal.
Durante mi adolescencia, cuando el dolor no se desvanecía y el alma pesaba, escapaba a la cordillera, donde ante tanto arte natural, mi tristeza se relajaba y afloraba la expresión.
La pluma fue la confidente que supo transmitir con su azulada tinta todo lo que mi verborrágico centro soportaba.
Los años pasaron y me transformé en un poeta maldito, atado a la gris exteriorización de mi pesar.
Abandoné Chile hace tiempo ya, pero la pluma no se detuvo. Llenó con mi palabra cientos de hojas blancas, calmando la pena con cada frase redactada y pensando, momento a momento, en la brisa de la cordillera, donde lo puro y la desdicha se juntan, inspirando a este simple escritor de nostalgias, con paz.
Desde pequeño recorrí mi camino portando un inoxidable corazón que ha absorbido hasta el veneno del entorno, siempre involucrándose demasiado.
Frágil y melancólico, sentía y siento en exceso, y por esto comencé la ruta hacia la catarsis verbal.
Durante mi adolescencia, cuando el dolor no se desvanecía y el alma pesaba, escapaba a la cordillera, donde ante tanto arte natural, mi tristeza se relajaba y afloraba la expresión.
La pluma fue la confidente que supo transmitir con su azulada tinta todo lo que mi verborrágico centro soportaba.
Los años pasaron y me transformé en un poeta maldito, atado a la gris exteriorización de mi pesar.
Abandoné Chile hace tiempo ya, pero la pluma no se detuvo. Llenó con mi palabra cientos de hojas blancas, calmando la pena con cada frase redactada y pensando, momento a momento, en la brisa de la cordillera, donde lo puro y la desdicha se juntan, inspirando a este simple escritor de nostalgias, con paz.
9 de noviembre de 2011
nada es suficiente
La sociedad quiere más, siempre quiere más. Nunca se conforma, nada es suficiente y lo manifiestan en todos los ámbitos posibles. Hay un mórbido sentimiento carente de límites que impregna la vida misma a la que nos hemos acostumbrado, velocidades meteóricas, presiones monumentales y una frialdad abrumadora. La televisión no está exenta de estas reglas, juega con ellas, se galardona cuando gana y se patea a los perdedores sin darles tiempo siquiera de levantarse del golpe que los tumbó.
Ya no se trata de la calidad del espectáculo, de los valores que enseña, de las moralejas, las grandes actuaciones o el desarrollo artístico. Los elogios se reservan para aquellos que, con suficiente viveza, se amolden a este medio caníbal y saquen de la galera un producto vendible, consumible por el inconsciente colectivo que maneja el control remoto.
Muchos minimizan el vértigo con el que se vive la televisión, argumentan que la sociedad cambió y que hay que darle lo que esta quiere y demanda, pero ¿No son los medios responsables de lo que la gente consume? ¿No son aquellos personajes que aparecen maquillados, esbeltos y bien vestidos los ejemplos a los que las masas siguen?
El medio sirve la mesa, coloca la vajilla, prepara los platos y la sociedad se sienta a comer. Obviamente, ésta es la que elige que vino va a beber y con que va a degustar su paladar mediático, pero dudo que alguien sea tan nublado de poder afirmar con seguridad que el jefe de la cocina no le hace recomendaciones y no coloca más cerca de su lugar la preparación que más desea ver consumir.
No importa que barra hay que trasgredir, que valores deben ser pisados. Los puntos que miden la audiencia gobiernan la T.V y así se organiza, y solo teniendo en cuenta esto nos ofrece su menú.
Las consecuencias no importan, las advertencias molestan y el que no se adapta sufre la indiferencia que genera una pantalla negra.
Marco Denevi supo hacer una reflexión del mundo del espectáculo y lo representó con su maravilloso cuento “El público siempre pide más”, espero que las cosas cambien a tiempo y más de uno se salve de terminar cargando un muerto en su brillosa y medible espalda.
Ya no se trata de la calidad del espectáculo, de los valores que enseña, de las moralejas, las grandes actuaciones o el desarrollo artístico. Los elogios se reservan para aquellos que, con suficiente viveza, se amolden a este medio caníbal y saquen de la galera un producto vendible, consumible por el inconsciente colectivo que maneja el control remoto.
Muchos minimizan el vértigo con el que se vive la televisión, argumentan que la sociedad cambió y que hay que darle lo que esta quiere y demanda, pero ¿No son los medios responsables de lo que la gente consume? ¿No son aquellos personajes que aparecen maquillados, esbeltos y bien vestidos los ejemplos a los que las masas siguen?
El medio sirve la mesa, coloca la vajilla, prepara los platos y la sociedad se sienta a comer. Obviamente, ésta es la que elige que vino va a beber y con que va a degustar su paladar mediático, pero dudo que alguien sea tan nublado de poder afirmar con seguridad que el jefe de la cocina no le hace recomendaciones y no coloca más cerca de su lugar la preparación que más desea ver consumir.
No importa que barra hay que trasgredir, que valores deben ser pisados. Los puntos que miden la audiencia gobiernan la T.V y así se organiza, y solo teniendo en cuenta esto nos ofrece su menú.
Las consecuencias no importan, las advertencias molestan y el que no se adapta sufre la indiferencia que genera una pantalla negra.
Marco Denevi supo hacer una reflexión del mundo del espectáculo y lo representó con su maravilloso cuento “El público siempre pide más”, espero que las cosas cambien a tiempo y más de uno se salve de terminar cargando un muerto en su brillosa y medible espalda.
4 de noviembre de 2011
rebote
En una balada de frustración me envuelvo en las sabanas que mantienen tu olor.; esta cama es la única parte que contiene tu color y esencia.
Las palabras se ahogan en una sudestada verbal, ahí cuando de un ruido bruto se disfraza la comunicación.
Abrazo la almohada que reparte tu shampoo al cuarto, generando una fiesta de recuerdo.
Sos el cumpleaños que nunca llega, el paso de fe que le falta a esta sociedad pos-moderna, esas promesas de cenizas, consumidas por el fuego y afligidas por un cuerpo que deja un alma golpeada y asmática.
Me desplomo sobre el colchón contemplando el techo, hundiéndome en la inercia del sentimiento.
Las mantas me rodean y acobijan, brindando un poco de cariño a este individuo padeciente.
Los párpados se besan en un eterno segundo y cuando se separan aparecés en mi techo, bailando como en una película silenciosa pero colorida, regalándome toda tu energía a medida que danzas al ritmo de alguna sonrisa.
Es imposible no quererte, sos el desvío de todos los caminos, la estación de todo destino, el final de la sed.
Me paro sobre la cama, erguido en voluntad y te analizo, deseando tu caricia.
Comienzo a saltar en el confortable firmamento sobre el que me suelo acostar, y siento la ley del rebote dominada por una suerte de cámara lenta, a medida que mi carne se sacude en un subibaja austero, que no me da suficiente impulso para alcanzar tu mano.
Nada es suficiente, las piernas no andan más y los saltos cesan, cuando lentamente te empezás a borrar, desdibujando tu marca en una pintura blanca y vacía.
Esta noche sigo atrás, mi mano no alcanza la tuya y el tiempo se niega a vivir.
¿No ves que te espero? ¿No notas la falta?
Lo claro se oscurece en este viaje virginal, lo ingenuo se corrompe a medida que te dormís en el reloj, dejándome pasar, negándote inconsciente a este dulce juego.
Las palabras se ahogan en una sudestada verbal, ahí cuando de un ruido bruto se disfraza la comunicación.
Abrazo la almohada que reparte tu shampoo al cuarto, generando una fiesta de recuerdo.
Sos el cumpleaños que nunca llega, el paso de fe que le falta a esta sociedad pos-moderna, esas promesas de cenizas, consumidas por el fuego y afligidas por un cuerpo que deja un alma golpeada y asmática.
Me desplomo sobre el colchón contemplando el techo, hundiéndome en la inercia del sentimiento.
Las mantas me rodean y acobijan, brindando un poco de cariño a este individuo padeciente.
Los párpados se besan en un eterno segundo y cuando se separan aparecés en mi techo, bailando como en una película silenciosa pero colorida, regalándome toda tu energía a medida que danzas al ritmo de alguna sonrisa.
Es imposible no quererte, sos el desvío de todos los caminos, la estación de todo destino, el final de la sed.
Me paro sobre la cama, erguido en voluntad y te analizo, deseando tu caricia.
Comienzo a saltar en el confortable firmamento sobre el que me suelo acostar, y siento la ley del rebote dominada por una suerte de cámara lenta, a medida que mi carne se sacude en un subibaja austero, que no me da suficiente impulso para alcanzar tu mano.
Nada es suficiente, las piernas no andan más y los saltos cesan, cuando lentamente te empezás a borrar, desdibujando tu marca en una pintura blanca y vacía.
Esta noche sigo atrás, mi mano no alcanza la tuya y el tiempo se niega a vivir.
¿No ves que te espero? ¿No notas la falta?
Lo claro se oscurece en este viaje virginal, lo ingenuo se corrompe a medida que te dormís en el reloj, dejándome pasar, negándote inconsciente a este dulce juego.
31 de octubre de 2011
sobrevolamos
La duda cancela tu inhibición mientras revive la brisa que tu aliento genera al explorar la dulzura de mis labios.
Notas del pasado emergen en el ambiente, una caravana de sonrisas te hacen pensar y el vértigo ruge en el aire.
Nuestros ojos se encuentran y veo adentro, ahí donde el futuro es incierto y se eclipsa la razón.
Saboreo la locura que gime tu boca y canto la canción del nexo, festejos de color.
Nadamos en la pulsión, empapándonos en secretos deseos y sentimientos plásticos.
La grandeza me envuelve, el ego mama la reacción y sonríe ante la obediencia de la raza.
Sobrevolamos en este juego animal que todo lo puede. Turbulencias mecánicas hacen que llames a Dios, cabeza de un dogma que desaprueba el acto.
El fuego sube el calor y hasta los dientes transpiran. Se quema mi cuerpo con tu toque y disparamos al unísono caricias sinfónicas.
Tranquila, no dejaré que el reloj se apague, tengo tiempo hasta el fin de lo posible. Mantendré la quietud aprisionada hasta que jadees de sed y dejen de arañar tus uñas.
No entran preocupaciones ni problemas, hipnotizada remodelamos tu interior con todas las flores que nacen del ideal.
El alma es un lugar solitario para habitar, tomaré tu mano cuando el éxtasis llegue y quieras dormir.
Una ecografía sensorial revela lo oculto, le escapás a la palabra pero el corazón devela lo divergente que te compone, esos temores que intentás no creer.
Este momento parece irreal, soñamos despiertos el erotismo corporal que junta la piel.
Tu cuerpo a contraluz me droga, comienzo a girar y las paredes se quiebran, un temblor anuncia el pasaje, embriagándome con tu sol.
Espasmos de verbos prohibidos cortan el espacio y oigo tus coros acompañándome en el aire.
Una última resistencia cae y saltamos juntos en libertad, soltándonos a merced del aire.
Notas del pasado emergen en el ambiente, una caravana de sonrisas te hacen pensar y el vértigo ruge en el aire.
Nuestros ojos se encuentran y veo adentro, ahí donde el futuro es incierto y se eclipsa la razón.
Saboreo la locura que gime tu boca y canto la canción del nexo, festejos de color.
Nadamos en la pulsión, empapándonos en secretos deseos y sentimientos plásticos.
La grandeza me envuelve, el ego mama la reacción y sonríe ante la obediencia de la raza.
Sobrevolamos en este juego animal que todo lo puede. Turbulencias mecánicas hacen que llames a Dios, cabeza de un dogma que desaprueba el acto.
El fuego sube el calor y hasta los dientes transpiran. Se quema mi cuerpo con tu toque y disparamos al unísono caricias sinfónicas.
Tranquila, no dejaré que el reloj se apague, tengo tiempo hasta el fin de lo posible. Mantendré la quietud aprisionada hasta que jadees de sed y dejen de arañar tus uñas.
No entran preocupaciones ni problemas, hipnotizada remodelamos tu interior con todas las flores que nacen del ideal.
El alma es un lugar solitario para habitar, tomaré tu mano cuando el éxtasis llegue y quieras dormir.
Una ecografía sensorial revela lo oculto, le escapás a la palabra pero el corazón devela lo divergente que te compone, esos temores que intentás no creer.
Este momento parece irreal, soñamos despiertos el erotismo corporal que junta la piel.
Tu cuerpo a contraluz me droga, comienzo a girar y las paredes se quiebran, un temblor anuncia el pasaje, embriagándome con tu sol.
Espasmos de verbos prohibidos cortan el espacio y oigo tus coros acompañándome en el aire.
Una última resistencia cae y saltamos juntos en libertad, soltándonos a merced del aire.
29 de septiembre de 2011
Reversiones: el corazón delator
Estoy cansado. Este cuerpo, rancio y marchito, emana un grisáceo aura que me envuelve, llenándome de edad. El sueño migró a alguna parte inhóspita, y el ansia me carcome en la espera.
Edgardo desconoce cuánto sé, cuánto imagino y hasta cuánto veo. No me soporta, y a pesar de sus muecas rotas y modos pedagógicos, el odio que oculta la sombra de sus ojos es lo suficientemente fuerte como para ser notado.
Hace tiempo que quiere matarme, he escuchado sus sueños, cuando en trance murmura sus confidencias asesinas. Su comportamiento cambió, el lenguaje de su cuerpo revela las intenciones que con la palabra desea ocultar, y yo estoy demasiado viejo como para pelear. Transito esa etapa de la vida en la que los años se llevan las defensas y un resfrío afecta hasta los cimientos de un cuerpo, que se cansa con cada calendario más y más.
Finalmente Edgardo parece que ha tomado el coraje necesario para silenciar mi corazón. Las últimas 7 noches ha estado en mi habitación, sigiloso como la rata que es.
Hoy me levanté raro, diferente e inquieto; siento como si un oscuro manto me rodease: la muerte se hace presente y contempla, tranquila, para llevarse mi alma.
¿A dónde iré, una vez terminado el rito mortal? ¿En qué escenario descansará mi espíritu?
Nunca me caractericé por ser demasiado creyente ni devoto a ninguna religión, pero en los momentos previos al adiós, busco desesperadamente una señal de ese Dios silencioso que decidirá mi destino.
El día se esfuma y arriba el ocaso de mi vida. Lo sigue una noche fría, y me cubro con mis amarronados acolchados, calentando el valor para soportar lo que vendrá.
A las doce suenan las campanas de la lejana catedral, marcando un fin y un comienzo.
Escucho como se abre la puerta y el miedo se apodera de mí. La oscuridad es absoluta y no distingo ni mi mano entre tanta espesura. De mi esencia emerge la pelea (no me voy a ir sin, aunque sea, intentar asustarlo) y pregunto quién está ahí, procurando usar un tono que imponga algún tipo de respeto. El tiempo se duerme, las agujas dejan de girar y los minutos se convierten en horas. No soporto la falsa calma antes de la tormenta, me crispa los nervios.
De repente un movimiento veloz, pasos sonoros y un golpe seco en la cabeza. Intento gritar, pero se ahoga la intención cuando me tira al suelo y apoya sobre mi carne el pesado colchón. La presión que los brazos de Edgardo ejercen cortan el aire, y rápidamente florece una sensación de ensueño.
El inmaculado silencio solo es cortado por el sonido de su corazón que, repleto de alegría, bombea litros de júbilo, gritando la victoria con cada latido.
Me siento tan laxo que el movimiento se apaga, dejo de resistirme y abrazo la paz. La muerte me da su fría mano y la tomo. Me voy despacio pero tranquilo, escuchando el corazón delator de Edgardo, ser feliz.
Edgardo desconoce cuánto sé, cuánto imagino y hasta cuánto veo. No me soporta, y a pesar de sus muecas rotas y modos pedagógicos, el odio que oculta la sombra de sus ojos es lo suficientemente fuerte como para ser notado.
Hace tiempo que quiere matarme, he escuchado sus sueños, cuando en trance murmura sus confidencias asesinas. Su comportamiento cambió, el lenguaje de su cuerpo revela las intenciones que con la palabra desea ocultar, y yo estoy demasiado viejo como para pelear. Transito esa etapa de la vida en la que los años se llevan las defensas y un resfrío afecta hasta los cimientos de un cuerpo, que se cansa con cada calendario más y más.
Finalmente Edgardo parece que ha tomado el coraje necesario para silenciar mi corazón. Las últimas 7 noches ha estado en mi habitación, sigiloso como la rata que es.
Hoy me levanté raro, diferente e inquieto; siento como si un oscuro manto me rodease: la muerte se hace presente y contempla, tranquila, para llevarse mi alma.
¿A dónde iré, una vez terminado el rito mortal? ¿En qué escenario descansará mi espíritu?
Nunca me caractericé por ser demasiado creyente ni devoto a ninguna religión, pero en los momentos previos al adiós, busco desesperadamente una señal de ese Dios silencioso que decidirá mi destino.
El día se esfuma y arriba el ocaso de mi vida. Lo sigue una noche fría, y me cubro con mis amarronados acolchados, calentando el valor para soportar lo que vendrá.
A las doce suenan las campanas de la lejana catedral, marcando un fin y un comienzo.
Escucho como se abre la puerta y el miedo se apodera de mí. La oscuridad es absoluta y no distingo ni mi mano entre tanta espesura. De mi esencia emerge la pelea (no me voy a ir sin, aunque sea, intentar asustarlo) y pregunto quién está ahí, procurando usar un tono que imponga algún tipo de respeto. El tiempo se duerme, las agujas dejan de girar y los minutos se convierten en horas. No soporto la falsa calma antes de la tormenta, me crispa los nervios.
De repente un movimiento veloz, pasos sonoros y un golpe seco en la cabeza. Intento gritar, pero se ahoga la intención cuando me tira al suelo y apoya sobre mi carne el pesado colchón. La presión que los brazos de Edgardo ejercen cortan el aire, y rápidamente florece una sensación de ensueño.
El inmaculado silencio solo es cortado por el sonido de su corazón que, repleto de alegría, bombea litros de júbilo, gritando la victoria con cada latido.
Me siento tan laxo que el movimiento se apaga, dejo de resistirme y abrazo la paz. La muerte me da su fría mano y la tomo. Me voy despacio pero tranquilo, escuchando el corazón delator de Edgardo, ser feliz.
27 de septiembre de 2011
meridiano elemental
Se despereza al compás de una canción ochentosa que brota de la radio, moviendo la agitada cabeza al ritmo de la sinfonía que la mantuvo ayer, toda la noche arriba, uniendo su cuerpo con el de ese extraño de sonrisa encantadora.
Deja el transitado colchón y arriba al baño, que con su pálida luz de consultorio (esa luminiscencia que generan los voltios de bajo consumo) perturba los ojos que, ofendidos, se entrecierran aún más.
Se para frente al espejo y observa su reflejo.
Sin su disfraz vuelve a ser ella, a sentirse una. Los kilos de maquillaje, las pestañas, el escote pronunciado y los tacos la aguardan al caer la luna, pero bajo el sol ella no corre peligros, es libre y pura.
Lo único que corta el silencio del baño son las gotas.
Gotas ruidosas que explotan al resbalar de la canilla mal cerrada del lavatorio.
PAM-PAM-PAM
Estruendos florecen al encontrarse lo líquido con lo solido; la unión de lo opuesto siempre es complicada.
Molesta terminar de abrir el grifo y un fuerte chorro de océano irrumpe en el mármol.
Empapa su cara, que se enrojece por las temperaturas glaciales del elemento y una sonrisa se dibuja en su al recordar a Roberto, su compañero de anoche.
Cuarentón bien conservado, la había encarado en un bar, y luego de un breve coqueteo negociador terminaron envueltos en sábanas de piel humana y respiraciones agitadas.
Movimientos acertados, flexible y atento, Roberto la había hecho pasar un buen momento.
Se seca la cara rápidamente y deja el ambiente, decidida a ponerse su ropa diurna.
Se contentaba con tan solo abrir su placard, el de Romina y no el de Tania.
A estos mundos los separaba un meridiano.
Pintada de normal, Romina encaraba las calles sonriente, las tardes eran suyas y el mundo la recibía ufano.
Hija de un sol calmante y una luna prostituta, romina convivía con el agua y el aceite a diario, separando las vidas, pero nadando en ambos ríos.
Disfrutaba la mortalidad del día como si no hubiese un mañana.
Con el ocaso se ensombrecían los cielos y las calles de teñían con gamas indecentes.
Los rostros ocultos aparecían enfocados bajo luces de neón que pintaban las calles con tonos pop.
Su perfume contrasta con el aroma a instinto que flota en el aire, ambientando en todos los sentidos las intenciones de murciélagos en traje.
Autos brillosos, señoritas con poca ropa, música sexual, polvos hechiceros, pastillas instantáneas y carcajadas desencajadas.
A Tania le gusta todo lo llamativo del espacio, la atrae.
Se mueve como una de ellos, con su ceñido algodón que le delinea las curvas, agitada por las formas de todas las flores exóticas que surgen en la oscuridad.
Desconocidos en esencia pero íntimos en uniformes, desesperan por turbar la profundidad.
Romina entra en su refugio repleta de demasiado.
Su carne no tiene su olor, la pintura con la que se transforma las facciones la incomodan ahora que la noche acabo y las estrellas se apagaron.
Demasiado cansada, demasiado perpetua, demasiado satisfecha.
Romina encuentra su hangar y se relaja, distendida en ese hogar solitario pero entero en el que dirige su obra vital.
Se desviste y se acuesta, olvidando para recordar.
Amante del agua, visualiza los lagos en los que se baña de día, y las tormentas que la empapan de noche.
Romina vive su vida como quiere y como puede, nadando en los extremos de la vida.
Deja el transitado colchón y arriba al baño, que con su pálida luz de consultorio (esa luminiscencia que generan los voltios de bajo consumo) perturba los ojos que, ofendidos, se entrecierran aún más.
Se para frente al espejo y observa su reflejo.
Sin su disfraz vuelve a ser ella, a sentirse una. Los kilos de maquillaje, las pestañas, el escote pronunciado y los tacos la aguardan al caer la luna, pero bajo el sol ella no corre peligros, es libre y pura.
Lo único que corta el silencio del baño son las gotas.
Gotas ruidosas que explotan al resbalar de la canilla mal cerrada del lavatorio.
PAM-PAM-PAM
Estruendos florecen al encontrarse lo líquido con lo solido; la unión de lo opuesto siempre es complicada.
Molesta terminar de abrir el grifo y un fuerte chorro de océano irrumpe en el mármol.
Empapa su cara, que se enrojece por las temperaturas glaciales del elemento y una sonrisa se dibuja en su al recordar a Roberto, su compañero de anoche.
Cuarentón bien conservado, la había encarado en un bar, y luego de un breve coqueteo negociador terminaron envueltos en sábanas de piel humana y respiraciones agitadas.
Movimientos acertados, flexible y atento, Roberto la había hecho pasar un buen momento.
Se seca la cara rápidamente y deja el ambiente, decidida a ponerse su ropa diurna.
Se contentaba con tan solo abrir su placard, el de Romina y no el de Tania.
A estos mundos los separaba un meridiano.
Pintada de normal, Romina encaraba las calles sonriente, las tardes eran suyas y el mundo la recibía ufano.
Hija de un sol calmante y una luna prostituta, romina convivía con el agua y el aceite a diario, separando las vidas, pero nadando en ambos ríos.
Disfrutaba la mortalidad del día como si no hubiese un mañana.
Con el ocaso se ensombrecían los cielos y las calles de teñían con gamas indecentes.
Los rostros ocultos aparecían enfocados bajo luces de neón que pintaban las calles con tonos pop.
Su perfume contrasta con el aroma a instinto que flota en el aire, ambientando en todos los sentidos las intenciones de murciélagos en traje.
Autos brillosos, señoritas con poca ropa, música sexual, polvos hechiceros, pastillas instantáneas y carcajadas desencajadas.
A Tania le gusta todo lo llamativo del espacio, la atrae.
Se mueve como una de ellos, con su ceñido algodón que le delinea las curvas, agitada por las formas de todas las flores exóticas que surgen en la oscuridad.
Desconocidos en esencia pero íntimos en uniformes, desesperan por turbar la profundidad.
Romina entra en su refugio repleta de demasiado.
Su carne no tiene su olor, la pintura con la que se transforma las facciones la incomodan ahora que la noche acabo y las estrellas se apagaron.
Demasiado cansada, demasiado perpetua, demasiado satisfecha.
Romina encuentra su hangar y se relaja, distendida en ese hogar solitario pero entero en el que dirige su obra vital.
Se desviste y se acuesta, olvidando para recordar.
Amante del agua, visualiza los lagos en los que se baña de día, y las tormentas que la empapan de noche.
Romina vive su vida como quiere y como puede, nadando en los extremos de la vida.
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